27/2/82

Rocambole acecha (27-2-1982)

La sexta jornada de la vista del juicio contra los 33 procesados por la rebelión militar del 23 de febrero fue consumida íntegramente en la lectura de los testimonios solicitados por Ramón Hermosilla, defensor del general Alfonso Armada. Mediante una amplia red de declaraciones, -entre las que se incluyen las de dos empleadas de hogar de la familia, las hijas del procesado y amigas de éstas-, la defensa intenta demostrar que el entonces segundo jefe de Estado Mayor del Ejército no asistió a ninguna reunión preparatoria del frustrado golde de Estado, como consta en el escrito de conclusiones del fiscal y como afirman otros procesados en la misma causa. La vista se desarrolló con normalidad, aunque permanece ausente el director de Diario 16, al que no le ha sido devuelta su credencial. No se registraron, por otra parte, incidentes notables de orden público provocados por la extrema derecha, como venía sucediendo en días pasados. La policía dió cuenta ayer de la detención del jefe nacional del Frente de la Juventud y otros ocho miembros de esta organización extremista. El fiscal general del Estado, José María Gil-Albert, manifestó en Oviedo que no es posible la concesión de un indulto general a los procesados, por prohibirlo la Constitución.

Ramón Hermosilla, defensor del general Armada, colocó ayer el clavo de su defensa y empezó a machacar. Desde las diez de la mañana a las seis de la tarde, con el habitual receso matinal al filo de las doce y las dos horas para el almuerzo, martilleó obsesivamente una petición de lecturas sumariales que conducían, una por una, a lo mismo: la caballerosidad y honradez personal del general Armada, su comportamiento rigurosamente disciplinado hacia su jefe natural -Gabeiras- en las jornadas 23 y 24 de febrero del 81, y el asentamiento de coartadas para hacer indemostrable su supuesta entrevista con Tejero en unas oficinas de la madrileña calle Juan Gris en los días 19, 20 ó 21 de febrero pasado. De entre las numerosísimas declaraciones leídas ayer, incluidas las de dos empleadas de hogar de Armada, destaca el relato del comandante Bonell, siete años ayudante del general y acompañante de éste en su prímera entrevista con Tejero en el Congreso secuestrado:-Soy el general Armada.

-Sí, ya le conozco (Tejero).

Ambos entran en el Congreso y se encierran en uno de los despachitos acristalados. Puede vérseles, pero no se les escucha. Se advierte que discuten y hablan por teléfono. En una de las llamadas de Armada sale Tejero y dice a sus hombres: "Nos ofrecen un avión". El capitán Bobis -encausado- y el comandante Bonell entablan el siguiente diálogo:

-¿Qué te ha parecido lo nuestro?.

-Vaya sorpresa nos habéis dado.

-No habrá sido sorpresa para el general Armada.

-Tanto como para mí. Yo le di la noticia cuando estaba reunido con Gabeiras.

-¿Pero no venís de La Zarzuela?.

-No, venimos del Cuartel General.

-¡Otra vez Tejero! (Y volviéndose a los guardias exclama: "¡No vienen de La Zarzuela!").

La defensa de Armada, como ya queda dicho, se centra, hasta ahora, en buscar coartadas sobre los días en que Tejero afirma haberse entrevistado con él en las oficinas de la calle Juan Gris. Tejero cree que fue el 20 de febrero, dudando sobre una fecha más o menos. Allí, supuestamente, habría recibido de Armada las últimas instrucciones para el asalto al Congreso. Armada tiene cubiertas todas las horas de esos días por declaraciones de su mecánico -que sólo llevaba doce días a su servicio y del que no se puede esperar particular fidelidad personal-, sus dos sirvientas, una de sus hijas, oficiales y jefes subordinados, el general Vigón que cenó en su casa, o amigos y amigas de sus hijas que le vieron en su diaria misa vespertina.

Aún faltan declaraciones que abunden en su defensa y refuercen su coartada, pero algún abogado de la línea Milans estima que a Armada le falta por justificar una hora. Aún así, una hora en esos tres posibles días es una marca de justificación de los pasos dados por un ser humano bastante notable.

De entre las numerosas petíciones de lectura sumarial solicitadas por esta defensa destaca igualmente la del general Sáenz de Santamaría: relata el actual Capitán General de Valladolid que la conducta de Armada en el 23-24 de febrero le ocasionó desconcierto y perplejidad. Todo ello en función de que se ofrecía a entrar en el Congreso y plantearle a Tejero un Gobierno provisional presidido por él, siempre y cuando los parlamentarios lo aceptaran y votaran. Armada recalcó que la oferta era a título personal, desvinculándola de la persona del Rey, e insistiendo en que "aquí tiene que haber un sacrificado y ese seré yo".

Hasta aquí, los elementos de información judicial son conocidos; se ignoraba una nueva versión en la que coinciden por lo escuchado ayer multitud de testigos, todos ellos jefes y oficiales del Cuartel General del Ejército: Armada fue sugerido telefónicamente para autoproponerse como jefe del Gobierno a un Congreso sujeto a coacción. Numerosos mandos militares atestiguan de una conversación de Armada con alguíen a quien el general llamaba "Jaime" y a quien respondía con las siguientes frases: "Pero eso no es posible. Eso es una barbaridad. Esto es anticonstitucional. Bueno, lo intentaré, pero tengo que consultar a mis jefes. Si no están de acuerdo te llamo". A contínuacíón, Armada cuenta a los presentes que el Capitán General de la III Región Militar, Jaime Milans del Bosch, le sugiere como salida a la gravísima situación creada en el Congreso ofrecerse como jefe del Gobierno.

Armada pide un texto constitucional e insiste en que la pretendída solución le parece una barbaridad. Después llama a La Zarzuela y a la Junta de Jefes de Estado Mayor -en donde está Gabeiras- y relata lo que se le ha sugerido. Tras el regreso de Gabeiras al Cuartel General del Ejército, éste pide quedarse sólo en su despacho, luego manda que entre Armada, pide su coche dispuesto a acompañar a Armada al Congreso, lo despide a continuación y Armada sale para ir sólo al Congreso entre ofrecimientos de generales para acompañarle. Queda claro que La Zarzuela no acepta que Armada haga tal propuesta a los diputados en nombre de la Corona; no se sabe hasta qué punto se le autoriza para hacerlo a título personal. En cualquier caso el general Armada, a partir de aquí, va repitiendo a todo el que le quiere oir que está hondamente preocupado por la suerte de los secuestrados, que está dispuesto al sacrificio personal y que sin involucrar al Rey, a título personal, pero con autorización de sus superiores, intentará encontrar una solución con Tejero que incluye el avión de Getafe -preparado desde las dos de la madrugada del 23- y la propuesta a los diputados.

El resto de las declaraciones leídas a petición de la defensa de Armada constituyen ese repiqueteo monocorde sobre su excelente reputación personal y profesional, su acendrada religiosidad, su amor por España y la institución monárquica, con pequeños detalles ancedóticos que recrean la figura y el entorno del encausado. Así, cuando terminado el secuestro Suárez le da un gran abrazo, Gutiérrez Mellado le ignora, Fraga le estrecha la mano secamente y Luis Solana le da las gracias efusivamente. O cuando el 25 de febrero, al recibir el cese, encuentra la solidaridad de muchos compañeros de armas ante lo que estiman una injusta decisión política y Armada los calma anteponiendo los íntereses de España y la Momarquía y aludiendo a su deseo de ser designado como jefe de la Artillería. Otro punto a resaltar de tan larga lectura sobre lo mismo es la continua referencia a un sargento de la Guardia Civil -nunca identificado- que al llegar el general al Congreso por primera vez, exclama: "Por fin llega Armada. Le estábamos esperando desde el principio".

Este turno de defensa de Armada -que continuará el lunes, hoy no hay sesión- ha sido sólido, elefantiásico, pesado, machacante. Un punto en la línea del coronel San Martín tomándose del brazo de su jefe, el general Juste -no procesado-, Armada parece querer graparse a Gabeiras y demostrar que en todo momento, durante el 23-24 de febrero, fue un subordinado leal y diligente. En concreto parece demostrado que fue personalmente Armada quien, en ausencia de Gabeiras, ordenó la retirada a las unidades que habían ocupado Radiotelevisión Espafíola. Y testigos presenciales de aquellas horas en el Cuartel General del Ejército respaldan la actitud de Armada: ni el menor auxilio -dicen- a los golpistas, ninguna, reticencia a las órdenes del mando o atisbo de doblez; colaboración absoluta con Gabeiras, entonces jefe del Estado Mayor del Ejército.

