8/4/82

Víspera pascual (8-4-1982)

La 29ª sesión de la vista contra los 33 procesados por la rebelión militar del 23 de febrero se consumió con los interrogatorios a siete nuevos testigos, generales todos ellos. La mayor parte de los interrogatorios giró en torno al papel desempeñado por los generales Armada y Juste en los acontecimientos golpistas. Todos ellos estuvieron de acuerdo en afirmar que el primero se mostró disciplinado y, no auxilió a los golpistas y que fue Milans quien, a trvés del teléfono, le movió a proponerse como presidente de un Gobierno de coailición. Coincidieron también en manifestar que Juste mantuvo siempre el mando de la Acorazada Brunete. El general Yusti dijo que el estado mayor de la misma cursó órdenes sin conocimiento de Juste y, frente a lo declarado por éste último, aseguró que en las órdenes que aquel dictó, además de emisoras de radio y puntos geográficos de Madrid, se incluían periódicos como objetivos a cubrir por la División Acorazada Brunete. El juicio se suspende hasta el día 13.

Desolación en Campamento. Nadie, nada y ningún. Mínima asistencia de periodistas y hasta de acusados (cinco faltaron a la vista). Las familias puede decirse que han desaparecido, con los niños, camino de las vacaciones de Semana Santa. Así, la bajamar de los familiares ha dejado al descubierto unos extraños grupos de hombres solos y treintañeros que por allí pululan aburridos: guardias civiles y militares de paisano adscritos al servicio de seguridad de la Sala. No es un descubrimiento noticioso (en el microcosmos campamental nadie ignora a nadie), pero ayer quedó toscamente patente esa extraña inflacción de familiares jóvenes y masculinos, solitarios entre mínimas presencias femeninas, en las bancas de atrás del almacén de papel del Servicio Geográfico del Ejército que sirve de Sala de Justicia.Durante la jornada podían contarse tantos abogados en los dos carromatos de intendencia que nos nutren a todos en el exterior, como en la barra de letrados del Consejo. Síndrome escapista, relajación de un trato antes tenso, comentarios sobre la cofradía de cada cual -para todo hay adicciones-, redacción de itinerarios para huir de esta ciudad en cualquiera de las direcciones de la rosa de los vientos y cuatro generales y tres coroneles deponiendo como testigos en una calma chicha de aburrimiento general. Funciona la montaña rusa del proceso que sube de interés unos días para entrarar en el picado de la abulia en la curva vertical siguiente. Y ayer ningún testigo -generales Esquivias, Pérez Iñigo, Bonald, Yusti, Arnaiz, Valencia Remón y Pontijas- aportó algo novedoso a esta causa. Como no sea la relevancia de la torpeza procesal de algunos abogados.

Diluvio de monosílabos

Diluvio de monosílabos nada esclarecedores ante preguntas que inducen a la pregunta requerida. Hasta el Presidente, quien procesalmente recibe notoria ayuda del Fiscal, se vio obligado a reconvenir a éste cuando preguntaba a un testigo sobre la posibilidad de que el general Armada actuara el 23 de febrero como actuó (a lo que se escucha, siempre atendiendo órdenes) en función de tener testigos de vista. La ringlera de generales que ayer declararon son oficiales generales del Ejército que en los autos descolgaban los teléfonos del entonces Jefe del Ejército, general Gabeiras. Y de aquella pesadilla nocturna de telefonazos sólo el teniente coronel de Meer, defensor de un capitán, pero con mayor peso específico en la verdad que infructuosamente persigue esta causa que la que le confiere su mera condición de letrado, plantea un interrogante de algún porte:

-El horario de llamadas del 23-24 de febrero facilitado por el general Gabeiras nos revela que desde el Cuartel General del Ejército se comunicó en aquellas horas veinte veces con Valencia, quince con Madrid (I Región Militar); con la II, ninguna llamada; dos, con la IV y la V, nada con la VI, dos con la VII, una con la VIII, nada con la IX y ni acordarse de Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla.

De Meer preguiitaba a Esquivias Franco y éste respondió que no todas las llamadas eran anotadas. Aún así, las diferencias entre estos sumandos de telefonemas mueven a sorpresa. Pero no cambia el rumbo de la vista por esta u otras preguntas. De los flecos flotantes de las últimas sesiones tiran algunos defensores -y apenas el fiscal- en un intento tan teatral como poco convincente de encontrar algo más. La realidad es que el ministerio fiscal (que no ha citado a ningún testigo) parece haber dimitido del menor empeño en que la vista sirve para ir un milímetro más allá del perímetro de sus conclusiones provisionales. Y la mayoría de las defensas (el frente político) no van a desesperarse por el hecho de que la historia del 23 de febrero se embarulle y enrede más de lo que ya está. Con expectativas dejuicio hastajunio, no hay, en estas vísperas pascuales, ni un adarme de esperanza de que este proceso arroje nuevas luces, nuevos datos, nuevas responsabilidades, sobre el cuartelazo de febrero. El juicio se mete en un corsé de acero en el que se escucha a defensores empeñados en tener conocimiento de si el general Armada requirió un ejemplar de la Constitución para introducirlo en el bolsillo derecho o izquierdo de su guerrera.

Por otra parte la actitud de numerosas defensas es incomprensible, so pena que se las atribuya propósitos obstruccionistas y a costa de sus defendidos. Ayer, dentro del horizonte plano e ininteresante de todos los interrogados, la mayoría depuso en favor del general Armada -"En todo momento, durante aquellas horas, se comportó como un disciplinado segundo Jefe de Estado Mayor del Ejército"- aún a preguntas de los defensores que quisieran ver a Armada arder en los infiernos. El abogado más lerdo alecciona a sus testigos y, en cualquier caso, deja de interrogarlos cuando los advierte desfavorables a sus intereses. Pues eso no tiene valor en Campamento.

El resto es el terraplenamiento de la memoria; maquinaria de obras públicas aplicada inmisericordemente sobre semanas y semanas de insistir sobre un encajonamiento de detalles del que nadie parece querer escapar. O no se sabe, o no se contesta o se aduce lo ya escuchado. Los cuadernos de los periodistas florecen ya peligrosamente de jeroglíficos, manchones, cuadros esotéricos, flechamientos obsesivos, en un cuadro clínico abiertamente neurótico. Muchos encausados aducen excusas para no bajar a la Sala, las familias se han marchado de vacaciones, los defensores consuelan su lucro cesante bajo los toldos de la intendencia militar (hay bufetes que de ésta quiebran; del juicio sólo sale una minuta millonaria) y en los barracones los pocos que quedamos nos miramos a los ojos y nos repetimos la ironía secreta de Voltaire sobre Spinoza:"Es un hombre que cuando se encierra a solas con Dios le dice: "Y ahora que estamos solos reconoceme que no existes". Ahora que estamos en privado y nadie nos oye reconocemos todos la politización de esta causa por parte de los procesados y sus defensas. Pero a la postre, cebada al rabo; comentarios de barra de bar; teorías sobre la evaluación del cero.

Bestiario de abogados.- Es un error hacer tabla rasa de la mesa de letrados defensores. Conviene hacer extracción, en primer lugar, de una línea de defensa estríctamente profesional, apolítica, técnica, apoyada en los hechos probados o no probados. En ella se distinguen Ramón Hermosilla (defensor de Armada), Manuel Novalvos (teniente Boza) y Alfredo Nieto (teniente Vecino). Hermosilla es un bufete millonario de Madrid; avanza el juicio y se le advierte preocupado, puede que hasta amenazado; brillante pero comedido. Novalvos prepara sus intervenciones al detalle; profesional, detallista y astuto. Nieto casi no pide la venia para nada; una de las mejores defensas (contra lo que pueda opinarse) basada en el supuesto de que cuanto menos se hable de su defendido en esta vista, mejor.

Luego la barra de los abogados nos depara una defensa política en la que destacan togas como López Montero (Tejero, y, fuera de esta causa, a un implicado en la bomba de EL PAIS), Adolfo de Miguel (Pardo Zancada, Carrés), Quintana, Labernia, Ortiz, Muñoz Perea (yerno de Blas Piñar, defensor en otra causa de uno de los acusados del atentado a la bomba contra EL PAIS), Santiago Segura (siempre cargado con sus medallas de guerra, proteico, dispuesto siempre a las preguntas más comprometidas), Salva Paradela (truculento), Quintana (dado al énfasis de cualquier golpista), Martín Fernández (que nos tortura día a día requiriendo la lista de asesinatos, violaciones, robos, atracos y capones a viejecitas que nos ha deparado la democracia inorgánica; no tiene otra línea de defensa), y poco más.

