15/10/82

P. N. contra M. N. (15-10-1982)



Noche de abril de 1976. La casita madrileña de dos plantas de Miguel Boyer. Desde el piso de arriba Fraga, entonces ministro de la Gobernación, atrona la paz nocturna de la casa: "Yo cogería una cuerda, se la ataría a los cojones de los terroristas y los colgaría hasta que murieran". Los demás asistentes a aquella extraña cena, casi clandestina, permanecen estupefactos. Luis Gómez Llorente, con la pipa entre los dientes, interviene para hacer una tímida pregunta.-Pero eso ¿lo dice usted como profesor universitario?

-Lo digo como lo que soy, como político, y si como político le tengo a usted que romper la pipa, se la rompo.

Felipe González, que era el sujeto de la cena, le replicó adecuadamente. Fraga perseguía tras Felipe un nuevo y peculiar pacto Cánovas-Sagasta, con exclusión de los comunistas, y una primera y prolongada alternativa de la derecha representada por él. Desairado, Fraga lanzaba puyas a Gómez Llorente, sentado casualmente a la cabecera de la mesa, en el supuesto de que era él el propietario del edificio. ("Pues yo, que no soy socialista, nunca tendría una casa como ésta"). Al final, imperativo, le espetó a Felipe, que se encontraba en libertad condicional.

-¡Usted depende de mí, porque usted en este momento no es nada!

-Acuérdese de lo que le digo, contestó el aludido. Antes de cuatro años dependerá usted de lo que yo y mis ideas representamos mucho más de lo que yo ahora dependo de usted.

En el piso de abajo, la mujer de Boyer, dueña de la casa, creía ante el vocerío que arriba se estaban pegando.

Es esta una anécdota ya histórica y no poco conocida que recobra toda su frescura en estas horas electorales tintadas por el duelo aunque sea marginal, entre Fraga y Felipe. Aun cuando este último reafirma su empeño en no ser sectario y hace referencias intelectualmente elegantes al líder de Alianza Popular, como autopreguntarse sobre el franquismo de Fraga, teniendo en cuenta que aún en aquel supuesto fue acaso el único franquista que intentó reformar el franquismo. O admitir la sinceridad de su populismo.

No obstante, sigue en esta campaña marcando diferencias importantes en el matiz de sus intervenciones entre Alianza y la UCD. Y aunque en los mítines apenas cita a los comunistas, sabe ser corrosivo. con Carrillo en los contactos periódicos que mantiene con los periodistas. Una de las constantes electorales del candidato socialista (ésta es una clarísima campaña presidencialista, aunque lo sea contra natura legal) es no ir contra nadie y limitar los ataques imprescindibles a la recogida de guantes que se va encontrando por el camino. "Pero qué es eso" dice Felipe, "que dice Fraga sobre el regreso de las hordas marxistas y de la reconquista de España desde el norte?". Y se explaya, en público y en privado, sobre el pacto nacional que procura. Viene a decir Felipe González que los únicos países del Occidente industrializado que están saliendo de la crisis son aquellos en los que el pacto social y político se ha llevado a puerto, y las consecuencias de las vacas flacas se han repartido solidariamente entre todos. Cita a Austria como ejemplo. "Ahí tenéis a Bruno Kreysky, hecho un anciano y al que van a obligar a presentarse a la reelección". Y un diseño de los dos pivotes sobre los que, quiere articular ese cambio que va vendiendo por España metido en un autobús: la realidad -esa compañera tan fiel y tan terca- que dará, dice, moderación a los cambios que quiere introducir en la vida del país. Y la radicalidad con la que quiere extraer los tocones de los males de España. Un nuevo regeneracionismo. Para ello persigue una alternativa nacional y no partidaria. El pacto nacional contra el movimiento nacional.

"Meta en la Constitución a sus amigos franquistas"

Y le da trabajo a Fraga: "Meta usted en la Constitución y en la defensa de las libertades a sus amigos franquistas. Apártese usted de ese filo de la navaja en el que está y caiga del lado del progreso y la libertad". Ante las grandes masas (ayer en el abarrotado campo de fútbol de Oviedo, anteayer en Coruña, la iconografia socialista ha perdido el rojo; cientos de globos blancos portan el puño y la rosa o elevan despacio fotografías de Felipe) explica el cambio socialista con un símil que parece serle muy querido: "Este país es como un coche marcha atrás. Y no podemos meterle la ' primera de repente porque romperíamos la caja de cambios. Primero hay que detener la regresión y luego ir poniendo poco a poco las marchas hasta llegar a la directa".