En los pasillos de la Sala se comenta este puzzle que lentamente comienza a encasillarse. Es un rompecabezas complicado donde los haya que, se quiera o no, está royendo la imagen de unos militares que tan encarecidamente aluden al honor de sus armas. Parece no haber salida: o se miente o no se dice la verdad. Y, entre tanto, se teje lanovela. La conversación telefónica, ante testigos, de Armada con Jaimerecuerda en su estructura a la de Milans con Alfonso el domingo 22. Siempre hay alguien al otro lado del hilo telefónico imposible de verificar más que por la palabra dada por cada declarante. La entrevista Armada-Tejero-Cortina en Juan Gris -pieza esencial- que ya se perfila como indemostrable y que va a quedar en un pulso de lo que dice uno contra lo que afirma otro. En la Operación Galaxia, el teniente coronel Quintero afirmó haber recibido la visita conspirativa de Tejero y éste -de tan prodigiosa memoria- niega haberle visto. Ahora se invierte la torna en esta historia, prolongación de una Galaxia que no acaba.

Y en la novela en la que imperceptiblemente penetra este proceso adquiere perfiles relevantes el comandante Cortina, jefe de operaciones especiales de la inteligencia militar y presunto hombre-puente entre Armada, Milans y Tejero. Cortina: un hombre que desde teniente pertenece a los servicios secretos, curiosamente identificado con posiciones próximas a la UMD, que despachaba directamente con Rodríguez Sahagún cuando éste era ministro de Defensa, tenido por inteligente, silencioso y sinuoso. Dos teorías extraprocesales: o aceleró el golpe por cuenta de esa trama civil que no se sienta en el banquillo -García Carrés, a la postre, es tan anecdótico como Tejero- o intentóprovocarlo para desactivarlo, se pilló los dedos y ahora no puede contar lo que sabe.

El caso es que estamos a las doce menos cinco de penetrar en un mundo borgiano -tanto de Borges como de los Borgia-, florentino, donde si Armada no vio a Tejero en Juan Gris, ni llamó a Milans ante Ibáñez Inglés y Zancada, ni Milans llamó a Armada para sugerírle su propuesta al Congreso, ni entre los diputados nadie esperaba al elefante, vamos a hacer buena la tesis de Tejero de que como esto siga así, él tampoco estuvo el 23 de febrero en la Carrera de San Jerónimo. Ya se corre la voz, entre oficiales que han conocido a Cortina, de que éste es experto en transformismo, y parece que es verdad. Y para que la realidad continúe imitando al arte, el general Urrutia -hermano del jefe de Estado Mayor de Milans en Valencia- es el delegado del ministro Oliart en el proceso y máximo responsable del aparato extraprocesal. Rocambole acecha.

25/2/82

El orden reinó en Valencia (25-2-1982)

La quinta jornada del juicio por el intento golpista del 23 de febrero de 1981 celebrada ayer, ha contado como en días anteriores con alteraciones del orden público debidas a grupos ultraderechistas que en el Museo de Cera de Barcelona quemaron la figura del Rey Juan Carlos. Por otra parte, la lectura en el Servicio Geográfico del Ejército, donde se celebra la vista de juicio, de un informe secreto del CESID conteniendo graves acusaciones contra el diputado comunista Ignacio Gallego, motivó la celebración de una conferencia de Prensa del secretario general del PCE, Santiago Carrillo. La sesión del juicio se consumió casi por entero en la lectura, a petición del defensor del teniente general Milans, coronel Salvador Escandell, de las declaraciones de los miembros del Estado Mayor de la III Región Militar, que mandaba Milans, y otros responsables militares de la zona. La generalidad de las declaraciones coinciden en que Milans les comunicó con antelación que ocurriría. un hecho grave aquél día, y que dictaría un bando para mantener el orden. Estos jefes conocieron el bando, que no les pareció ilegal, por la aducida razón de que trataba de mantener el orden, y sobre todo porque Milans les dijo que todo se hacía por orden del Rey. Algunos de estos oficiales y jefes viajaron a plazas de la región para dejar a los responsables militares sobres con instrucciones. En la última parte de la sesión se leyeron, a petición del defensor del general Armada, Ramón Hermosilla, las declaraciones del jefe de prensa del Estado Mayor del Ejército, de un magistrado del Tribunal de la Rota, -quien declaró que vio a Armada acudir a misa, en Madrid, a las doce de la mañana del día 22-, y del general Aramburu.

La lectura del sumario solicitada por el coronel Escandell, defensor de Milans y de su subordinado Ibáñez Inglés, trae a la memoria el viejo cuento, tantas veces hecho realidad, del buen muchacho que ansiaba tanto ser bombero y ayudar a sus semejantes que devino en pirómano para poder practicar el bien. Prácticamente todo el Estado Mayor de la tercera región militar, al mando de Milans del Bosch, paseó ayer por los folios sumariales en una cantata obsesiva: el vacío de poder creado por el secuestro físico de los poderes ejecutivo y legislativo, la obsesión por no generar sucesos cruentos, la garantía del orden público, la corrección y el guante blanco para con las autoridades civiles, la obediencia a los deseos del Rey... Uno tras otro, jefes y oficiales de Estado Mayor de la Capitanía valenciana van haciendo su canto del hombre que, según ellos, el 23 de febrero quiso llevar la calma a los valencianos y que logró que aquella noche no hubiera víctimas en su circunscripión militar.

La tesis encuentra algunas fallas en la declaración del comandante militar de Marina, quien escucha de labios de Milans: "Aquí en Valencia no se mueve ni una mosca". O en la del general Hermosilla, jefe de la tercera zona de la Guardia Civil, cuando relata que tras una reunión de la junta de orden público en el Gobierno Civil todos se distendieron, felicitándose por lo relajado de la situación, y mientras comentaban que el bando de Milans no había causado alarma alguna se estacionó un carro de combate en las puertas del edificio. Urrutia, el general de Estado Mayor con quien Milans no consulta en favor de Ibáñez Inglés, subordinado de aquel, ¡lega a precisar la reacción alterada del Capitán General al escuchar por radio el tiroteo en el Congreso: "¡Qué es esto. Esto no era lo previsto; tenía que ser incruento!"

La sesión comenzó a las diez en punto de la mañana, con una puntualidad exquisita y sin duda medida tras los incidentes del día anterior. La asistencia de periodistas -con la excepción de Diario-16- fue normal y la tensión ambiental, que existe, no es sin embargo claramente perceptible. Los encausados se abstuvieron, en la apertura de la sesión, de volver sus rostros para escrutar a periodistas o familiares y se mantuvieron más rígidos que en días anteriores. Sólo Camilo Menéndez se aproximó a Miguel Angel Aguilar para apuntarle: "Mis hijos no se tapan la cara; rectificad, rectificad". Aludía el marino a una fotografía publicada por este periódico en la que un oficial de Marina se cubría el rostro con su gorra y que errónea mente fue identificado como hijo del encausado. Todo sea dicho: el capitán de navío hizo su puntualización con simpatía. Por lo demás, familiares, periodistas, comisiones militares, observadores, se soportan con corrección. Todo lo más, una conversación que se apaga al paso de una tarjeta de identificación de Prensa. Y en no pocos casos cabe el diálogo y la discusión civilizada.

El fiscal terminó ayer su petición de lecturas sumariales con declaraciones de García Carrés -que continúa ausente de la Sala-, oficiales y números de la Guardia Civil relacionados con la inteligencia militar, y Reventós y Ciurana (alcalde socialista de Lérida) a cuenta del almuerzo entre Armada, Múgica y los anteriores. Lo más curioso de la declaración de Carrés -que lo niega todo- es otra negativa: no tuvo el ofrecimiento de un destacamento de serenos armados (el declarante rigió por muchos años el sindicato vertical de actividades diversas) para operar la noche de autos. Sus conversaciones con Tejero, ya ocupante del Congreso, obedecieron, según dice, a la preocupación que tenía este por un hijo suyo con dolores de cabeza. Carrés se ofreció en el papel de intermediario telefónico entre el asaltante y su familia. Y entre recado y recado un comentarío de Tejero: "Lo que quiere Armada es una poltrona".