Entre ellos -al menos lo parece- se reparten las preguntas. No es extraño que un letrado intervenga de tal manera que sea imposible discernir en qué beneficia a su defendido con sus palabras, fuera de la causa general.

Revuelto ideológico

Y en ese revuelto ideológico cabe desde la implicación de los Reyes, hasta el estado de necesidad de los golpistas (la nación se derrumbaba), pasando por el desprecio hecho hacia la Guardia Civil a cuenta del pacto del capó (no están procesados los tenientes de la Acorazada y sí los de la Benemérita), la supuesta conexión de Cortina y, Gómez Iglesias (el CESID) en la conspiración y la maldad intrínseca del general Armada. Tal están las cosas que en ocasiones parece que el fiscal quiere defender a un acusado (Armada) mientras numerosas defensas se arrojan como lobos sobre éste y otros encausados intentando demostrar su inculpación (curiosamente sobre los procesados que no recaban la invocación del Rey para sus actos).

Luego Escandell, coronel y amigo personal de Milans e Ibáñez Inglés a más de su defensor; el teniente coronel de Meer (hombre que todos miran de reojo) o el comandante Griñó, que defiende a un teniente y que como buen oficial de complemento lleva la cortesía militar hasta el extremo de obsequiar a la presidencia de la Sala con molestos taconazos. Es un grupo final de letrados poco soluble entre sí, salvo por su carácter militar. Se encuentran en la línea Milans pero no se distinguen por ningún exceso verbal o procesal. Pero tampoco son estrictamente técnicos; defienden algo más que a sus clientes.

Siempre será éste un bestiario incompleto y probablemente atrabiliario, pero sí parece cierto que en esta causa no van a hacerse grandes fortunas (muchos letrados actuan gratuitamente, por mor de la causa, otros pagados por terceros y escasísimos a cuenta de los clientes; no faltará dinero de todas formas) y tampoco van a erigirse grandes prestigios. A lo más que se llega es a la pulcritud de las exposiciones, pero ni hay oratoria ni salto abierto hacia la cancha política. No aparece el Tixier de Vignacourt (proceso contra el general Raoul Salan) ni la salvación política y togada de la ultraderecha española. Elegancia intelectual que no deja de agradecerse.

Aunque menos que este paréntesis pascual que nos puentea esta tolvanera histórica hasta el próximo día 13 (precisamente martes).

7/4/82

Amonestación privada (7-4-1982)

La 28ª sesión de la vista por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero se inició ayer con la petición del presidente del tribunal al público presente en la sala para que diera ejemplo de corrección, y la advertencia al fiscal, abogados y testigos para se abstuvieran de hacer juicios de valor. Comoquiera que ninguno de los abogados quiso hacer preguntas al general Sáenz de Santa.María, se pasó al interrogatorio del testigo José Juste González, general de división, que el 23-F estaba al mando de la División Acorazada Brunete. Este afirmó que en aquella jornada detentó en todo momento el control de la DAC y no ordenó la salida de sus unidades. Acusó también Juste al coronel San Martín de haberle ocultado información de lo que se preparaba para el 23 de febrero. En el interrogatorio a que fue sometido, Juste dijo que sólo autorizó cubrir como objetivos Radiotelevisión Española, emisoras de radio y determinados puntos geográficos, entre ellos el parque del Oeste y la plaza de Castilla. Insistió, sin embargo, en que no tuvo conocimiento de que se fuera a ocupar ningún periódico. La vista se reanudará hoy.

Por sus connotaciones extraprocesales este juicio tiene la dudosa virtud de emponzoñar todo lo que roza; caballo de Atila de reputaciones y expectativas personales y políticas, puede que no permita crecer la hierba en las biografías por las que pasa. Ayer era obligado pensarlo cuando, resueltas por el presidente las incidencias de la víspera, prosiguió el interrogatorio del teniente general Sáenz de Santa María y todo el resto de las defensas que podían intervenir desgranaron un rosario seco y despectivo de "Nada, mi general", "No hay preguntas", "Esta defensa no tiene nada que preguntar", "Sin preguntas". Sólo el Fiscal cerró, muy brevemente, este interrogatorio. Varias mimbres urdieron la actitud de las defensas, que tuvo gesto de desprecio: acaso una recomendación del tribunal para no abundar en la declaración de un testigo que despierta tales animosidades entre los procesados; seguro la conveniencia de los abogados de no dar pie a que se extendiera una declaración abiertamente desfavorable para sus defendidos, y resaltar un rictus procesal doliente y solemne que recuerde al resto de los citados lo que aquí puede pasar si contestan con un punto de fervor constitucional o utilizan acertadamente la tabla de los calificativos. El caso es que este admirable teniente general ha pasado también por el abrasivo del juicio. Es comentario casi unánime la molturación que en los últimos dos días ha sufrido el futuro profesional y político del teniente general Sáenz de Santa María. El juicio es, así, un remedo golpista de Saturno: no devora a sus hijos, pero fastidia a los demócratas.La vista se abrió con quince minutos de retraso en una fronda de rumores de antesala; no hubo para tal.

Los encausados estaban en sus sillas, excepción hecha de la acostumbrada ausencia de Carrés. En el monótono universo de la sala, un cambio casi imperceptible: un soldado de la Policía Militar ha cambiado su ubicación y se sienta junto a las filas de procesados, en el camino de éstos a la puerta.

El presidente abre la sesión advirtiendo al público, defensores y observadores jurídicos que no tolerará manifestaciones de ninguna índole en la sala, pide ejemplaridad en el comportamiento, renuncia de ambas partes a las conceptuaciones peyorativas en los interrogatorios e invita a Adolfo de Miguel y al general Sáenz de Santa María a retirar palabras y, conceptos expresados la víspera. Ni la más leve palabra de reconvención para los justiciables que desobedecieron al tribunal y dieron pie a los incidentes posteriores y a la comedia de las voces, portazos, indignación de guardarropía, entradas y salidas. Bien es verdad que se comunicó oficiosamente a la Prensa la severa amonestación que, en privado, recibieron ayer los encausados protagonistas del desacato. Bien. Ayer, la satisfacción de la mayoría de las defensas era explícita: han subido otro escalón en su estrategia en pro de la dominación del juicio.

Como un rompehielos se abre paso por el entramado de esta causa la convicción derrotista o entreguista de que lo único importante es que no se suspenda el proceso. Es una forma como otra cualquiera de partir de un supuesto de debilidad por parte del presidente de la sala: guante blanco y tolerancia exquisita con los encausados, no vaya a ser que se retire un abogado y haya que parar el juicio. Si los togados de la defensa política, crecidos de sesión en sesión, estiman útil para sus defendidos y la causa extraprocesal que patrocinan parar el juicio, lo pararán, absolutamente al margen de lo que haga o deje de hacer el presidente de la Sala. A éste sólo le queda -acaso le quedaba- el asidero de la dignidad de la sala que preside y el ejercicio sin reservas de su autoridad.

Los comentarios de ayer, fuera de la sala, acerca de la decisión presidencial significaron la jornada, exenta de gran interés por las declaraciones de generales como Juste o Víctor Castro. Presidía ese derrotismo que va desde la buena voluntad del decano Pedrol pidiendo a los defensores que no se retiren, a la argumentación de algunos jurídicos militares sobre que en el proceso de Burgos (mala comparación) también hubo incidentes, más graves, o que la presidencia quiere evitar la continuación del juicio a puerta cerrada (la mejor forma de que la información sobre el proceso quede monopolizada por alguno de los numerosos defensores). El caso es que, a mes y pico de sesiones y ya con alguna experiencia de incidentes, el presidente sólo ha hecho levantarse a la Policía Militar (que aquí es su policía judicial) para poner en la calle al director deDiario-16. La bien intencionada mezcla del presidente, teniente general Alvarez Rodríguez, de dureza formal y condescendencia en el fondo de los problemas graves, con que viene pilotando este juicio acabará conduciendo a nuevos incidentes aún más premeditados que los del lunes. Es cierto, como se comenta en la antesala, que algunos encausados nada tienen ya militarmente que perder, y jugarán con sus defensas en envites de todo o nada. Y precisamente porque eso es así es por lo que la tolerancia con ellos es un empeño vano destinado al fracaso; la tolerancia surte efectos milagrosos sobre quien alberga una esperanza, no sobre quien ve -jerga militar- que le cuelgan el caqui. En este caso, el dejar hacer/ dejar pasar sólo puede deparar el lamentable desprestigio de la sala. El chau-chau campamental lleva días ronroneando una posible ausencia por enfermedad del presidente aprovechando el paréntesis pascual. Puede que el rumor tenga bases sólidas y que este oficial general, tal como se le ve y se le escucha, haya superado sus propios límites de paciencia y hasta de sufrimiento moral. Quizá donde en verdad hace falta un golpe de timón es en Campamento.