Felipe está bien y va traqueteando sus problemas de voz. Mientras Carmen Romero, su esposa, se marea.como casi todos los demás en estos prototipos de autobús de los que ya fueron cobayas los futbolistas del Mundial y ahora nosotros, él va releyendo los perfiles del programa económico socialista. "Tengo una salud insultante". Hace poco se afirmaba públicamente que tomaba cortisona y que por ello se le hinchaba la cara. En Vigo unas señoras le comentaban al saludarle eñ el hotel: "Es usted más delgado de lo que parece por televisión". "Es que me sacan los mofletes para que parezca más gordo". Y una de las secretarias de Felipe recibió hace poco una llamada peculiar. José Manuel Lara, editor de éxito, estaba empeñado en recomendar a Felipe su psiquiatra particular. "Porque le veo muy deprimido". Repitió la llamada dos veces hasta que fue sutilmente remitido al origen final de su llamada.

14/10/82

Con el caballo ganador (14-10-1982)



Felipe González está haciendo una campaña de jefe de Estado bis. O, cuando menos, cabría aplicársele aquella observación del candidato recogida por las memorias de Galbraight: "Si para ser presidente tengo que estar todo el tiempo con los brazos por encima de la cabeza, no quiero el empleo". Así, nada de vallas de multitud, abrazos, estrechamiento de manos y otras concesiones alabadas por vana cordialidad electoral: diseño de campaña en tonos no excesivamente hirientes y con cuidado del desmelenamiento de las formas que puede esperarse de la tensión partidaria. Felipe acaba su arenga y, serio, se retira por detrás de los tinglados del escenario, un tanto impasible ante el griterío, como abrumado por una carga que ya siente sobre sus hombros, embutido entre gorilas físicamente pegados a él, y trepa rápidamente a su autobús electoral, que espera con las persianas de lona bajadas.Mítines sobrios, con escasa escenografia y aún menor profusión de banderas, eslóganes, focos, puños, cánticos y demás parafernalias mitinescas. Felipe llega, imparte su clase de magisterio de costumbres y al autobús, que abandona escopeteado la ciudad, como en un mensaje adicional y subliminal de que ya se ha perdido en este país demasiado tiempo y que el presente hay que administrarlo con criterios de usura.

Ritmo infernal, que se traduce en los dos autobuses del Mundial (los de Perú y Austria), blancos con acribillamientos rojos, que ahora duermen bajo la ventana del hotel. Navega por las infames carreteras gallegas, haciendo suspirar a sus ocupantes por una cajita de Biodramina ante las excelencias de su suspensión. En ellas se trabaja, se lee, se discute, se dormita. En la noche, algunos autos que se cruzan con la caravana de autobuses (más tres coches con escoltas) hacen parpadear sus faros a modo de saludo. Vaguean las lunetas, empañadas por una calefacción excesiva; un periodista cabecea profundamente dormido, sujetando su boceto de crónica en la mano; el equipo de Televisión Española (que estrelló su auto hace unos días) revisa su vídeo a la luz espectral de la minipantalla de su cámara. Carretera, kilómetros, silencio, cansancio.

Felipe cuida su garganta: los gallos hacen terner por la suspensión de algún mitin. El martes suspendió una entrevista personal con un periodista que volaba con él a La Bacolla. Antes coincidió en Barajas con Adolfo Suárez, que tomaba el avión a Extremadura. En la primera fila de la clase turista, él -junto a la ventanilla-, Carmen -su mujer, cuya expresión y actitud son una suma de discreción por el elogiado papel decorativo que le toca desempeñar- y su jefe de seguridad. Toma tierra el avión entre bamboleos y maniobras inmisericordes, palpando el suelo entre una niebla reptante. Aplausos cerrados que se daban por perdidos. Comentarios a mi espalda: "Como la mayoría de los pilotos son de derechas, éste ha querido darle un susto a Felipe". El autobús surge por las tierras de Fraga.