De lo declarado -y de lo interrogado- a guardias civiles del CESID (Centro Superior de Inteligencia de la Defensa) a las órdenes de los encausados Cortina y Gómez Iglesias, se podría deducir, o bien que individuos de la inteligencia militar facilitaron infraestructura de comunicaciones a los golpistas por incapacidad del comandante Cortina -jefe de operaciones especiales- de mantener la disciplina entre sus subordinados, o que nuestros servicios secretos no alcanzan precisamente la sutileza de lo retratado por Le Carré y se aproximan a lo descrito por Greene, particularmente en Nuestro hombre en La Habana.Así, el secretario de Cortina en el CESID informa que por una señora de la limpieza tuvo noticia de que el sargento Parra rebuscaba en los cajones de los demás agentes a oficina vacía tomando las llaves del llavero general, de lo que informó a Cortina sin que sepa si éste tomó medidas para remediarlo. Sea como fuere, la iconografía de Forges sobre las señoras de la limpieza quedó materializada en la Sala.

En la selección de lecturas del sumario, en la orientación de las preguntas a los declarantes, existe, es lógico, una intención. Acaso rebajar la credibilidad de los servicios del CESID esté en el ánimo de alguien. Bien sea por relación a los dos procesados de este organismo, bien sea a efectos de enmarcar la supuesta información de los servicios, hecha llegar a Milans, acerca de que había armamento en poder de las Comisiones Obreras de Valencia; un papel con notables dosis de veneno político.

Con no menos carga de trastienda política hacia las afueras de la Sala se leyeron declaraciones de Joan Reventós, jefe de filas de los socialistas catalanes, y de Ciurana, alcalde leridano. Ambos coinciden e insisten en que aquel almuerzo de octubre de 1.980, organizado para que: trabaran conocimiento Armada y Enrique Múgica, entraba dentro de las relaciones sociales y de cortesía entre un político experto en temas castrenses y un militar de prestigio. Se habló de política general, y mucho de los problemas agropecuarios de Lérida sobre los que Armada estaba imbuído, y hasta sobre el deseo de Defensa de comprar un aeropuerto leridano. Ambos declarantes coinciden en que para nada se especuló sobre una posible salida de emergencia a la situación política mediante un gobierno presidido por el general, al que darían su aquiescencia y su colaboración los socialistas. Armada se mostró fuertemente severo con los militares de la UMD expulsados del Ejército. Los dos declarantes se ven sometidos a una constante arremetida de preguntas -la mayoría en base a comentarios de Prensa de aquellas fechas- sobre una posible tentación socialista de puentear un vado político aparentemente infranqueable -Adolfo Suárez, sin citarle- mediante un gobierno de transición presidido por una espada independiente. No, no, no y no.

Acabadas estas actuaciones del Ministerio Fiscal, el letrado Adolfo de Miguel solicitó la suspensión de la vista hasta el lunes. El Presidente de la Sala estimó excesiva la petición y, teniendo en cuenta que hoy no se celebra sesión, se limitó a un receso de media hora. Previamente los abogados Segura y Muñoz Perea -que defienden al capitán Muñecas, al teniente Carricondo y al capitán Pascual Gálvez- hicieron que constara en acta una protesta por supuesto quebrantamiento de forma a efectos de casación, a cuenta de la existencia o no de sus firmas en una de las actas sumariales. La casación por quebrantamiento de forma del juicio supondría la repetición de todas las actuaciones sumariales a partir de las actas que dan pie al recurso. El turno de petición de lectura por la defensa, iniciado ayer, sigue el mismo orden que el que tienen asignado los letrados: de mayor a menor empleo y antigüedad de sus defendidos. El coronel Escandell (Milans e Ibáñez Inglés) pidió se leyera la declaración de Gutiérrez Mellado, las citadas al inicio de esta crónica del Estado Mayor de Milans, así como las hojas de servicio de sus dos defendidos. El Presidente de la Sala rogó repetidamente al coronel Escandell evitara la larguísima lectura de los servicios rendidos por un hombre público como Milans, o al menos la lectura de sólo los aspectos más destacados de esta prolongada biografía militar. Prosperó el criterio de la defensa y uno de los secretarios relatores inició, audiblemente fatigado, la lectura de la hoja.

El coronel Escandell rogó que el relator pusiera en su lectura los mismos énfasis y entonación que cuando leía folios solicitados por el fiscal. Respetuosa protesta del aludido en el supuesto de que, obviamente, los relatores no leen siempre igual a tenor de su cansancio. La Sala tuvo que escuchar, casi día a día, un relato de acciones durante la guerra civil espolvoreado de los apelativos militares de la época acerca de losrojos, la campaña de Rusia -sin perdonar el juramento de fidelidad del entonces joven oficial al Fürher- y los años de paz. Casi una hora y los ujieres dormitando. Muy probablemente fue una lectura interasante para esta causa -como la hoja de servicios de Ibáñez Inglés- por cuanto no se debate aquí la profesionalidad, conocida, de los encausados. Para saber del valor físico de Milans basta con ver los cinco galones por heridas en campaña que luce su manga izquierda.

Lógica expectación ante la lectura de un brevísimo documento del CESID en el que se da cuenta a la Capitanía General de Valencia de una conversación privada entre Ignacio Gallego, miembro del Comité Central del Partido Comunista, y dirigentes de las Comisiones Obreras valencianas. Según este informe, Gallego les dice que un golpe de Estado es posible y que ante tal eventualidad hay que reaccionar ocupando los cuarteles. "Armas no nos faltan" se transcribe que afirmó textualmente. A continuación se insiste sobre detección de arsenales de armas cortas adquiridas en Andorra por comisiones de vecinos que visitan el Principado y sobre el puerto de Valencia como punto fuerte del tráfico generalizado de armamento en España. Este es uno de los documentos que esgrime Milans para justificar la Operación Turia -autovigilancia militar en la ciudad- que el 23 de febrero se entremezcló con ejercicios tácticos fuera de Valencia y la orden de Gabeiras de acuartelar y que llevó a los blindados de la división Maestrazgo al centro de la ciudad del Cid.

Por lo demás, ya queda dicho que los jefes y oficiales a las órdenes del Capitán General concuerdan en términos casi idénticos en que, ante las noticias y las decisiones de Milans, nunca pensaron en un golpe de Estado sino en el acatamiento de deseos reales, y la preocupación por el orden y la paz en su región militar. Las órdenes de la Junta de Jefes de Estado, Mayor -dicen- fueron cumplidas a medida que llegaban, así como las posteriores y apremiantes del Rey, al que suponen es siempre leal Milans.

El letrado Ramón Hermosilla (que defiende a Armada; sin codefensor) fue breve en sus peticiones: por razón de tiempo y por su continua renuncia a la lectura cuando cree que se ha oído lo que interesa a su defensa. Solicitó una declaración de Milans en la que éste pregunta a Gabeiras por Armada; una nota confidencial de Gabeiras relatando el 23-24 de febrero y parte de la declaración del general Aramburu. De lo leído se puede decantar una de las intenciones de esta defensa clave en el proceso: demostrar que Armada siempre obedeció las órdenes recibidas y consultó con Gabeiras todos sus pasos. Una de las declaraciones solicitadas por el letrado Hermosilla movió a curiosidad; Pedro Alvarez Soler, magistrado de La Rota, declara escuchar misa diariamente junto a Armada en el monasterio madrileño de la Encarnación. Y el domingo 22 de febrero, en la misa de doce y media le saludó y le convidó a cenar con tres obispos. No se ha dicho en la Sala, pero en esas pías horas de ese mismo día Milans afirma haber hablado por teléfono con Armada. Por ahí, por la investigación de los pasos del general Armada en los días y las horas previas al golpe, en que testigos de Milans le vieron -pero no le escucharon- hablar con Alfonso, van a ir sin duda los mejores pasos de esta defensa.

24/2/82

Primer incidente (24-2-1982)

Coincidiendo con el primer aniversario del intento de golpe del 23 de febrero de 1981, la cuarta jornada de la vista que se sigue contra los 33 procesados por su participación en el mismo, se inició ayer con tres horas y media de retraso, por la negativa del capitán Alvarez-Arenas a comparecer en la sala del juicio, en protesta por la publicación en Diario 16 de una entrevista a un supuesto policía militar, que estuvo en el Congreso en la noche de su ocupación, en el que se vierten graves acusaciones contra el encausado.. Fue secundado por el resto de procesados, que se negaron a comparecer en la sala hasta tanto no se retirara la acreditación al director de Diario 16, Pedro J.Ramirez, petición a la que accedió el presidente del tribunal. La vista se reanudó luego con la lectura de las declaraciones de doce oficiales de la Guardia Civil y del capitán de navío, Camilo Menéndez. Una campaña de octavillas y pintadas, en apoyo a los golpistas, se registró ayer en varias capitales españolas. En Madrid, mientras en el Congreso de los Diputados se desarrollaba la sesión con normalidad, se producían diversos incidentes, entre los que cabe destacar el intento de boicoteo ultraderechista a un acto democrático, que se celebraba en la Facultad de Derecho, y el lanzamiento de dos cócteles-molotov en la Glorieta de Bilbao. En relación con este hecho, la policía detuvo a nueve personas, algunas de ellas menores de edad.