Por lo demás, ayer acabó el interrogatorio del general Juste (jefe de la Acorazada durante los autos) y del también divisionario Víctor Castro (director general de Armamento y Construcción), que pasó buena parte del 23 de febrero en el despacho de Gabeiras, jefe entonces del Estado Mayor del Ejército. Se esperaba poco menos que una carnicería sobre la estampa digna y patética de este militar al que se ve envejecido por sobre su edad, un punto dislálico, balbuciente y psicológicamente muy afectado por unos sucesos que han destrozado la punta final de su carrera de armas. Preocupado por sucesos del comienzo de la guerra civil en los que jefes de grandes unidades perdieron el mando de las mismas a manos de sus subordinados, procura en aquella tarde de febrero ganar tiempo ("Se tardan horas en poner en marcha la división") en medio de un mar de dudas sobre la fidelidad de sus más inmediatos colaboradores. Cuando el coronel San Martín le advierte, camino de Zaragoza, que algo pasa en la división" y que "alguna Región Militar debe estar revuelta", no llama directamente a su puesto de mando, al tener conocimiento anterior de que los teléfonos de la Acorazada estaban pinchados. Ignora quién ordenó tal servicio de escucha ni pudo detectarlo en su día con los propios medios de su división.

Al recibir una primera información de lo que se avecinaba por boca de Pardo Zancada, piensa en telefonear a su capitán general, pero se lo desaconsejan ("Milans se encargará de llamar a las Regiones Militares"). Desconfía, pero teme descolgar el teléfono ante unos subordinados de cuya obediencia recela. Hasta cierto punto deja hacer y, finalmente, da su primera orden terminante: que regresen las unidades que han salido a ocupar Radiotelevisión y otros objetivos. Pero después "se le escapa" un capitán hacia La Voz de Madrid ("Me dijo que había ido sólo a hablar con amigos suyos"), y Pardo Zancada, camino del Congreso. Aquella tarde estuvo llamando a la Zarzuela, angustiado, pidiendo la retransmisión urgente del mensaje del Rey, ante su imposibilidad de seguir sujetando a la Acorazada.

Sobre el papel en los autos de este general hay dos versiones. Que fue engañado por omisión desde su propio Estado Mayor, propicio al golpe de Estado. La versión maliciosa es que dudó unas horas hasta poder advertir por dónde se decantaba la Historia, y en esas horas de zozobra perdió la estimación de unos y de otros. Pero sea como fuera, no hay en su actitud ni soberbia ni marrullería; sólo un profundo dolor ante unpatinazo o un engaño que lo incluye, a su pesar, en futuras monografías históricas. El más afectado de los que han pasado por la sala. Y, a la postre, el jefe de la Acorazada que no salió. El mejor elogio y exculpación que puede hacérsele es la íntima suposición de lo que hubiera ocurrido el 23 de febrero si la Brunete se encuentra al cargo de un Torres Rojas o un Milans.

Pone empeño en repetir que en la lista de objetivos a ocupar en Madrid no figuraba ningún periódico (sólo RTVE, algunas emisoras y zonas geográficas de la ciudad: parque del Oeste, Campo del Moro, plaza de Castilla, Retiro) y tiene el detalle, no solicitado por las defensas y que le honra, de relatar su extrañeza ante aquella afirmación de Torres Rojas de que la Reina sostenía a los espadones. "Me acordé entonces que, siendo agregado militar en Roma, acudí al aeropuerto a recibir a doña Sofía, que regresaba de Grecia tras el golpe de los coroneles. No podía creer que suscribiera un golpe militar".

Y está profundamente amargado con su jefe de Estado Mayor, coronel San Martín, al que acusa de haberle retenido información esencial para poder haber obrado en aquella fecha con más rapidez y acierto. Un soldado viva imagen de la desolación. Tras una jornada de soberbia, sus maneras merecen todo respeto.

Víctor Castro San Martín, un general tenido por estricto, destapador delcaso Matesa siendo director general de Aduanas, amigo íntimo del general Armada, padeció un no extenso interrogatorio, que resultó favorable a aquél. El frente político de los defensores logró, no obstante, arrancarle al testigo la deposición de que la Zarzuela (sin especificar quién) autorizó al general Armada para ofrecerse al Congreso, a título personal, como presidente del Gobierno. Poco más o menos, que se le dijo a título personal un "haz lo que quieras o lo que puedas".

Se levanta la sesión con sonrisas de oído a oído de muchos defensores. No tuvieron que emplearse a fondo y fue una jornada gananciosa.

6/4/82

Milans se levanta, se asquea y se va (6-4-1982)

La 27º sesión del juicio por el intento golpista del 23-F tuvo que ser suspendida, antes de la hora acostumbrada, por el presidente del Tribunal, tras un grave incidente protagonizado por el teniente general Miláns del Bosch. Este, junto con otros tres procesados, el capitán de navío Camilo Menéndez, el teniente coronel Mas Oliver y el comandante Pardo Zancada, -abandonaron la sala ante las declaraciones del segundo testigo de la jornada, el teniente general Sáenz de Santa María, quien comparó el asalto del Congreso con el secuestro de un avión. Los cuatro procesados, después, desobedecieron las órdenes del presidente del Tribunal, cuando éste les mandó que volvieran a sus puestos. Otras veinte personas, la mayoría familiares de procesados, siguieron esta postura. Durante la mañana, que fue ocupada íntegramente en el interrogatorio del director de la Guardia Civil, otros treinta familiares abandonaron, también, la sala en desacuerdo con una declaración de Aramburu Topete.

El segundo incidente (gravísimo para la dignidad y credibilidad de esta Sala de Justicia) se produjo entre las cinco y media y las seis menos cuarto de ayer, al borde ya de acabar la sesión. Adolfo de Miguel (defensor de Camilo Menéndez, Pardo Zancada y García Carrés) se había empecinado desde el interrogatorio matutino del teniente general Aramburu, director de la Guardia Civil, en extraer del vocabulario de esta causa la acepción rehenes como alusión a los parlamentarios secuestrados como rehenes por los golpistas del 23-F.Interrogando al teniente general Sáenz de Santa María (jefe de la Policía Nacional cuando los autos y actual Capitán General de Valladolid), De Miguel mantuvo el siguiente diálogo:

-Vuecencia ha empleado por tres veces el término rehenes al referirse a los diputados durante aquellas horas. ¿Le da usted a esta palabra el carácter impropio y de uso corriente o el propio de los que ven su vida como prenda?

-Si unos secuestradores entran en un avión, con armas, ejerciendo la violencia y cambian el rumbo de la nave, utilizan a los pasajeros como rehenes para lograr sus propósitos. Utilizando este símil puede decirse que quienes entraron con violencia en el Congreso querían cambiar el rumbo del país, amenazando al piloto del Congreso que sería su Presidente y tomando como rehenes a los diputados que serían los pasajeros.

El encausado Camilo Menéndez, capitán de navío, se pone en pie y abandona la sala por la puerta lateral (sólo para justiciables y letrados) que tiene a escasos metros a su derecha. Lo hace a un paso menos bonachón de lo acostumbrado pero en los segundos siguientes nadie advierte nada. Durante las sesiones los encausados salen o entran con alguna frecuencia. Adolfo de Miguel prosigue su interrogatorio.

- Entonces a la palabra rehén le da usted el sentido impropio...

El comandante Pardo Zancada se ha puesto en pie como un fleje de metal, rígido, tenso; hace un momento ha salido y regresó a la Sala. Se hace evidente que este ordenancista espera airado permiso de la Presidencia para retirarse. Finalmente, sin obtenerlo, se marcha. Milans pronuncia unas palabras que, sin megafonía, se pierden; mira a los lados y se levanta dirigiéndose al Tribunal. Otros encausados (cinco, seis) se van levantando; unos quedan firmes ante sus sillas de acusados; otros hacen ademán de retirarse. Un recluta de aviación que hace de ujier ante la puerta de acusados se cruza con Milans para conectarle un micrófono. Al fin éste es audible y se detiene la crecida de murmullos en la Sala (ya hay bastante gente en pie o a medio incorporar). Milans, visiblemente iracundo, dice que se marcha "porque nos están llamando... ; porque nos están dando calificaciones que no merecemos..."