Más gente mayor que joven. Una anciana espera dos horas en su aciago, mojándose, la llegada de Felipe. En Lugo, en fiestas, los jóvenes pasean y consumen la tarde en las cafeterías, a pocos metros del acto electoral, y otros siguen entusiasinados,bajo los paraguas. En Orense -dominio de UCD- es mayor el énfasis del público, y Felipe se crece y trepa por su afonía. Hace reír al auditorio ("Yo no sé si los socialistas sere mos capaces de Conseguir que Pío Cabanillas no esté en un Gobier no, aunque sea e4 nuestro". "Sólo catorce diputados de UCDse han quedado sin globito" -por las gabelas-). Y más cirio, un poco en la línea de aquel "anoche tuve un sueño" de Martín Lutero King: "Cuando venía aquí en mi coche pensaba en que si Fraga formara Gobierno, nos encontraríamos a Antonio Carro de ministro. Y yo no creo que el pueblo español quiera regresar a los Gobiernos franquistas" (entusiasmo generafl zado).

El mismo discurso

Obviamente, el candidato repite el mismo discurso, estructurado en segmentos móviles e intercambiables, automemorizados con el socorro de un magnetófono. Y su mensaje carece: de adherencias ideológicas e incluso partidarias; Felipe González, constante dos veces por día tres veces los festivos), da una lección de ética y de moral, y hay que trabajar y trabajar bien, y hay que cumplit los horarios; debemos ser solidarios; que se deben acabar los privilegios y los salarios multiplicados de los políticos en el poder; que este país yace, pero puede ser levantado por todos, y también a los empresarios deben exigirles rentabilidad y eficacia. . . Y alusiones explicativas y continuadas al apoyo que su partido continuará prestando a la escuela privada ("por más que yo me oponga a las escuelas privadas"). Apenas entra en la política diaria, excepción hecha de su condena encendida de golpistas y terroristas y de la lenidad del Gobierno para con los primeros.

Pero el grueso de su mensaje se reclama de la ética y la dignidad tradicional de la izquierda como un epígono de la sociedad fabiana. El cambio que vende el caballo ganador es la bisagra que gira desde el egoísmo hasta la generosidad, desde la indolencia hasta la actividad. No digo que el caballo ganador reúna tal repertorio de excelencias, pero sí que éste es el clarinetazo que significa la campaña que está haciendo. Su grito estentóreo: "¡Este país está lleno de agujeros!". O el ejemplo de Olof Palme, que gana menos que el jefe de Prensa de un organismo público español y abona al fisco sueco el 80% de su salario.

Lo dicho: ética y hasta estética del comportamiento público. Incluso sus contrarréplicas a Fraga siempre van teñidas de educación mordaza más de que el espeso acento sevillano acaba dejando romas muchas de las aristas. Es la llamada clásica de la izquierda, en un sentido amplísimo y poco conceptual, por la moralidad de la vida pública. Helga Soto, responsable de Prensa de este partido, pasaba hace unas horas por el legado de mamparas y pasillos del cuartel general electoral, a mis espaldas, en procura de la calle. "A la izquierda, a la izquierda". Me vuelvo, inquisitivo, y, sonriéndome con las cejas sobre sus ojos oxidados de azul, insistía suavemente: "Siempre a la izquierda".

25/6/82

Su turno (25-5-1982)

El teniente coronel Tejero fue expulsado ayer de la Sala en la última sesión del juicio oral contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23-F, después de haber manifestado su desprecio "a gran parte de los mandos, por su cobardía". El presidente del Tribunal declaró vista para sentencia la causa, tras una sesión pródiga en incidentes protagonizados por el público. El presidente del Tribunal ordenó la expulsión de la Sala de un grupo de familiares de los procesados. En el turno de alegaciones de los procesados, el teniente general Milans del Bosch afirmó: "Muchos militares pensaban en 1981 que, bajo el mando del jefe supremo de las Fuerzas Armadas, podíamos propiciar un golpe de timón. Esta es la verdad de esta causa y lo demás son detalles. En idénticas circunstancias volvería a actuar como aquel 23 de febrero".

Ha sido su jornada. Se les debe tras estos tres meses de proceso librementre tratados por la opinión pública. Se han levantado y han hablado. Con quince minutos de retraso comenzó la jornada de ayer -última de esta causa- para depararnos lo ya intuido: que el ministerio fiscal no tenía intención alguna de replicar. Por lo demás, cada encausado ha hecho uso de su derecho a la palabra, para hacer o no uso de ella.La función apenas ha durado la sesión de la mañana, siempre presidida por la pregunta de Gómez de Salazar de "¿Tiene algo que exponer ante este Tribunal?", expuesta en tono amable. Bastantes se han levantado y han dicho que "sí". Quienes han deseado replicar se han levantado y han avanzado unos pasos hasta alcanzar un micrófono de pie, pocos metros antes de la izquierda del Tribunal. Desde ahí, y sin sentarse, han leído o improvisado sus últimas deposiciones en esta causa.