Por favor, siéntense. El defensor del capitán Alvarez-Arenas tiene la palabra.Así, a las 13.30 horas de ayer, primer aniversario de la intentona del 23 de febrero, con tres horas y media de retraso sobre el horario normal de sesiones, se constituía la Sala que está enjuiciando a los presuntos golpistas.

El defensor de Alvarez-Arenas, con recursos de oratoria ceñuda, hizo constar, en nombre propio y del resto de la defensa, su enérgica protesta por la publicación de un reportaje en el Diario 16 de la mañana sobre el comportamiento de su defendido durante la incorporación de la Policía Militar de la Acorazada al Congreso ocupado por los guardias civiles de Tejero. "Grave intromisión e interferencia en la actuación judicial", "gravísima provocación a este Consejo, al Ministerio Público, a la defensa, a los procesados y, a cualquier persona que tenga un mínimo sentido de la honestidad", "agravio a la institución militar y al honor de sus miembros", "intolerable e ignominiosa calumnia" y otras frases por el estilo dieron el tono de la intervención del letrado Gómez García.

A continuación le fue concedida la palabra al fiscal, que lamentó la publicación del reportaje y la inoportunidad de la fecha y anunció la instrucción al fiscal de la I Región Militar para que ejercite la acción penal que corresponda para el debido esclarecimiento de los hechos determinados en el citado reportaje. El fiscal resaltó que no se afirmaba en tal reportaje que la información hubiera sido recogida en la Sala y que nada, por tanto, impedía la continuación de la vista.

El Presidente de la Sala concedió la palabra al letrado y coronel Salvador Escandell, quien habló en nombre del teniente general De Santiago (ambos defienden al coronel Ibáñez Inglés) y, en tono aún más tronante que el empleado por el defensor de Alvarez-Arenas, se refirió a la "injuria gravísima" sufrida por su defendido y por toda la institución militar. Aquí sonaron los primeros aplausos, cerrados, en las filas de los familiares de los encausados.

A continuación el Presidente anunció la suspensión de la acreditación periodística de Diario 16 "hasta que se provea sobre el incidente por el artículo Así asaltamos el Parlamento". Las palabras del Presidente fueron apagadas por otra salva de aplausos y gritos de "fuera"," fuera" (principalmente voces femeninas). Tras un toque de campanilla y pedir orden en la Sala, el Presidente prosiguió: "Por los servicios de orden compruebesé el cumplimiento de esta orden".

Pedro J. Ramírez, director de Diario 16, quien está informando del juicio para su periódico, tomó sus notas hasta ese momento, en que la Policía Militar que guarda la Sala se incorporó, y, tras algunas dudas iniciales sobre qué periodista retirar, le acompañó a la salida. Un alto funcionario de la Secretaría de Estado para la Información evitó el bochorno de que el director de Diario fuera conducido bajo directa presión de la policía militar al exterior del recinto.

Varios periodistas acompañaron al expulsado, mientras se repetían gritos de repulsa por parte de familiares. Voces perfectamente identificables como procedentes de los asientos reservados a las comisiones militares que asisten como observadoras al proceso gritaron repetidamente "¡A la mierda!", mientras Pedro J. Ramírez y otros periodistas abandonaban la Sala.

Restablecido el silencio, el Fiscal continuó solicitando la lectura de declaraciones. A los escasos minutos, Pedrol Rius, decano de los abogados, abandonaba el estrado de los observadores jurídicos, seguido de otros letrados. Hay que tener en cuenta que de la Sala se entra y se sale durante las sesiones a voluntad; de hecho, Pe drol regresó a la vista. Pero esta salida de Pedrol para recabar in formación sobre el director de Diario provocó otro movimiento de periodistas, que abandonaron la Sala en el entendimiento de que se estaban produciendo retiradas en protesta por la decisión del Presidente del Tribunal. Finalmente, con ocho periodistas en las tres filas de sillas reservadas a la Prensa, continuó la sesión hasta las dos y media. Ya en la sesión de la tarde la Prensa se restituyó a sus puestos.

Todo había empezado bien. Acaso demasiado bien; en un ambiente de cierto recelo entre familiares de los procesados y periodistas, pero que iba alcanzando cotas de aparente cordialidad. Obligados a convivir durante las esperas en espacios muy reducidos, se acaban comentando las cosas con respeto y hasta cierto humor, ya que no con simpatía. Se alargaban los minutos sin que se constituyera la Sala y un grupo de periodistas bromeaba con la esposa y una de las hijas del capitán de navío Camilo Menéndez sobre los errores en la identificación de fotografías, sin que nada hiciera prever la tensión y la agresividad de pocas horas después.

Pronto el murmullo del amplio pasillo en el que se espera para acceder a la Sala corrió la noticia de que los procesados se negaban a presentarse a juicio si no se retiraba el autor del artículo matutino deDiario. Creían, al parecer, que cubría la información. Sacados de su error, exigieron la retirada del informador del periódico. Pedro J. Ramírez fue requerido por el general Toquero, jefe de Prensa de la Defensa, y durante tres cuartos de hora intentó convencerle de que se retirara voluntariamente para poder continuar el juicio. Llegada de Pedrol y reunión permanente del Tribunal y los defensores para encontrar una solución a esta original huelga de procesados. Incitaciones a la calma y la reflexión por parte de los responsables militares del seguimiento del juicio y cierto aplanamiento de ánimos y conductas por parte de todos y que quisiera reflejar en estas líneas.

Pese a los incidentes reseñados, no se produjeron ni demasiadas malas caras ni nerviosismos. El entendimiento de que hay que hacer uso de elevadas dosis de buena voluntad está en la conciencia de la mayoría. Y así, esta suerte de 23-F contra la Prensa por parte de los procesados ha podido llevarse -el asunto no está solventado- sin más tensiones que las inherentes al problema, que no son pocas. Y en el comportamiento de los periodistas que cubren este proceso, en su responsabilidad, reside, hasta ahora, el mayor mérito.

¿Podía el Presidente de la Sala hacer otra cosa? Tres posibilidades tenía en su mano: obligar a comparecer en la Sala a los procesados mediante coacción de la Policía Militar; proseguir el juicio sin ellos y -prácticamente seguro- sin la presencia de algún abogado; resolver peligrosamente el incidente mediante la expulsión de Diario-16 de la Sala. Lo primero probablemente hubiera conllevado una presión física sobre Milans, Armada, Torres Rojas o San Martín. Lo segundo, la suspensión de la vista hasta que un nuevo letrado estudiara tan largo sumario. Lo último, lo decidido por el Presidente del Tribunal implica terreno ganado por los procesados, que pueden, a lo que se ve, decidir a qué hora empiezan las sesiones y qué periodistas van a informar sobre sus conductas públicas. El Presidente no tenía muchos resquicios por los que enderezar una decisión justa y procesalmente irreprochable y es muy posible que haya tomado una decisión que pretendía sabia.

Otras consideraciones caben sobre este incidente. La primera, que nada hace suponer que vaya a ser el último. Ayer -y ese el peligro de la expulsión de Pedro J. Ramírez, a quien, encima, no se le evitó siquiera el castigo con el bochorno de la expulsión física y pública- los procesados han ganado un escalón en su pulso con la Sala. Acaso sea el momento de decir ahora que aquéllos no guardan Sala: cruzan sus piernas o simplemente hacen esperar al Tribunal o no lo saludan al retirarse. La hora de los interrogatorios y de la mayor intensidad del juicio no puede esperarse, a la vista de lo de ayer, con demasiado optimismo.