El Presidente, teniente general Alvarez Rodríguez, que ya ha hecho tronar la megafonía con órdenes de "¡Siéntense!", le contesta con un "¡No ha lugar!". Milans, vacila, alza su mano derecha hacia la presidencia en gesto despectivo y regresa a desgana a su asiento. Familiares de procesados e invitados desfilan entre las silletas camino de las dos puertas de la izquierda (destinadas a ellos, periodistas, comisiones militares y observadores jurídicos); al menos cinco observadores militares acompañan a los familiares en la retirada de protesta; se escuchan fuertes portazos de los primeros que abandonan la Sala en solitario antes que lo hagan los grupos. Tensión y desconcierto. La Policía Militar que cubre dos laterales de la zona ocupada por el público continúa sentada (no fue requerida en ningún momento) y sin saber qué hacer. Se escucha la voz inconfundible del letrado Segura, fundador de Fuerza Nueva, defensor del capitán Muñecas y del teniente Carricondo:

-Comunico a esta presidencia que me retiro esta tarde...

Revuelo de togas negras y uniformes caqui en el largo estrado de las defensas; retiran sus sillas, se levantan y comienzan a marcharse en número indeterminado; prácticamente todos los codefensores militares; seguro el teniente general Diez de Mendívil, codefensor de Ibáñez Inglés. Los rumores pasan a intercambios verbales en alta voz, ruido de sillas que se arrastran, portazos... El Presidente intenta controlar la situación (mientras las defensas desalojan la Sala) aduciendo que acaso el testigo sólo está haciendo un símil que podría retirar...

Saénz de Santa María (en tono grave y bajo): "Lo retiro". (Risas entre los procesados que aún no se han marchado). El Presidente recuerda a los encausados que nunca ha prohibido sus ausencias cuando así lo han necesitado y pregunta a De Miguel que si puede continuar con su interrogatorio Milans se levanta hacia el micrófono:

-Pido retirarme; me encuentro malo; esto me da náuseas, me da asco... ¡Me marcho!"

Vuelve a hacer un gesto despectivo hacia el Tribunal, da media vuelta y abandona la Sala mientras se escucha la voz nerviosa del Presidente que le advierte en tono imperativo sobre las responsabilidades en las que está incurriendo. Otros encausados vuelven a levantarse e inician el camino de salida.

-¡Siéntense, siéntense, he dicho que se sienten! (El Presidente hace retumbar la megafonía). Todos regresan a sus sillas menos el teniente coronel Mas, ayudante de Milans, que abandona la Sala.

El coronel Escandell, defensor de Milans y de Ibáñez Inglés, toma sin venia la palabra e improvisa sobre el estado anímico de Milans, acepta la palabra del general Santa María retirando el símil del avión secuestrado, y ruega encarecidamente no se tenga en cuenta el incidente dado que por el estado de Milans éste no ha oído las explicaciones del Capitán General de Valladolid. El abogado Quintana pide unos minutos de suspensión; le corta Martín Fernández, defensor del teniente coronel Mas: "Mi defendido ha abandonado la Sala para atender a su jefe que se encuentra en estado de necesidad". El Presidente: "Se admiten las explicaciones de los señores letrados y esta presidencia ruega que se aconseje a los acusados que mantengan los nervios o pidan permiso para ausentarse, cosa que esta presidencia nunca ha denegado". Los coroneles Ibáñez y San Martín se yerguen como flechas; otros cinco en causados se levantan en rápidos intervalos en actitud de pedir venia para irse; algunos inician la sa lida. Gritos de la Presidencia:"¡Siéntense, siéntense!..."

Un abogado sugiere sea suspendida la sesión. El Presidente -"dada la hora"- accede y recomienda a los letrados hagan ver a sus defendidos la gravedad de sus gestos.

-Se levanta la sesión hasta mañana (por hoy) a las diez. ¡Desalojen la Sala!

Expectación e intercambio estupefacto de miradas. Voces ininteligibles con tono imprecativo se escuchan desde las defensas hacia los observadores jurídicos (muchos de ellos jurídicos militares); Muñoz Perea (defensor del capitán Pascual Gálvez y yerno de Blas Piñar) agita los brazos airado; algunos procesados increpan al testigo.

-¡Desalojen la Sala, desalojen la Sala!Voz del fiscal por la megafonía: "Recuerdo a la presidencia que el testigo sigue sentado". El Presidente le hace señas de que puede retirarse. Se vacía la Sala entre nervios de los militares hasta ahora más conspicuos, incredulidad y caras de satisfacción. Los teléfonos punta-punta que conectan la saleta de trabajo militar, contigua a la habitación destinada a la Prensa, con la Moncloa, el Ministerio de Defensa o la segunda sección de Capitanía están en manos de oficiales que leen frenéticos sus notas dando la novedad.

Se veía venir este segundo incidente que convirtió ayer la Sala de Justicia casi en representación de vodevil con puertas abriéndose y cerrándose con ruido y actores que salen o entran a escena, voces y carreras. Ya por la mañana las declaraciones del general Aramburu, reputando de calumniosas las imputaciones que se le hacen de haber proferido frases despectivas hacia sus guardias, originaron la retirada ostentosa de casi todos los familiares asistentes, mujeres en su mayoría (Tejero y el capitan Dusmets no se personaron en la vista durante toda la jornada). Luego en la tarde, a medida que avanzaba el interrogatorio de Sáenz de Santa María, podía haberse supuesto que los procesadosmontarían su insólito número con tal de frenar o poner sordina a un testigo que estaba resultando impecable y admirable, y cuyas palabras, por primera vez en mes y pico de juicio, estaban reconduciendo el proceso a sus verdaderas dimensiones. Así cuando Muñoz Peréa le pregunta si fue constitucional el Gobierno de secretarios de Estado y subsecretarios, responde: "Eso habrá que preguntárselo al Tribunal Constitucional." O su contestación a De Miguel:

- "¿Tenía conocimiento del malestar que entre las Fuerzas Armadas existía el 23 de febrero por causa del terrorismo que asola nuestra patria?

-Sí; tenía conocimiento desde 1.968 en que comenzó el terrorismo en nuestra patria. Pero las Fuerzas Armadas superan ese estado de disgusto cumpliendo con su deber. La lucha contra el terrorismo exige sacrificios. En este país el terrorismo asesinó a un Presidente del Gobierno y las Fuerzas Armadas se atuvieron a sus obligaciones.

En la mañana Aramburu se defendió mejor que Gabeiras del acoso de la mayoría de los defensores (bien es verdad que las arremetidas no fueron tan duras; Gabeiras pasa a la B en veinte días y Aramburu y Santa María tienen vida militar por delante). Recordó ante las diferentes versiones sobre su incidente con Tejero o las palabras que sobre los guardias le quieren atribuir que él está bajoj juramento y no los encausados. Por lo demás Aramburu entiende que el pacto del capó no exculpaba a ningún teniente, ni siquiera a los de la Acorazada, y ante unas defensas que procuran dejar la sensación de que este oficial general actuó el 23 de febrero dubitativo o medroso, arguye razonablemente su propósito en aquella larga noche de dejar pudrir la situación y salir sin víctimas de la pesadilla. Enumera todas las intimidaciones la rendición que ordenó aquel día (hasta por altavoces) y contesta así al abogado de Tejero: (López Montero)

-Los presuntos rebeldes ¿dispararon contra las fuerzas que estaban fuera del Congreso?

-Contra nosotros no, contra el Parlamento sí.

Incorreciones, capciosidades y hasta trampas de sintaxis (que irritaron a la presidencia en numerosas ocasiones) para intentar desautorizar el testimonio de un militar leal. Y pregunta a pregunta, insinuación a insinuación, la idea fija como siembra de futuros rencores institucionales de que la Guardia Civil ha sido traicionada.

Pero el rencor que ayer pudo palparse en Campamento fue el de unos soldados perdidos acusados de rebelión militrar contra sus compañeros de armas leales a sus jefes y a sus leyes. Ira, casi física, entre dos maneras irreconciliables de entender la milicia. Esta es la única lección de ayer: o la una o la otra; no cabe la componenda.

3/4/82

El día de Gabeiras (3-4-1982)

El turno de declaraciones de los 69 testigos citados en la vista del juicio contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero, se inició ayer con el correspondiente al teniente general Gabeiras, quien afirmó que durante los días 23 y 24 no captó en la actuación del general Armada nada que pudiera interpretarse como apoyo a los golpistas y que su comportamiento en aquellas horas fue correcto y disciplinado. No obstante dijo que consideró inaceptable la propuesta de Armada deencabezar un Gobierno de concentración, ya que consideraba que proponerles a los diputados, coaccionados por las armas, que formaran un Gobierno, era anticonstitucional. Más duro fue Gabeiras al referirse a Milans, del que dijo que el 23-F se negó reiteradamente a cumplir las órdenes que le dió. La vista se reanudará el lunes.