Milans, usando un texto, estima que siempre ha amado a España, alude a que siempre ha adaptado su vida a pensamientos básicos sobre el honor, el deber, etcétera y que aquella larga paz propiciada por una guerra de liberación, hoy escarnecida y vilependiada, le empujó para prepararse civilmente. Vista la desmembración de la patria (crisis autonómica, crisis económica, crisis de valores morales), estimó que la situación era tan grave como la de 1.936. Y el 23 de febrero de 1.981 actuó por indénticos ideales. Creen el 23 de febrero que se les llama por salvar a la patria, por dar un golpe de timón, por salvar al país en función del artículo octavo de la Constitución y obedeciendo órdenes del Rey, cuyo confidente era el general Armada. No se afirma si se jugó con dos barajas o si se vaciló. Relevo de toda responsabilidad a quienes me siguieron, junto con mi mayor desprecio por quienes no asumen sus responsabilidades. Tono neutro, tranquilo, respetuoso.

El general Armada estima que no puede aportar nada nuevo y que es innecesario un nuevo alegato. No tiene nada que acusar, nada que ocultar y nada que agregar. Se reafirma en su espíritu de servicio, en que siempre ha asumido sus responsabilidades, pero no las que no son suyas. Y un canto final, noble en su factura, por la felicidad y la concordia de los españoles. Leyó un papel, como Milans.

El general Torres Rojas habló ante el Tribunal: que siempre creyó obedecer órdenes del mando supremo de las Fuerzas Armadas. Pide a Dios que este sufrimiento tan enorme sea el último que padezca esta sociedad por la unidad indisoluble de España, su prosperidad y su paz.

Camilo Menéndez movió a la lágrima aludiendo a la Marina oficial, por la que se sentía maltratado, y a la real, de la que sólo tenía elogios. Critica a Enrique Múgica y al general Santa María por sus declaraciones como testigos y, tras ser llamado al orden, estima que él y hombres como él jamás eludieron sus responsabilidad. Se le quiebra la voz y afirma, como sus compañeros requetés, que "la victoria es de Dios y que a nosotros sólo nos queda la gracia del combate". Breves aplausos por parte de la Sala, que son obviados por el presidente.

Alegato del coronel San Martin

El coronel San Martín leyó tembloroso su alegato, acaso más indignado que nervioso. Hizo una defensa como jefe de filas de los encausados de la División Acorazada y extendió su perdón a quienes presuntamente le han agraviado e injuriado. En uno de los alegatos más prolongados y, sin pretender involucrar a nadie, según confesión propia, insiste en que hizo lo que hizo por estimar que el Rey lo deseaba y por tener a la patria al borde de la destrucción. Sale la DAC, afirma, porque lo manda su jefe y vuelve a sus acuartelamientos por lo mismo. ¿Dónde está la rebelión?. Alguna maldad se les escapa. Que mandos militares que no cita conocían el 23 de febrero con antelación y no están encausados, que se pudo evitar institucionalmente el 23 de febrero o que la orden de acuartelamiento -Alerta 2- dada por el Rey no significaba que éste hubiera cambiado de opinión. Asume la responsabilidad de sus hombres y los exonera. Resume lo que ha sido en estos tres meses: un hombre desesperado ante una carrera prometedora y destruida.

Ibáñez Inglés, el jefe interino del Estado Mayor de Milans, "hombre fuerte" entre los encausados, niega haber imputado al Rey responsabilidad alguna; después se deshace en elogios hacia Milans, niega la calificación fiscal de rebelión militar y acaba citando a Unamuno para llorar finalmente un entrecortado "¡Viva por siempre España!".

El coronel Manchado recuerda sus años de lucha en la sierra contra el maquis, los sacrificios y su papel como oficial de una generación puente entre la oficialidad de la guerra civil y la posterior. "Que Dios no me encuentre con las manos vacías". Casi mueve a pena.

Tejero monta su número menor. "Ante la gran mayoría de los mandos de las Fuerzas Armadas siento un profundo desprecio por su cobardía y por su traición a la patria". El presidente no le deja terminar la arenga y le insta a que se retire.