Ayer, estos hombres, alguno de los cuales podría haber sido condenado a muerte, de no mediar un proceso democrático, que reformó el Código que los juzga, pretendieron enjuiciar una información que, en su día, será analizada por los Tribunales. Y, desdichadamente, con la ayuda de sus abogados defensores lo consiguieron en parte. Y acerca de los calificativos de éstos, leídos en representación, lo menos que puede afirmarse es su abierta demagogia, destinada a excitar sentimientos elementales de dignidad militar. Su recusación de ayer a la Prensa en la figura de Diario 16 denota su completo desconocimiento del significado de la libertad de expresión, sus límites y sus correcciones y su lúcido análisis sobre la relación entre prensa libre y sociedad libre.

Por lo demás, la breve vista de ayer dio para la lectura de declaraciones de oficiales de la Guardia Civil que tomaron el Congreso y la del capitán de navío Camilo Menéndez. Capitanes y tenientes de la Benemérita afirmando impávidos que fueron al Congreso a ayudar, a prestar un servicio, a obedecer y salvar al Rey. El capitán Ignacio Román llega a declarar que no obedeció la orden de retirada del general Aramburu en la creencia de que éste quería dar un golpe de Estado. Camilo Menéndez es un monumento a la teoría de nada entre dos platos, a la bonhomía y al hombre a quien nadie hace caso, sin que ello disuelva sus responsabilidades. En honor de su esposa y de su hija, amablemente indignadas con este periódico, dejemos así las cosas en una jornada en la que los periodistas recibieron una bofetada y colocaron la otra mejilla. Todo estará bien si es la última que se reparte.

23/2/82

El despliegue de la Acorazada (23-2-1982)

La tercera jornada de la causa que se sigue contra los procesados por el intento de golpe de estado del 23 de febrero estuvo dedicada en gran parte a la lectura de los testimonios de jefes y oficiales que de manera directa o indirecta se les considera relacionados con en el papel jugado por la División Acoraza en la operación de la ocupación del Congreso de los Diputados. El general Rorres Rojas, declaró que desconocía la operación de la toma del Congreso hasta que llegó a Madrid el dia 23 por la mañana. Pardo Zancada fue llamado a Valencia donde Milans le confió que la División era necesaria para una operación "dirigida por el Rey y respaldada por la Reina". Milans, según declaró Pardo Zancada, le comunicó también que Armada se iría a la Zarzuela "donde esperaba establecer su cuartel general". El coronel San Martín afirmó en su declaración que al conocer la operación "se puso nervioso y le pareció descabellada, pero se mostró dispuesto a colaborar por motivos patrióticos" porque se había invocado al Rey. RTVE y la cadena SER emitirán hoy programas especiales relativos a los sucesos del 23 y 24 de febrero

"No entiendo cómo estoy procesado". Esta frase pertenece al alegato que el coronel San Martín ha querido añadir a su declaración sumarial, leída ayer a petición fiscal. Una posdata declaratoria cortante, enérgica, construida en frases muy breves, que transpira toda la irritación contenida de este hombre corpulento, con una sólida carrera política y militar a sus espaldas, que no oculta en su declaración cómo el primer arresto que se le impuso tras los sucesos del 23 de febrero le impidió participar en los cursos de ascenso a general (también recuerda que era el número tres de su arma), cómo podía aspirar a la más elevada jerarquía castrense, máxima aspiración de un soldado, y la vé frustrada por este procesamiento.El coronel San Martín drena un corazón dolorido: como jefe de Estado Mayor de la Acorazada dice que sólo cumple las órdenes de su jefe, el general Juste, y las cumple a satisfacción; tras la intentona se felicita a su división; de su lealtad constitucional añade que dan fe sus charlas a los soldados sobre la carta magna; él asegura que no ha sido cerebro de ninguna conspiración y si retrasó información a su general fue por prudencia, por la misma prudencia que luego utilizó el general Juste para retrasar a su vez información a otros superiores. "¿Por qué?", se pregunta, "¿no está procesado mi jefe y lo estoy yo?". Compañeros de San Martín comentan que, a raíz de su detención, les decía, aludiendo a su eficiencia al frente de los servicios de información de Carrero Blanco: "¿Pero creéis que si esto lo monto yo hubiera salido tan mal?"

La declaración del general Juste, leída tras la pausa del almuerzo, añade leña a la indignación de su subordinado. La explicación del general es, objetivamente, una teoría de justificaciones que apenas velan dos hipótesis razonables: o se vió instalado en una actitud pusilánime ante los acontecimientos (lo que profesionalmente le pone a los pies de los caballos) o el nivel de sus dudas es, como poco, merecedor de una investigación más profunda. A mayor abundamiento, Juste declara que en ningún momento perdió el mando de la Brunete y que su jefe de Estado Mayor fue en todo momento un fiel subordinado que cumplió correctamente sus órdenes.

Tras las dos declaraciones, las palabras de San Martín -"¿por qué estoy procesado yo y no mi jefe"?- se adensaban en la conciencia de los presentes en la sala de la vista, en el entendimiento de que el general Juste puede verse abocado a serias dificultades jurídicas.

La sesión de ayer, dedicada corno las precedentes a lecturas sumariales a petición fiscal, fue apretada en interés. Sutiles incrementos en la seguridad fueron puestos en práctica, tales como adelantar el cordón de la policía militar en los descansos para distanciar periodistas de procesados Tejero, en el primer receso, siempre jovial, comentaba: "Yo no digo nada que estos -por los informadores- lo oyen todo". Quien esto firma fue cacheado individualmente a la mitad de la sesión y a la puerta de la sala, pesé a haber pasado, obviamente, los estrictos controles de acceso. Cacheo efectuado con la perfecta corrección que distingue a la seguridad del proceso. Cuando el público abandona el recinto, furgonetas de la Policía Nacional taponan la entrada para evitar que, como en las jornadas precedentes, los fotógrafos disparen directamente sus cámaras sobre los que salen.

El ministerio fiscal centró ayer sus peticiones de lectura sobre dos líneas definidas: oficiales del CESID -el comandante Cortina y el capitán Iglesias- y la División Acorazada Brunete-1. Cronológicamente cabe destacar la firmeza con la que Cortina niega todo conocimiento de Tejero. No se entrevistó con él; no le llevó al domicilio de sus padres (que Tejero describe con tanta precisión), no le facilitó apoyo logístico del CESID, etc. El careo Cortina-Tejero alcanza tintes de enfrentamiento personal Tejero afirma que vió a Cortina "borracho de verborrea". El comandante se indigna y pide se su prima el apelativo de la declaración. Tejero afirma que Cortina le habló de decretos firmados por el Rey para el nuevo Gobierno. Cortina replica: "Estaría desquiciado para hacer una cosa así". El teniente coronel: "Pues estaría desquiciado". Cortina tiene que contenerse y señalar que estaba lúcido. El capitán Iglesias, también del CESID, continúa, negando con la cabeza su relación con lo que se lee, aunque un fallo aparece en su firmeza: fue subordinado de Tejero en el País Vasco y las dos familias trabaron amistad. El teniente coronel, preguntado si recuerda la hora en que recibió material sofisticado de comunicaciones por parte de Cortina o Iglesias, responde: "La próxima vez que asalte un Congreso tomaré nota de las horas".

La Acorazada centra el resto de las lecturas y, lentamente, esta gigantesca unidad de intervención inmediata -doscientos kilómetros de longitud en línea de marcha desde Madrid- empieza a recordar a los paracaidistas franceses del general Massu tras el putsch de Argel. Un inquietante descontento político generalizado entre profesionales de élite.

Torres Rojas, ex-jefe de la Brunete, jefe claramente más querido por los divisionaríos que Juste, declara, insistiendo varias veces, que nunca dudó del respaldo real a la operación y que, a la vista de los acontecimientos, llegó a pensar que el Rey había cambiado de criterio. Interrogado sobre su opinión tras conocer los pasos que estaba dando La Zarzuela para sofocar el golpe insiste en que el monarca habría cambiado de parecer, por cuanto él nunca ponía en duda la palabra de Milans del Bosch. Los a veces ociosos bolígrafos de los periodistas -se da lectura a muchos folios conocidos- rasguean rápidos el fondo de silencio de la sala.

La declaración del comandante Pardo Zancada -el oficial que se sumó a un golpe ya fracasado- abunda en el mito que se está forjando en torno a este militar. Una declaración rectilínea, sin intentos exculpatorios ni derivación de responsabilidades. Al contrario, reconoce su papel como oficial de enlace de Milans en la operación y sus reproches a un superior -San Martín- por su inseguridad cuando la Acorazada recibe órdenes de acuartelamiento al filo de su salida para ocupar sus objetivos en Madrid.