Ayer estuvo declarando en Campamento el teniente general Gabeiras, ex jefe del Estado Mayor del Ejército y actualmente disponible forzoso a las órdenes del ministro de Defensa, desde las 10 horas hasta las 19.15. Nadie sabe por qué o para qué.Desde las 11 horas, mientras Gabeiras era interrogado por los abogados que han propuesto esta prueba, paseaba por el Servicio Geográfico Militar, escoltado por una cohorte de ayudantes, el teniente general Aramburu, en espera de su turno, que no llegó. Otro tanto con el teniente general Sáenz de Santamaría, también citado ayer por el Tribunal y que igualmente perdió el día. Acaso como todos.

En esta tercera fase procesal aquellos letrados que han solicita do como prueba testifical la comparecencia de testigos los interrogan en primer lugar; despues pueden hacerpreguntas el resto de las defensas y, por último, el fiscal. Se esperaba -por ayer- poco menos que la intimerata a cuentadel interrogatorio de un jefe del Ejército (durante los autos) tan contestado como Gabeiras. No ha llegado la sangre al río. Todavía un teniente general, impresiona notablemente en este país y Gabeiras, quizá inadvertidamente, ha hecho alarde de su rango. Del interrogatorio del destaca la pregunta negra de Sanz Arribas, que en esta causa defiende a dos capitanes:

-¿Era usted la autoridad militar que se esperaba en el Congreso?

-No acepto esa pregunta.

E intervención inmediata del Presidente de la Sala para declarar improcedente la interrogante y quejarse de que el tenor del interrogatorio abundaba en una mayor oscuridad ("Yo al menos estoy más confuso que antes"). Hete aquí una clave de este día perdido para todos. Un abogado que representa a dos capitanes de la Acorazada consume un turno interminable sobre el general Gabeiras -que nada aporta a la defensa de sus patrocinados- y termina por hacer la pregunta envenenada (siempre funcionará ante la opinión pública) e inútil (todos sabemos que El Elefante Blanco no era Gabeiras; era otro y ayer no estaba muy lejos). Y, así, estas defensas han consumido una jornada inútil para esclarecer la verdad en un intento medroso -verdaderamente les ha faltado valor- de complicar al general Gabeiras en esta película de chinos alfombrada de trampas. Impuso, en ocasiones con arrogancia, su autoridad este jefe del Ejército no del todo desprovisto de recursos verbales. Visiblemente estirado, imbuido de su propia dignidad, aduce dureza de oído y contesta en forma cortante y seca. Se remite de manera obsesiva a su declaraciónescrita de veinte folios redactada a raíz de los hechos. "Eso ya lo tengo declarado". Las preguntas de las defensas, que se apelotonan y se pisan entre sí, son despachadas con un frecuente y merecido "esto, es la tercera o la cuarta vez que lo declaro". Por añadidura el tono es alto e imperativo; hay letrados que se achantan y piden excusas al testigo asegurando que temen lastimarle otros se quejan -"López Montero- de la tonalidad del militar. Gabeiras es en esto noble; admite haber tenido, que pedir muchas excusas en su larga vida militar por su forma de expresión. Aún así la barra de abogados no las tiene todas consigo e interróga farragosamente, en un descarado revuelto del barullo, sin, atreverse nunca a los toques directos, salvo reseñado. Y Gabeiras entre cabreadoy relajado; piernas cruzaas pulsa el click de su interfono ara hablar a la Sala con la sufi,ente fuerza, o despecho, como ara que el ruidito nos haya estado todos rebotando en la caja craeana, inmisiricorde, hora tras hora.

Al defensor de Milans le reconoció que aquella noche el capitán general de Valencia no quiso saber nada de él. López Montero, que defiende a Tejero, se quejó repetidas veces de que Gabeiras no le dan sus declaraciones a este hombre el reconocimiento de teniente coronel y le alude siempre por "Tejero". Tiene la propuesta de Armala por absurda, dada su clara inconstitucionalidad ("No necesito estudiar la Constitución para saber que no se puede proponer un Gobierno mediando la coacción de una fuerza armada"). Y rechaza con tanta displiqencia como energía la cuñita real que quieren meter algunos defensores:"Yo a las siete menos veinte hablo con Su Majestad el Rey; desde entonces estoy a sus órdenes y no tengo dudas y no hubiera creído ninguna otra historia". Muy probablemente lo único útil de la testificación de ayer de Gabeiras es que por primera vez se ha escuchado en Campamento otra música y tras un mes largo de causa se ha podido escuchar a un jefe militar una declaración limpia para con su Rey. Pero la defensa, de manera atropellada y cacofónica, quiere forzarle a declarar cuales fueron las tropas que remitíó aqella noche como protección del palacio de La Zarzuela: d, No se juzgó'necesário.

-Pero se hizo 'un cordón militar alrededor del palacio del Congreso; ¿qué unidades formaron cordón en la residencia del Rey?

-Aquella noche no había amenazas sobre La Zarzuela, ni sobre Washington ni sobre Bon; sólo sobre el Congreso.

-Usted destituye a Milans por desobedecer sur órdenes y obedecer las del Rey.

-Yo destituyo a Milans por no obedecer mis órdenes. Lo del Rey es una hipótesis.

-¿óomo obtuvo la contraseña para entrar en el Congreso, la que asó Armada. -Milians me dijo: "allí no entra más que quien yo diga; hay una contraseña"

-Pues damela.

-A tí no te la digo. Y le pasa él teléfono a Armada, que la recibe.

Declara, Gabeiras que él nunca autorizó a Armada para proponer se al Congreso secuestrado como presidente del Gobierno y reputa de "absoluta mentira" haberle des pedido aquella noche con un "A tus órdenes, mi general". Insiste el antiguo JEME que Armada sólo fue autorizado para ofrecer aviones y dinero a la banda asaltante en un intento de acabar aquello sin derramamiento de, sangre. Que él -Gabeiras- intentó acompañar a Armada al Congreso sólo para engañar a Tejero, como fuera, pero que el teniente coronel de la Guardia Civil no admitía otros interlocutores válidos que el general Armada y el teniente general Milans del Bosch.

Después le repreguntarían arteramente sobre esto:

-¿Ha dicho usted esta mañana que pretendía engañar a Tejero? (Como si aquella noche engañar a Tejero fuera un crimen). -Sí.

-Esta defensa (Labernia, letra do del coronel San Martín) renuncia al resto del interrogatorio (Cómo si así pudiera quedar este general por mentiroso).

Y otras pullas:

-Anoche la televisión se refirió a usted como militar constitucionalista...

-Yo, soy José Gabeiras Montero, militar, y no tengo otros apellidos, (acaso innecesariamente enérgico; tampoco es un desdoro la tilde constitucional).

Sobre el pacto del capó no tiene dudas Gabeiras de que se firmó la exculpación de "tenientes para abajo" respecto a la Guardia Civil ocupante.

-¿Y que entiende usted por "de tenientes para abajo"?

-Pues entiendo exculpación de alféreces, subtenientes, sargentos, cabos y soldados. -El 16 de febrero cenó usted en casa de Armada junto con el marlués de Mondéjar (jefe de la Casa Real) y el capitán general de Catauña, Pascual Galmes?

-Sí.

-Cenó también con ustedes el diputado comunista Solé Tura.

-No. (Pero ahí queda)

Por lo demás el letrado Quintana (el de los famosos elogios procesales a Tejero), casi nos hizo llorar con sus preguntas a Gábeiras sobre los males que aquejan a "nuestra queridísima patria" y su "decaimiento, y desmembramiento". Gabeiras admitió que los males de España nos pesan a todos en el alma. Y reconoció que el CESID no había informado previamente sobre palabras textuales de este letrado- "Lo que se ha dado en llamar el asalto al Congreso". Lo que se ha dado en Ilamar abogado Quintana (defensor de Torres Rojas) procuró enterarse si era posible en buena táctica militar proceder sin víctimas a una rebelión militar. Segunda vez que lo pregunta y el Presidente consideró que era una apreciación a priori que nada aportaba a esta vista. Y así el día de Gabeiras devino entre lo correoso y, duro del general y ese sobreentendido de Campamento para no aclarar las cosas, en día perdido. Aunque algo deparó la jornada: Armada y Milans se dirigieron la palabra, cuchicheando varias veces las respuestas de Gabeiras. Este, la primera vez que entró en la Sala, lo hizo por la puerta de los encausados, pasando por su lado; después (uno de los recesos lo provocó su deseo de fumar un cigarrillo) lo hizo por la entrada, más alejada, del Tribunal. En una ocasión (cuando su abogado apelaba a los derechos humanos ni más ni menos que por una supuesta incomunicación de Milans en un despacho del Cuartel General del Ejército cuando : fue arrestado al llegar a Madrid) Milans estuvo a punto de levantarse de su asiento-banquillo. Gabeiras rechazó la insólita imputación recordando que se le había recluido en el mejor despacho. Pero pese al cristal antibalas que separa a los encausados de los periodistas pudo escucharse un silabeo de Milans sobre una hipotética paternidad del general Gabeiras.