Retirada entre aplausos

Lo hace entre aplausos de muchachas jóvenes, que ni siquiera son familiares de encausados (han entrado a la Sala como visitantes) y que están acompañadas por la esposa de Camilo Menéndez y otras damas. Ante el altercado, el presidente ordena desalojar. La Policía Militar duda, mientras extrae sus porras. El presidente clarifica su orden: "Desalojen a los alborotadores, nada más". Van abandonando la Sala sin que la P.M., prácticamente, tenga que intervenir. Tejero, vomitado su despropósito, se ha retirado de la Sala. Incidente tenso y molesto, pero menor.

Un grito aislado de "¡Traidores!" precedió a la declaración del teniente coronel Pedro Mas: muy duro, defensor a ultranza de Milans y debelador (lo quiera o no) dé La Zarzuela. Estima que días antes del 23 de febrero un general de la III Región Militar (Valencia) fue recibido por el Rey quien le dijo que la situación política del país se aprestaba a cambiar. Tal recado le fue transmitido a Milans, quien se hizo su cuadro de situación. Y después insiste en lo tardío de la primera llamada del Rey a Milans aquella noche. Este es el hombre que cuando Milans abandona el juicio (asqueado) le sigue contraviniendo las órdenes del Presidente de la causa. Más que un ayudante se asemeja a un criado.

Pardo Zancada recuerda que habla acaso vistiendo por última vez su uniforme, que siempre ha dicho verdad y que la cambiante conducta de otros (abierta alusión al general Armada) les ha llevado a sus banquillos. Alusión de gratitud a sus capitanes de la Acorazada, a quienes exime de responsabilidad, a quienes como maestros le enseñaron las virtudes militares (varios miembros del Tribunal) y otras gracias varias.

El comandante Cortina recuerda que no puede hablar por ser miembro del CESID (Inteligencia de la Defensa) lo que puede aportar a su caso cierto grado de indefensión por más que no se queje. Alude a razonamientos viciados de error en su origen y llega a hacer un punto de poesía esotérica a cuenta del vuelo errático del águila que no puede ser seguido (todos pensamos en esa águila bicéfala cuya cabeza "más gorda" -según Pardo Zancada- es la de Armada). Que es ajeno a la conspiración y que el CESID nada tiene que ver en esta historia. Y que él ha trabajado por la seguridad y la libertad de los españoles, al margen de represalias insidiosas de otros servicios secretos extranjeros. (La CIA le denunció en su día como presunto oficial golpista. También es cierto que Cortina, entonces, pretendía descubrir una estación de escucha de tal agencia estadounidense en Madrid).

De ahí para abajo, en la escalilla jerárquica de los justiciables, o silencios, o dobletes sobre lo dicho por sus superiores o la tontería final del ruidoso y voluminoso único civil de la causa, Juan García Carrés. Este casi nos hace llorar a cuenta de sus sufrimientos en Carabanchel y estima que no pudo producirse ninguna rebelión militar el 23 de febrero, en tanto en cuanto este delito atenta contra la seguridad del Estado y entonces el Estado carecía, como ahora, de seguridad. Acabó su deposición con un "¡Viva España!" coreado por el público.

Los demás oficiales no citados abundaron, lógicamente, en su amor a España, a la disciplina, a sus jefes naturales (los obedecieran o no) y a su carrera; a más de grandes dosis lacrimógenas, y comprensibles, de recuerdos y agradecimientos sobre sus abogados, sus mujeres, sus hijos, hasta sus padres o abuelos ya fallecidos, y amigos en general.

Es su día y, su ocasión. Sería mezquino, tras tres meses de batalla legal, restarles ahora su turno aún so capa de comentario. Algo de patético ha tenido esta última jornada. Todos esperábamos alguna barbaridad final, y la realidad es que al márgen de la salida de Tejero esta última sesión ha resultado breve y tranquila. Lágrimas en los rostros de muchas mujeres, un punto mínimo de tensión ambiental y una emoción lógica y generalizada.