Cuando se le solicita que razone su salida con las dos compañías de la policía militar divisionaria para unirse a Tejero en el Congreso, parece descender sobre la sala un friso en honor de la dignidad militar considerada en abstracto: pensó en los guardias civiles abandonados por todos los demás; en la posibilidad de que Milans le tuviera por tibio en sus misiones de enlace; en dar un aldabonazo en la conciencia de sus camaradas de armas; en marchar al sacrificio personal para concienciar a los cuadros profesionales del Ejército de la inanidad de criticar al mando sin ejercer una acción efectiva; en servir al compañerismo; en evitar la disolución física de España; "desprecio y rabia" ante una supuesta pasividad de sus conmilitones; etc. Su declaración llega al extremo de reconocer que obró así porque sabiendo el afecto, el cariño y el prestigio que tiene entre sus compañeros, sentía la mirada de todos fija en él y actuó en consecuencia.

Pardo Zancada no es un militar común, ni siquiera un hombre corriente. De la sinceridad de los principios que parecen regir su vida no caben muchas dudas. De su tirón entre muchos otros militares, tampoco. Hay quien. comenta que sería un oficial-tipo del Estado Mayor alemán, de origen prusiano, disuelto tras 1.945. Otros estiman que en una traslación histórico-temporal parecida, Keitel le habría mandado fusilar. Sea como fuere, su declaración no está libre de zonas oscuras. Capitanes que salieron con él admiten no saber a donde iban y que no le hubieran seguido de conocer el final del trayecto, "aunque se solidarizaran con la Guardia Civil". A más de que Pardo Zancada, ya en el Congreso, retrasa el cumplimiento de una orden directa del Rey; de hecho puede decirse que la ignora.

Y a este respecto no puede dejar de considerarse una reflexión elemental sobre la conducta de todos estos jefes y oficiales que constantemente evocan el cumplimiento de órdenes superiores y el lógico acatamiento a la cadena de mando militar: un comandante (Pardo Zancada) hace venir a Madrid al gobernador militar de La Coruña (Torres Rojas); un Capitán General, que le dice por teléfono a Juste que él solo manda en la III Región Militar, detrae de sus servicios de Madrid al comandante Pardo Zancada; Milans se salta a su jefe de Estado Mayor en honor de Ibáñez Inglés; el general Juste da por buenas las explicaciones de un comandante sin tomar antes contacto con su Capitán General (con la frase "Bueno, pues adelante", que está a punto de sacar la Acorazada); el coronel Manchado primero no acaba de dejarse convencer por su inferior Tejero y pocas horas después no obedece las órdenes del Director General de su Cuerpo; Tejero..., bueno, Tejero es otra historia.

Pero el caso es que, a tenor de las declaraciones que se están escuchando y a poca lógica militar que se tenga, la defensa de los acusados tiene bastante difícil el desarrollo de esa teoría de obediencia al mando, al escalón superior y al número uno. Por lo que se va sabiendo, en esta historia nadie obedece a nadie, o mejor dicho a nadie de los que deben obedecer.

21/2/82

Una declaración y un despropósito (21-2-1982)

El segundo día de la vista de la causa que se sigue contra los 33 procesados por la rebelión militar del 23 de febrero se consumió en su mayor parte en la lectura de las declaraciones del teniente coronel Antonio Tejero ante el juez instructor así como los folios del sumario correspondientes a los careos a que fue sometido el máximo responsable de la fuerza que tomó por las armas el Congreso de los Diputados. Del primer día, en que, los otros dos grandes protagonistas, los generales Milans y Armada, optaron por negarlo todo, se pasó en la jornada de ayer a un Tejero que lanza implicaciones, yendo mucho más allá de las 32 compañeros de banquillo. El hombre de la operación Galaxia deja entrever en sus declaraciones, que recojemos ampliamente, que la operación distó de ser una charla de café, como fue calificada en su día. El ambiente externo al Servicio Geográfico del Ejército decayó ayer, en cuanto a expectación de público, aunque se mantienen los rígidos controles. Se ha sabido, en otro orden de cosas, que el general Armada se vio sometido, siendo secretario de la Casa Real, a un careo con el entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, para aclarar sus actividades partidistas. La vista se reanudará el mañana lunes, en sesiones de mañana y tarde.

Los treinta y dos encausados -García Carrés continúa ausentese retiran de la sala por una puerta lateral que comparten con sus abogados y codefiensores. En un lógico intento de aproximación fiíica a sus familiares casi llegan a mezclarse con las filas de periodistas. En una de estas pequeñas melées varios informadores pudieron escuchar un comentario dirigido por el teniente coronel Tejero a otro guardia civil procesado: "Esto es lo que pasa por no hacer lo que tenía que hacer. Si en vez de la zancadilla le doy con la pistola en la cara, las cosas habrían sido de otro modo". Se refería Tejero a los párrafos de su propia declaración en los que explicaba el incidente en el Congreso en el que, ayudado por otros guardias., estuvo a punto de derribar al entonces Vicepresidente en fanciones para la Defensa, teniente general Gutiérrez Mellado.Es un detalle menor y judicialmente ajeno a la vista, pero que ayuda a desvelar la personalidad de este oficial vehemente, impulsivo, acaso compulsivo, vivaz, que ayer fue protagonista de la sesión. El fiscal togado solicitó del Tribunal la lectura de nuevas declaraciones y careos, entre ellas la lectura íntegra de las cuatro declaraciones sumariales; de Tejero. En ellas el teniente coronel deviene en bomba volante incontrolable que va salpicando incardinaciones golpistas a diestro y siniestro. Estas líneas están escritas con el respeto que se le debe a toda persona, el encausado incluído, pese a su condena anterior y algunos de sus actos no ya públicos, sino televisados. Pero la impresión que producen sus testificaciones es la de un intento kamikaze de llevárselo todo por delante en un proceso de siembra de sospechas del que nadie se libra.

Algunos socialistas, según Tejero, estaban en la conspiración y esperaban la consigna ha llegado el elefante para lograr su colaboración. Afirma que Armada dejó entreverle la colaboración tácita de los generales Aramburu (director general de la Guardia Civil) y Toquero (jefe de Estado Mayor del Cuerpo y ahora responsable del gabinete de prensa del Ministerio de Defensa). Con Aramburu llega a ser cruel; niega haberle amenazado cuando éste intentó reducirle en el Congreso y, a este respecto, se extiende voluntariamente en una declaración que muy poco aporta a su defensa: que su pistola estaba encasquillada y Aramburu no puso excesivo énfasis en disuadirle o reducirle. Un punto de maldad o de rencor se advierte en su deseo de recordar sumarialmente presuntos comentarios del general Aramburu contra los propios números de la Benemérita en un diálogo a la puerta (del Congreso:

-Este hombre os va a matar a todos.

-Ya nos están matando uno a uno.

-Pues mejor así.

Tejero parece: un hombre que aún ante un Tribunal quiere seguir pegando en la cara.

El comandante Cortina, ex responsable de operaciones especiales en el Centro Superior de Inteligencia de la Defensa, es otro de los acusados en la declaración de Tejero, como supuesto hombre-contacto con Armada. Cortina niega sus entrevistas con Tejero o su vinculación con el general y es, junto con el capitán Gómez Iglesias (también del CESID) el único que niega con la cabeza las imputaciones que leen los relatores.

De la conversación entre Tejero y Milans en el domicilio madrileño del ayudante de este último (teniente coronel Mas) extrae el jefe de los asaltantes al Congreso la última razon generalizada de la bondad moral de todos los golpistas: la cantinela insistente de que el Rey lo quería. En un deslizamiento alegre sobre el te digo que me lo dijeron Tejero detalla afirmaciones de Milans sobre hipotéticas confidencias de Armada. Que el Rey deseaba un golpe a la turca concitando la voluntad de un reducido grupo de capitanes generales. Que no había sido posible tal conjunción de mínimas voluntades y que la Reina optaba por un gobierno de militares y el Rey por uno de civiles presidido por un militar. Y una frase atribuida a la Reina."Alfonso, tú eres nuestra única salvación".