2/4/82

Merde (2-4-1982)

Juan García Carrés, el único civil procesado en la causa por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero, convirtió ayer la 25ª sesión del juicio, como manifestó el propio presidente del Tribunal, en un acto político de tono golpista. Como el Fiscal insistía en que, pese a la negativa del procesado a aceptarlo, le consideraba al tanto de las reuniones preparatorias del golpe y de los detalles del plan para ocupar el Congreso, García Carrés, en un tono altanero, dijo, en varios momentos de su interrogatorio, que él no había tenido nada que ver con la operación ni participó en ella, pero que le hubiera gustado mucho hacerlo y lamentaba que no se hubiera contado con él. "Lo que lamento, señor fiscal, dijo en un momento el civil procesado, "es no haber podido participar más efectivamente en toda la operación". La vista del juicio se reanudará hoy con el comienzo de la toma de declaración a los 69 testigos citados por el Tribunal, de los que únicamente nueve son civiles.

Un frío de los demonios en Campamento. Como si recién pasados sin maldad los siempre peligrosos idus de marzo, quisieran hacer notar su aparición los de abril -de menor tradición cesarista- pero, a lo que se padece, de igual crueldad climatológica y agorera. En los carromatos de intendencia tres jóvenes prohombres con gabardina y guanteletes negros preguntan a una señora que "donde comen los periodistas". El pasado fin de semana estuvo de visita en Campamento "el hombre de la gabardina", el ex-militar que supuestamente asesinó en Montejurra (9-V-76) al ciudadano Aniano Jiménez Santo de un tiro seco de pistola.Supuestamente, por cuanto una de las amnistías de la transición democrática -que ampararon a todos, contra lo que se olvida, y no sólo a terroristas de ultraizquierda- arrambló con su expediente y no pudo ser juzgado.Pasan las visitas de tres en tres, pero en ocasiones algún procesado tiene hasta seis invitados; se apunta uno en la cola para cualquiera y después se va pasando según el grado de atención amistosa, familiar o política de cada implicado. Difícil de saber a quien fue a visitar este hombre de la gabardina.

Juan García Carrés, ex-presidente del sindicato vertical de Actividades Diversas, el juanito de las actividades inmensas como se cantaba en el régimen anterior, hijo preclaro de García Ribes, factotum del transporte en el franquismo, implicado sumarialmente en la matanza de abogados laboralistas del bufete de Atocha, avanza embutido a duras penas en un terno gris claro, que le cubre como una tienda de campaña, hacia la mesa de interrogados, con el paso equívocamente inseguro que le da su obesidad. Pero dará una lección de soberbia procesal y personal este hombre cuyo cuadro clínico parece antes atribuible a la gula que a deficiencias orgánicas incontrolables. De entre los que le atienden en Covesa pocos le tienen por enfermo, como no sea de voracidad de ostras y pastelería, pero se le dispensan las sesiones y él no olvida recordar de vez en vez que "se le impidió" presentarse en la vista, así como sus duelos y quebrantos padecidos en Carabanchel. No pierde una entre la atribulación y la amenaza apenas velada.

Este émulo lúdico de John Redick -aquel hombre elefante que fue un inteligente hombre de bien, castigado por la vida y la neurofribomatosis- repartió soflamas tan amplias e inelegantes como las sisas de su chaqueta. A saber:

-Gran amistad con Tejero; gran concepto de él, "es un gran español, cuya mayor obsesión es la Guardia Civil y España".

-"La difícil situación de España desde la muerte del general Franco".

-"He sido y soy falangista. Entiendo la Falange como idea de servicio a España".

-"Yo no he cambiado de camisa en estos años, mi general".

-No habrá cambiado de camisa política (aduce el fiscal).

-Como procurador en Cortes apoyé todos los proyectos militares y terminé recibiendo, precisamente de Su Majestad el Rey, la Gran Cruz del Mérito Militar".

-"¿Hay algún español no preocupado por la situación de este país, por los crímenes de ETA, por las autonomías que nos llevan a un Estado separatista? (Ante una pregunta del fiscal sobre sus conversaciones con otros presuntos golpistas).

El fiscal (por primera y no última vez).- Las preguntas las hago yo y no usted.

Otra vez el fiscal:- "Pero es que usted aparece constantemente en esta historia y en sus momentos culminantes como (palabras de otro encausado) si cayera en paracaídas sobre este sumario".

-Necesitaría un paracaídas muy grande.

Y orondo y satisfecho, dominador del escenario, el señor Carrés estima que el vaso del agua de su mesita de interrogado ha sido usado, reclama recado de beber y es atendido: un ujier con guantes blancos cruza la sala y sirve agua mineral. Todos esperamos y la gran esperanza blanca del sindicalismo español se digna proseguir tras enjugar límpidamente sus labios:

-"Yo lo que le dije a Milans (conversación candente en la reunión conspirativa de la madrileña calle de General Cabrera) es que, qué diría tu abuelo, asesinado en Paracuellos, cuando su asesino anda suelto por las tierras de España. Se ha desmontado el Estado del 18 de julio: cuarenta años de paz y progreso se han tirado por la borda y ahora los vencedores sois los vencidos. Si viniera una victoria socialista todos los generales triunfadores de aquella guerra os veríais ahora sentados en el banquillo de los acusados". -"Hablé a Milans de la ruina de España".

-'¿Pero cómo usted (habla el fiscal) acaba teniendo tantos lazos con los protagonistas de esta historia?"'.

-"Esto es el destino, mi general".

Y tras aludir repetidamente a los malos tratos recibidos en la prisión provincial de Carabanchel, Carrés pone peana a su soberbia: no sabe nada de la conspiración y lo lamenta. "Si me hubieran invitado habría participado con toda mi buena voluntad. Milans no me habló de estos temas; y lo lamento. Deploro no haber participado en esto más activamente". Y alguna contestación de esquinero a las preguntas del fiscal:

-"Ah, ¿pero esto (por el juicio) estaba funcionando el 17 de marzo?".

Y repreguntas al ministerio:"¿ Usted aquella noche -por el 23 de febrero- acaso no llamó a nadie?".

Y sospechas salpicadas: "Media hora antes de que la policía viniera por mi, alguien me llamó por telé fono para avisarme,'te van a detener, vete a una embajada'. Lo tomé a broma". -

Y chulesco y agresivo: "Que se lo pregunten al alcalde de Madrid yo sólo les di salarios y seguridad social" (a preguntas de su propio letrado sobre si la noche de auto disponía de serenos a mano para organizar una fuerza armada de guardorropía).

Este es el resumen de todo lo que ha empujado con su vientre promínente este hacedor de home najes retribuidos a Franco que ahora, se ofrece como salvador del país. Sorprendentemente, el Presidente de la Sala le toleró explayarse a voluntad y devenir el Servicio Geográfico Militar en campo de Agramante de este atípico caballero andante del falangismo del general Franco. (En un momento de la vista de ayer el Presidente, sin duda desbordado pero aún lúcido, le llamó al orden: "Está usted haciendo política y no contribuyendo almomento procesal de esta causa". "Perdone usted, yo soy más político que profesional").

En suma: derrumbe del presidente que ayer permitió una arenga en regla en la Sala que, precisamente, preside; deshinchamiento del fiscal ante un encausado que todo lo niega, pero a quien ni siquiera presiona psicológicamente con las cintas grabadas de sus conversaciones con Tejero en el Congreso. Y una barra de respeto, condescendencia y vaselina hasta ahora insólita entre los abogados: o no hay preguntas o las que se formulan se prologan de "mi querido amigo y compañero" (Carrés, aunque no ejerciente, es abogado), "excelentísimo señor García Carrés", y demás alifafes verbales. Versalles en Campamento.

Ramón Hermosilla, defensor del general Armada, apenas hace preguntas en las vistas desde hace dos días. Se le escucha -cuando tiene venia- seco y absentista. Sólo de la reputación de este abogado puede extraerse la conclusión de que no han sido ni él ni su cliente objeto de amenazas fisicas sugerentes de disminuir responsabilidades, al menos de "tenientes para abajo". Cabe estimar que no lo hubieran tolerado. Sigamos pensando bien e ingenuamente.

Hoy los testigos, empezando por el general Gabeiras, ante cuya comparecencia bastantes defensores afilan los colmillos. Ayer, entre el frío y las trasnochadas del sindicalista de las actividades diversas, la asunción del bíblico lamento de la desolación campesina: "Nos han robado el caballo y se ha derramado la leche". Una muchacha apartidista y tenida por sensata comentaba a la salida: "Los de estabanda, la próxima vez nos matan a todos." El fiscal ha tenido finalmente que violentar su esquema procesal para recordarle a es masa humana que todo lo niega que, curiosamente, aparece en esa causa como el hombre que facilita a Tejero un abogado para adquirir autobuses, es quien presenta al teniente coronel Más (ayudante de Milans) y a Tejero, transporta a Tejero hasta el hotel Cuzco para entrevistarse con Cortina, accede al piso de General Cabrera don están reunidos Milans, Tejero, Torres Rojas, Más y otros dos, sólo para discutir con Milans los males de la España democrática y con Más un listado de artistas a intervenir en un festival valenciano en pro de la Guardia Civil. Por último se pasa la noche del 23 de febrero hablando con Tejero de asuntos familiares. Lo que aduce Carrés: el destino.

Acaso peor destino sea el de quienes tuvieron ayer que escuchar la elegancia política y personal, de acera, de este hombre tuvo la sesión por mitin franquista ante la pasividad presidencial sumándose al frío, la depresión hasta la desesperación -explicable- de quienes recordaban frase del general Cambronne, un jefe militar con agallas que en Waterloo, mandando la "Guardia" negó a rendirse cuando todo estaba perdido. "¡Habéis peleado con honor!", gritaba un oficial inglés "¡Merde!" replicó el general napoleónico, entre sangre y banderas desgarradas. Así los galos leíos sueltan el epíteto "¡merde!" aliviándolo con la explicación: "C'est le mot historique!.". Sea o no sea una palabra histórica, ayer Carrés nos la puso en la Mesa. Su deposición judicial -los grandes vientos del franquismo- se rebajó ayer hasta la tercera acepción del diccionario.

1/4/82

La tragedia acecha en Zaragoza (1-4-1982)

En la 38ª sesión de la vista del juicio por los hechos del 23-F terminó su intervención el letrado Ramón Hermosilla, defensor del general Armada, para quien pidió la libre absolución. Después Gerardo Quintana defendió al general Luis Torres Rojas y al teniente de la Guardia Civil Jesús Núñez Ruano, y Adolfo de Miguel al capitán de navío Camilo Menéndez y al comandante Pardo Zancada. Quintana y De Miguel insistieron en la tesis de que sus defendidos creían estar obedeciendo órdenes del Rey, por lo que pidieron que se les aplique la eximente, de obediencia debida, e hicieron una descripción de la situación española que añadiría la eximente de estado de necesidad. El presidente cortó el discurso del general Enrique Calzada Atienza, defensor militar de Torres Rojas, que también describía con tonos catastrofistas la situación política previa al golpe.

Soledad Becerril se ha inspirado en el juicio de Campamento para cesar a Javier Tusell. Camino de Zaragoza recibió el coronel San Martín la contraseña "la bandeja está grabada" y el general Juste encontró su sendero hacia el Gólgota. Ambos, tras el telefonazo, regresan precipitadamente a Madrid y... empieza el espectáculo. Lo de Tusell es prácticamente lo mismo (ayer no se hablaba de otra cosa en el Servicio Geográfico del Ejército): ostentas un cargo, emprendes el camino de Zaragoza, se graba la bandeja y se desmorona tu mundo. Versión sofisticada del motorista franquista portador del sobre con el cese. Prohombres del sistema acceden ya por carretera a Barcelona tomando el camino de Valencia y subiendo por la costa. La catástrofe político-personal acecha entre Madrid y Zaragoza. La ministra de Cultura, tras lo conocido en Campamento, ha terminado de destrozar las rutas zaragozanas para uso de políticos. La próxima vez que la capital aragonesa necesite algo de la Administración central tendrá que venir a Madrid su alcalde socialista, Sainz de Baranda; porque, desde ya, nadie en su sano juicio emprende el fatídico itinerario que con Zaragoza como destino parte de Madrid, con un intento restaurador en el parador nacional de Santa María de Huerta.Ayer, por lo demás, acabó Ramón Hermosilla su defensa del general Armada; intervino Gerardo Quintana (defensor del general Torres Rojas y antiguo asesor militar mercenario en el Congo ex-belga), el defensor militar del mismo Torres, general de división Enrique Calzada, y, finalmente Adolfo de Miguel, letrado de Camilo Menéndez y Pardo Zancada, y cabeza de fila de la defensa política.

Ataques a la Prensa -"esas hienas" para alguna toga (ignoran que es un animal sabio: copula una vez por año y ríe)-, contínua referencia al "estado de necesidad" (parte de la defensa abusó en anteriores pruebas de esta pemema; ya no impresiona); y nada interesante que aporte algo a la historia del Derecho o a la historia de esta causa. Hacerse lenguas del abogado Ramón Hermosilla es rendir servicio a la verdad y a una defensa escuchada como tal. Pero, todo sea dicho, no hay forma de destacar el bufete de Hermosilla ante lo garrulo, pedestre, pobre, fútil, lamentable de las defensas políticas que buscan su día en Campamento.

Cortedad intelectual de las defensas

Resulta verdaderamente sorprendente la cortedad intelectual de estas defensas. Se esperaba un alegato a lo Tixier de Vignancourt, que al menos intentara pegarle un vuelco ideológico al Estado democrático; o bien la sorpresa final de la prueba o el dato mágico, guardado en la manga, que varía el rumbo de un proceso. Nada. Provocaciones de barra cuando uno de estos abogados accede a conversar con algún periodista y apenas nada más. La más completa dimisión sobre el Derecho indagatorio y sobre la filosofía general de la impartición de Justicia. Hermosilla, de por sí, es un señor; por comparación es algo así como el padre del Derecho.

Sea como fuere se lleva de Campamento una notable depresión: pese a la brillantez de su alegato carece de esperanzas respecto de su defendido. Al menos ayer el general Armada no se vio obligado a soportar la lluvia de improperios y desdenes del día precedente. Ayer las sillas de Milans y Armada, en la Sala, estaban notoriamente separadas, con un abismo de silencio tranquilizador entre ambos.

Lo demás son defensas a leer -dignísimas- que nada aportan (por lo escuchado) a la mayor claridad de este pleito o a la mayor luz de nuestros cocientes intelectuales, Quien disponga de horas y de moral que lea estos informes y reflexione sobre ellos. Una primera y somera lectura les tiene obligadamente por fables hasta para su propósito final golpista. Flojera incompresible de una barra legal que parece no tener mayor objetivo que el de provocar la indignación de los periodistas.

¿Qué reseñar, fuera de la miseria intelectual? ¿De qué escribir, al margen de la carencia de argumentos y el desierto de los datos y las justificaciones? ¿Qué hacer cuando un abogado -y en esta causa no de los peores- casi se queja porque pasan los días y no cuentas que es uno de los locos de Kinshasa, soldado a sueldo que qué tendrá que ver con esta historia en la que a casi todos se les llena la boca con los fonemas del honor y la dignidad.

El cubo de hormigón de Ruiz Larrea

El mayor interés de la jornada reside en una noticia del carril de la estética: un joven, desconocido, pero brillante arquitecto- Ruiz Larrea- ha obtenido el primer premio en el concurso que la Diputacíon de Madrid convocó para erigir un monumento a la Constitución. El cubo de hormigón de Ruiz Larrea se levantará en breve en los altos del Hipódromo. El autor de una idea acertada y de gran belleza -para todo aquél que entiende bien de arte, bien de geometría descriptiva- medita ahora sobre la pintura externa del diseño (es un objetivo de pintadas). Su compañera está radiante y feliz: Lourdes Menéndez, hija del capitán de navío del mismo apellido, encausado en este proceso. Es una familia que no pierde comba. Entroncados con Blas Piñar y con el ex-ministro de Franco Meriéndez Tolosa (más, a menor nivel, por supuesto, con Muñoz Perea). El domingo Miguel Artola lee su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Hablará sobre los derechos humanos. Está casado con una hermana.del capitán de navío Camilo Menéndez. No hay quien de más.

31/3/82

Servicio de orden en el Congreso (31-3-1982)

En la 24ª sesión de la vista contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23-F surgió por primera vez en el juicio, como destacó el propio fiscal, el nombre del capitán Gil Sánchez Valiente. La novedad se produjo en el curso de la declaración de uno de los cinco tenientes que ayer fueron interrogados, Ramos Rueda, quien afirmó que vio varias veces en el Congreso al citado oficial, que iba armado y uniformado de campaña. Dijo que Gil Sánchez Valiente abandonó hacia las cuatro de la mañana el Congreso, pero que no sabe si entró en el mismo con las fuerzas ocupantes o como observador. El teniente Izquierdo identificó a los también tenientes Boza y Ramos Rueda como dos de los hombres que participaron en el incidente con Gutiérrez Mellado. El teniente Alvarez Fernández negó que él hubiera pronunciado la frase "Manitas fuera, esto se mueve", que se le achaca. La vista se reanudará mañana con el interrogatorio de los restantes tenientes y del civil Juan García Carrés.