Es este un país en que se da menos el accidentalismo en materia de forma del Estado que la identificación intuitiva con la procura general del bienestar político. Y es absolutamenmte obvio que la madrugada del pasado 24 de febrero generó notables y hasta insólitas adscripciones monárquicas en una sociedad que se sintió protegida de la barbarie por su Rey. La involucración del Monarca ni más ni menos que en tentaciones turcas descalifica por los caminos del sentido común a quien lo diga y a quien le dé pábulo. Y hasta puede acabar resultando útil afirmar una barbaridad para restablecer la sensatez de los razonamientos, en base a la filosofía irrebatible atribuida a Rafael el Gallo de que lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.

En cualquier caso se va presentando como patente el cesarismo de los conspiradores. Un cesarismo trufado de bonapartismo en el que mitad-mitad se cree que con fórmulas castrenses pueden despejarse las incógnitas de los problemas de la sociedad civil y que todo es excusable si se consigue colocar al número uno como telón de fondo. Así, quienes en la obediencia al Rey se pretenden amparar desprecian el hecho de que el Rey constitucional no puede ir contra la Constitución que le consagra. Ni el Rey los amparó en la noche del 23 de febrero, ni su figura, tan traída y llevada interesadamente por las páginas del sumario, podría en ningún caso invocarse como exculpación o atenuante.

La larguísima declaración de Tejero, como una bomba de fragmentación, salpica por doquier. "Sois unos tíos cojonudos" les dice Tejero a los comisarios Dopico y Ballesteros, que pululan por los pasillos del Congreso. En verdad que, objetivamente, es preferible no ser objeto de una declaración del teniente coronel Tejero, ni para bien ni para mal.

Una suposición, mecanicista pero sensata, es comentada por medios jurídicos: la firme y monótona decisión del fiscal togado de solicitar tanta lectura previa en gran parte conocida (y pese al ambiente que flota en la sala de que el juicio se tramitará con rapidez) evitará a la hora de los interrogatorios duplicidades farragosas. Siempre podrá argüirse que de tal tema ya tuvo conocimiento el Tribunal por declaraciones previas a través de la relatoría. Así las cosas, es lógico especular con la posibilidad de que el ministerio fiscal cargue la mano de sus interrogatorios en aquellos aspectos del sumario sobre los que no ha solicitado lectura.

La declaración del coronel Ibáñez Inglés, segundo jefe de Estado Mayor de la III Región Militar (bajo el mando de Milans) ocupó otra buena parte del tiempo de la sesión de ayer. La figura de este coronel, poseedor familiar o personal de sociedades mercantiles en cuyos despachos hay sistemas de grabación telefónica incorporados a las mesas de despacho, no deja de ser enigmática. El mismo reconoce que la presunta conversación telefónica entre Milans y Armada (de la que el primero quiso tener por testigos unilaterales al declarante y a Pardo Zancada) no la grabó, pulsando un botón bajo la mesa del estudio de arquitectos de su hijo, por respeto a su jefe natural. Sólo hay así constancia con testigos de un lateral de aquella última conversación que supuestamente dio luz verde al golpe.

Ibáñez Inglés, por sus propias declaraciones, es un atípico segundo jefe de un Estado Mayor. Su jefe directo es sistemáticamente marginado hasta el punto de que un jefe militar tan celoso de sus prerrogativas como Milans se ve obligado en el último momento a pedir excusas a su jefe de Estado Mayor por no haber puesto en su conocimiento información vital que poseía en cambio su subordinado. Se vislumbra una relación personal entre Milans y su segundo del Estado Mayor que no acaba de explicarse sólo por la teoría aducida de que es estilo de mando en el teniente general el despachar asuntos de interés sin sacralizar la escalilla.

De la declaración de Ibáñez Inglés cabe deducir que Milans tenía posibilidades de no decir toda la verdad al mando supremo en la noche de autos. Brevemente: una Alerta Roja preparada de antemano preveía un ejercicio táctico para cerrar los accesos a Valencia por el Norte; unaOperación Turia establecía sistemas de protección militar dentro de la ciudad. Todo ello anterior al 23 de febrero y normal en la mecánica preventiva de una Región Militar. Pero cuando el Jefe del Estado Mayor del Ejército, aquella noche, ordena a todas las Capitanías Generales laAlerta 2 (acuartelamiento de tropas dentro del sistema cautelar de laOperación Diana, para casos extremos) Milans parece que obedece cuando retira su personal Alerta Roja de la periferia valenciana. La realidad, ignorada por Gabeiras, es que los tanques de la división Maestrazgo estan reforzando la Operación Turia y entrando en la ciudad.

Milans gana tiempo en esta confusión, cuida las apariencias de estar siempre obedeciendo órdenes, pero hasta el Rey se impacienta y le urge por teléfono y por télex para que acuartele a sus tropas, ante la tardanza obvia en cumplirlas. Aquí se presentan dudas razonables sobre este príncipe de la milicia. Pues si Milans seguía las órdenes simplemente, no necesitaba la cautela de dirigir su Capitanía saltándose la cadena de mando o de trabar dos supuestos tácticos que, unidos a laAlerta-2, sembraron un confusionismo en Madrid favorable a los designios del golpe. Por lo demás la sesión de ayer deparó la novedad de que la defensa rompió levemente su silencio. Ramón Hermosilla, defensor del general Armada, pidió del Tribunal lectura de una rectificación en la declaración de Ibáñez Inglés respecto a una de sus entrevistas leridanas con el general Armada. Era casi obligado, tras dos sesiones en las que Armada -a quien físicamente se advierte envejecido y abrumado- ha sido sometido a un vapuleo de declaraciones y careos sumariales, que su defensa interrumpiera, aún cuando solo fuera simbólicamente, la arremetida fiscal.

20/2/82

Block de notas del proceso (20-2-1982)

Durante la sesión de ayer las lecturas sumariales adelantaron lo clara que el teniente general Milans del Bosch tiene su estima por la dignidad del rango. En varios folios del sumario insiste en que él no acepta consejos ni órdenes de inferiores, ni siquiera de sus iguales si estos son menos antiguos en el empleo. Es su línea argumental para explicar que jamás habría aceptado directrices de Armada de no haber supuesto que, por medio de él, recibía instrucciones superiores.-La anterior es una hipótesis de trabajo sobre la psicología de mando de Milans interesante, pero con fisuras. En los pasillos de la sala no dejaba de comentarse lo extraño de que Milans, cuando cree estar recibiendo órdenes del Rey por medio de Armada no intente ponerse en contacto con su número uno. Monárquico visceral según propia definición, descendiente de generales desde hace seis generaciones, nieto de un jefe del cuarto militar de Alfonso XIII y con acceso como Capitán General a su jefe máximo, no se procura una comunicación más directa que la de Armada ante un hecho tan importante como el forzar un golpe de Estado.

-Aduce Armada en su descargo que tras el 23 de febrero hizo llegar a La Zarzuela y al Ministerio de Defensa sendos escritos justificativos de los pasos dados por él. Relata no haber tenido contestación en ningún caso, aunque sabe de su llegada a los recipiendarios por medio del teniente coronel Monzón (ex-jefe de prensa de Defensa) y del marqués de Mondéjar.

-Respecto a su almuerzo leridano con los dirigentes socialistas Raventós y Múgica, Armada se explaya rememorando citas similares con Martín Villa, Calvo Sotelo, Cabanillas, Sanchez Terán, Tarradellas, Pujol, etc., afirmando que en ninguno de estos almuerzos o cenas propuso nada. Sobre la afirmación de Tejero de que algún diputado socialista se dirigiría a sus compañeros alentándoles a escuchar a la "autoridad militar, por supuesto", una vez está identificada con la contraseña "Ha venido el elefante", Armada muestra hilaridad. Por supuesto que esto puede ser o no verdad; pero en la deposición de Tejero se aprecian fuertes líneas de perjudicación que apuntan a la Corona y al primer partido de la oposición.

-El jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general Gabeiras, durante los sucesos del 23 de febrero, llevó un dietario de sus actos. Solo así se explica la exactitud cronológica de sus declaraciones.

-El general Toquero juró ayer por la mañana su nuevo cargo de jefe de prensa de Defensa, inaugurándose con el proceso 23-F. Es de justicia resaltar el empeño y eficacia que los hombres y mujeres de la Oficina de Información, Difusión y Relaciones Públicas del Ministerio de Defensa están poniendo para facilitar la labor de los periodistas.