Una sesión, la de ayer, dedicada fundamentalmente a civilones:proletariado militar elevado al rango de teniente tras veintitantos o trentaitantos años de sacrificado servicio. Acaso la ignorancia sea su mejor defensa, por más que no les sirva de exculpación. Excepción hecha de algún caso aislado, ayer pasaron por el interrogatorio una serie de guardias -seis tenientes de la Guardia Civil- que no aportan ningún poso a la historia de este golpe de Estado. Corifeos y teloneros de la asonada, cuyas responsabilidades han de ser dilucidadas (su comportamiento en el Congreso ocupado -el de algunos de ellos, aún no identificados- fue deleznable y chulesco), pero que no pasan de ser tropa de comparsa de los auténticos culpables. Fueron interrogados los tenientes Izquierdo, César Alvarez, Núñez, Ramos Rueda, Alonso Hernáiz y Boza (sólo resta por interrogar -ya para el jueves- a otros dos tenientes y a García Carrés, quien continúa siguiendo el proceso desde la clínica Covesa). Lo más que da la jornada es para una profunda reflexión sobre el futuro de la Guardia Civil.El fiscal extrajo una falsilla de preguntas repetidas hasta la saciedad, en ocasiones con idéntico vocabulario, sobre cada uno de los seis tenientes: destino, mando natural, conocimiento de Tejero y sus anteriores andanzas, explicación de por qué sigue a Tejero en su empeño, que si sabía el edificio que asaltaba y lo que allí se estaba celebrando, más una serie de preguntas sobre las secuencias de incidentes registrados en el palacio (agresión a Gutiérrez Mellado, incidente de Tejero con Aramburu, llegada de Armada, incorporación de la columna de la Acorazada y rendición).

Las contestaciones también son de falsilla: que siguieron las órdenes de su mando natural (un capitán), que no podían hacer otra cosa dada la obediencia ciega exigida por el reglamento de la Guardia Civil, que se les informó acerca de un servicio de orden público a llevar a cabo en "la plaza del Congreso" y que era deseado por el Rey, que tenían conocimiento de Tejero por la prensa, que no están muy seguros de entender lo que se estaba celebrando en el salón de sesiones del Congreso y que posteriormente poco o nada vieron o escucharon de interés.

Llama la atención en estos guardias -especialmente entrenados para la identificación de personas- su absoluta incapacidad para identificar en las fotografías a los compañeros que zarandearon a Gutiérrez Mellado. O no estaban allí, o entraron en el salón solo unos segundos (los suficientes para ser fotografiados) o no "estaban las cosas como para fijarse en la cara de nadie". Modosos en su deposición, no reconocen ni a los autores de los disparos sobre el techado del hemiciclo, ni los zarandeos al vicepresidente del Gobierno, ni "las manitas quietas, que esto se mueve", ni nada de nada. El proverbial ojo avizor del Cuerpo queda en este caso malparado. Otra vez será.

El Pacto del capó -la rendición que excluía a los tenientes de la Acorazada- fue esgrimido con menor insistencia por la defensa política (agravio de la Guardia Civil ante el Ejército) que en jornadas precedentes.

Es patente que al margen de la dudosa juridicidad del acuerdo firmado por el general Armada con los cabecillas sediciosos sobre el capó de unjeep, los tenientes de la Guardia Civil no desarrollaron el mismo papel que los tenientes de la Acorazada. Estos poco o nada hicieron aquella noche fuera -y no es poco- de penetrar tras sus jefes en el Congreso. Los tenientes de la Benemérita hicieron algo más y no siempre benéfico, y tienen por testigo al Congreso de los diputados.

El teniente César Alvarez, que no es precisamente un civilón con años de cuartel a las espaldas, declara como para optar a una medalla. Niega ser el autor de la fineza hacia Sus Señorías resumida en la frase "manitas; quietas, que esto se mueve". Es más, estima tales palabras como impropias de un guardia civil. Tuvo el fiscal que resaltarle lo dudoso de que dicha frase fuera pronunciada por alguno de los diputados. No se considera agresivo o nervioso y diseña su servicio aquella noche como un encomiable esfuerzo para salvaguardar la dignidad de los diputados -impedía que se entrara a mirar en el salón de sesiones como si aquello fuera un zoo-, mantener el orden en el hemiciclo -no fuera que Sus Señorías se desmandaran- y proteger las vidas de los padres de la Patria de una hipotética agresión exterior. Por mucho menos se ha concedido una encomienda.

No acaba de comprender este teniente por qué la doctora Echave declara contra él: no sólo no interfirió su labor de asistencia a los secuestrados-protegidos, sino que le convenía el libre trabajo de esta médica para que los ánimos permanecieran calmados. Igualmente lamenta algunos comentarios de prensa en los que se le tilda de chalado o de loco. El tuvo allí una misión aislada de mantenimiento del orden en el hemiciclo y veló para evitar acciones vejatorias contra la dignidad de los diputados. Otro benefactor. El defensor Ortiz le pregunta por su jefe el capitán Muñecas:

-¿Le cree capaz de torturar a alguien?

-Jamás, ni creo que sea capaz de hacerlo.

El teniente Núñez es quien supuestamente baja guardias por la puerta de un autobús frente al Congreso, cuando el general Aeramburu ha logrado a duras penas subirlos por otra. Niega el hecho y se somete a la identificación posterior de su Director. Por lo demás él siempre ha servido al Rey (le dio protección como Príncipe) y este "a la vista de lo que ha pasado es un servicio único en mi vida". Se pasa la noche del 23 de febrero en el botiquín del Congreso con dos doctores y no se entera de nada. Se aferra al reglamento del Cuerpo como el amigo de Charlie Brown a su frazadita y cumple que te cumple un nuevo servicio al Rey, coadyudando a secuestrar al Congreso de los Diputados en plena sesión de investidura. Un ilustrado.

El teniente Ramos Rueda movió a risas a la Sala y a veces al fiscal. "Yo nunca había estado allí (por el Congreso), lo vi todo ocupado como sale en televisión. No sabía lo de la investidura. Yo tenía previsto trabajar en mi finquita de la carretera de Burgos y mire usted donde estoy. Me quedé a la derecha de donde se sienta don Landelino." No atiende a la entrevista Armada-Tejero porque topa con un libreto con las fotos y datos de los señores diputados, le interesa y se pone a leerlo (conviene espolvorear textos de la Constitución por las saletas del Congreso, para el futuro) y el mensaje del Rey le tiene sin cuidado, sólo le interesa la obediencia a su capitán. Y el capitán Sánchez Valiente se materializa por vez primera en la Sala:

-Se fue tan tranquilo a las cuatro de la mañana.

-¿Llevaba algo en la mano?

-Una cartera o una maleta pequeña.

-¿Se fue así, sin más?

-Como otros que también aquella noche se fueron y no volvieron.

El teniente Boza es el único que admite haber conocido el mensaje del Rey la noche de autos (satisfacción del fiscal), expone dudas razonables sobre lo que está pasando a su capitán y éste le tranquiliza remitiéndole a la espera de nuevas órdenes.

Y poco más. Numerosas suplencias en las defensas. Interrogatorios breves y esta especie de Kamasutra del golpe a escuchar día tras día en Campamento, en el que se nos desvelan hasta la saturación las mil y una maneras de tomar por asalto el palacio de los diputados.

Metalenguaje militar- El PREJUJEM tras consultar con el primer y segundo JEME y sus colegas de la JAL y de la AJEMA ha decidido visitar los acuartelamientos de la BRIPAC y la DAC. De todo lo cual dará cuenta la OIDREP. Algo así como que el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, junto a los dos primeros "jefes del Ejército", los de la Jefatura de Apoyo Logístico y de la Agrupación de Jefes de Estado Mayor de la Armada, hubieran decidido visitar a la brigada paracaidista de Alcalá de Henares y a la división acorazada Brunete; de lo que informaría la oficina de prensa de la Defensa. Es algo más que unaboutade y algún día un filósofo de la lengua analizará este metalenguaje castrense con el que nos vamos familiarizando. Porque, se mire por donde se mire, no es lo mismo recibir una orden del excelentísimo señor presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor que del PREJUJEM. La influencia de los fonemas sobre la psicología aplicada está por estudiar.