El general Armada arrebató en la sesión de ayer a Tejero y Milans del Bosch el protagonismo de la intentona (20-2-1982)

Las 10,07 horas de la mañana de ayer marcaron el momento histórico en que el teniente general Luis Alvarez Rodríguez, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, constituido en sala de justicia, dio orden de que comenzase la vista de la causa que se sigue contra los 33 procesados por el intento de golpe de estado del pasado 23 de febrero. La vista comenzó con la lectura del apuntamiento -resumen de las actuaciones quefiguran en el sumario- del que ofrecemos una amplia versión recogida a través de los servicios de las agencias Europa Press y EFE. La vista se desarrolló conforme a lo previsto, en sesiones de mañana y tarde. El protagonismo de la primera jornada de este juicio, cuya duración prevista no es inferior al mes y medio, correspondió sin duda al papel jugado por el general de División, Alfonso Armada, en la conspiración militar. Otro hecho sobresaliente de la jornada fue la ausencia del único civil procesado, Juan García Carrés, que permanece hospitalizado en la clínica Covesa a disposición de la autoridad militar. El recinto militar del Servicio Geográfico del Ejército presentaba un impresionante despliegue de medidas de seguridad. Como contraste, fue escaso el público que se concentró a la entrada del acuartelamiento. Esta mañana prosigue la vista.

En poco más de cinco horas de vista oral el general Alfonso Armada ha adquirido el protagonismo que podían hasta ayer arrebatarle el ya célebre bando del teniente general Milans del Bosch y su ocupación de Valencia o la estampa decimonónica del teniente coronel Tejero ocupando el Congreso a punta de pistola. El goteo de diligencias que solicita el fiscal coincide con la impresión que se desprende de sus conclusiones provisionales: una revalorización del papel de Armada en la conspiración de febrero. Todas las indagaciones y declaraciones sumariales, cuya lectura es solicitada por el fiscal, son pasillos que acaban conduciendo a la imagen de un hombre -Armada- que como el protagonista de la fábula de Kipling quería ser Rey, (o presidente del Gobierno) en una estrategia de sobreentendidos, medias verdades, citas fuera de contexto o distorsiones de la realidad. Un hombre que aparece tentado por las brujas de Macbeth y al que se ve imperturbable, sentado hombro con hombro con Milans, con una cierta impasibilidad y resignación orientales en su expresión.Armada y Milans, protagonistas de careos y contradicciones psicológicamente muy duros, ni se hablan ni se miran; su ignorancia recípocra es total, incluso cuando al leer el relator su careo se escuchan en la sala las palabras de Milans a Armada: "Alfonso, si te inventaste tus entrevistas con los Reyes, más vale que lo digas ya". Ciertamente la defensa de Armada puede ser harto dificultosa, a menos que se cumplan las predicciones sobre las sorpresas que pueda contener el tomo de 180 páginas, ya encuadernado, en el que el abogado Ramón Hermosilla intentará demostrar que su patrocinado, no hizo otra cosa que lo que le mandaron y que en el peor de los casos es tan culpable de querer forzar la Constitución como pueda serlo un voyeur de una ensoñación amorosa.

La existencia o no de la entrevista entre Armada y Tejero, el día 20 ó 21 de febrero, en un piso de la calle madrileña de Juan Gris aparece una vez más como una de las claves del arco del papel de Armada en la intentona. ¿Existió ese hombre de gris elegante que según Tejero le impartió aquella noche las instrucciones finales del golpe? Una persona con cierto conocimiento de la psicología de Armada y que ha tenido ocasión de verlo recientemente asegura que el general lleva su religiosidad hasta organizar un altarcito con estampas o medallas allí donde instala sus habitaciones privadas; y que acogiéndose a ese entendimiento de la existencia jura ante personas de su confianza que él no había visto a Tejero antes de la noche del 23 de febrero, en el Congreso, cuando fue a parlamentar con él.

Tejero, una memoria típica de atestado

Tejero, no obstante, con una memoria sumarial notable, típica de atestado (recuerda indumentarias, distribución de habitaciones, voces, ornamentos, muebles) le identifica como el hombre de gris de la calle Juan Gris. Una palabra contra otra. Bien es cierto que Armada se encuentra apoyado por otros dos encausados que niegan la entrevista de Juan Gris: el comandante Cortina (figura clave en las operaciones de nuestra inteligencia militar) y el capitán Gómez Iglesias, acaso el procesado menos hierático de todos, que mueve la cabeza de derecha a izquierda cuando el relator da lectura a sus presuntas implicaciones.

La defensa de Cortina, en el brevísimo resumen de conclusiones provisionales que fue leído a la sala de Justicia, se distingue en que el encausado debe ser absuelto no ya porque no quepa hablar de "circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal" o por eximentes de estado de necesidad u obediencia al mando, sino porque no tuvo participación en los sucesos del 23 de febrero.

Ya en esta primera sesión se consolidan las tres esperadas líneas de defensa: las de Armada y los dos oficiales de la inteligencia militar (no han hecho nada según ellos), la de Milans, su staff de Valencia y las voluntades drenadas en la Acorazada Brunete, más el general Torres Rojas y el fulminante de Tejero (dicen que hicieron lo que les mandaba quien podía hacerlo) y la de un escalón inferior de responsabilidades o protagonismos (hicimos lo que nos ordenaron nuestros mandos naturales; no podíamos hacer otra cosa). Obviamente la guerra de las defensas no será baladí: si Armada es culpable los demás podrían aspirar a serlo un poco menos. Sobre Armada, qué duda cabe, pivota en buena manera este proceso.

Desde que hace cincuenta años fuera procesada la plana mayor de la rebelión militar del 10 de agosto de 1932, con Sanjurjo como director, no había viste, este país un juicio militar de tan alto rango y tan largas incidencias sobre una sociedad civil. La descripción de la liturgia es aquí algo más que una concesión a lo anecdótico. Las medidas de seguridad en el madrileño Instituto Geográfico del Ejército son impresionantes: Policía Nacional a pie, a caballo y motorizada, Guardia Civil, boinas verdes, perros, alguna alambrada, radio-transmisores de campaña, dentificación visible de los asistentes, policía militar, detector de metales graduado exquisitamente hasta el extremo de tener que depositar antes del control unas gafas de patilla metálica, un encendedor de mínima cabeza metálica, una moneda de cinco pesetas, los cantos reforzados de una agenda de bolsillo. En la mañana un oficial de la Armada llegó a sugerir quitarse los botones de su guerrera para terminar de pasar la detección; inmediatamente fue amablemente acompañado a otro arco destinado solo a militares. En ocasiones el rotor de un helicóptero apaga la megafonía de la sala.

Periodistas, invitados, familiares, letrados, observadores, comisiones militares, coinciden físicamente en los controles de acceso y en las puertas de la sala. La entrada en ella, en este primer día de la vista, provoca una sensación cuando menos chocante. Los encausados se vuelven en sus sillas para observar la entrada del público, sus familiares; los periodistas, en pie, observan expectantes a los procesados tras la luneta blindada, durante un buen rato, en silencio, hasta que el presidente del tribunal tiene que ordenar que tomen asiento. Una observación mutua un poco desazonante, en la que se advierte el buen humor de Tejero, en el centro de la primera fila; en los jefes de mayor graduación no es difícil apreciar la tensión contenida de quien se siente observado y ha de cuidar cualquier gesto.
La prosopopeya del tribunal está conseguida; su distanciamiento físico de los encausados es tal que una periodista -precavida- otea la sala con unos pequeños binoculares. La lectura del apuntamiento se aproxima en su brevedad a la práctica procesal de la jurisdicción ordinaria. Cuando el relator salmodia las penas solicitadas por el fiscal (treinta años de reclusión, ocho años de prisión, veinte años de reclusión...) se escucha más nítidamente el sonsoneo de los acondicionadores de aire. Así como cuando se da lectura a las conclusiones de la defeása: absolución, absolución, absolución...

Relato monocorde

Después, el relato monocorde de las negaciones de Armada. No a la involucración del Rey, no a sus llamadas a Miláns, no a su supuesta jefatura del golpe, no a cualquier propuesta inconstitucional al Congreso secuestrado. Y dos párrafos de la declaración del teniente general Pascual Galmes, en aquellas fechas capitán general de Cataluña, sobre los que el fiscal no cree necesario extenderse por cuanto pueden hablar por sí solos. Aquellos en los que relata una llamada nocturna de Miláns:

-Miláns: ¿Tú estas de acuerdo con la solución Armada?

-Pascual Galmes: ¿Y quién lo manda?

-Miláns: ¿Quién va a ser?; el Rey.

Pascual Galmes cuelga tras recordarle a su compañero cómo es precisamente él quien lleva toda la noche negándose a obedecer.