El veneno de un anónimo

El veneno vino de la mano de un panfleto, anónimamente atribuido a las comisiones militares, "aparecido" en los lavabos de señoras del Servicio Geográfico y, también, abiertamente distribuido por un comisionado teniente coronel del Ejército del Aire; en el se pone a caldo a casi todos los jefes y oficiales que han pasado por la causa. Ascensos y prebendas supuestamente indignos, señalamiento de posibles concubinas, alusión a hipotéticos asesinatos por venganza, enfermedades de la mente, falsedad en los testimonios, etcétera. Personas escasamente reflexivas tienen a algunos periodistas por debeladores de las instituciones castrenses. Este panfleto -que indudablemente "sale desde dentro"- destroza el oficio. Mal comienzo del final. Pero, sean como fueren las cosas, hemos llegado a este punto y aparte. El juicio está visto para sentencia.

6/6/82

Ante la botella mediada (6-6-1982)

El pasado 23 de febrero, primer aniversario de su felonía, los procesados por aquellos sucesos se negaban a bajar desde sus aposentos a la sala del Servicio Geográfico del Ejército donde estaban siendo juzgados. Exigían para reintegrarse a sus nada incómodos banquillos de peluche la expulsión y el procesamiento de Pedro J. Ramírez, director de Diario-16, a más de un apercibimiento del Tribunal a la Prensa; algunos abogados defensores ronroneaban amenazantes una hipotética retirada. El teniente general Luis Alvarez Rodríguez, Presidente del Tribunal, anonadado y con la úlcera en la mano, accedíó a expulsar al periodista pero se resistía a acatar más órdenes y albergaba serias dudas de que la Policía Militar arreara hacia la Sala a una tropa doblemente rebelde pero presidida por un teniente general galoneado por heridas en campaña y con la medalla militar individual.Antonio Pedrol, decano de los abogados madrileños, acepto el papel de mediador y hombre bueno; subió a hablar con ellos, desplegó esa astucia mediadora, cargada de matices que, según los entendidos, es imposible encontrar fuera de la circunscripción comarcal de Reus, y aceptaron volver a comparecer ante su propio juicio. Revestido con la toga y las magnificiencias de su decanato, pequeño de estatura, socarrón, con la mirada vivaz de un crío picarón, descendía Pedrol las escaleras camino de la Sala, delante de los encausados, casi (una de las muchas cosas que se le deben agradecer en esta causa) como uncabestro con puñetas, cuando escuchó a sus espaldas un estentóreo "¡¡¡Soy valiente y leal legionario!!!". Y así, con Pedrol abriendo marcha, Milans detrás y cantando a voz en cuello el himno de la Legión bajaron aquel día los encausados hasta los aledaños de la Sala de Justicia. Vivir para ver.

Ahora, cuando la Sala Segunda del Tribunal Supremo no tiene peor problema que encontrar una habitación -que no la tiene- lo suficientemente segura como para guardar los autos que le remitirá el Consejo Supremo de Justicia Militar, hay que recordar lo que han sido para este país los últimos quince meses y toda la agotada capacidad de sorpresa de quienes han seguido atentamente el juicio. Las sentencias remiten a la desolación y a la amargura, es cierto; y para todos. Acaso nunca una decisión judicial haya encontrado tan pocos valedores y tantos descontentos de tan distinta laya. Es cierto que para los ciudadanos demócratas, para no pocos militares y hasta para el sentido común, se han producido absoluciones que la razón no admite y penas harto benevolentes cuando quienes las imparten y quienes las reciben se reclaman orgullosamente de mejores ciudadanos por el rigor que voluntariamente han impuesto a sus vidas. Pero tampoco sería muy sensato que este país, admirable por las visicitudes que es capaz de soportar, cayera ahora del guindo como si no se reconociera en su historia contemporánea y palpara por primera vez los perfiles de la improvisación, la arbitrariedad, lo atrabiliario, el sentimentalismo, la irracionalidad, que distinguen a algunas de sus instituciones.

Hace quince meses, todavía al dudoso calor de los hechos de febrero, podía estimarse que lo mejor que podían hacer Tejero y Milans era suicidarse "aún cuando los suicidaran", tal como el general Silvestre en la carrera vergonzante desde Annual hasta Melilla. Volvió a la memoria la desconfianza de Franco hacia la Guardia Civil, el decreto de disolución del cuerpo que llegó a estar sobre su mesa a falta de la firma y el castigo final de rebaja de haberes (devengaban un 150% del salario militar y quedaron equiparados). Y abocados a conducir a los rebeldes ante un Tribunal ya hemos echado en el olvido los unánimes comentarios de café de tantos meses de zozobra: "El juicio no se celebrará jamás". Los abogados políticos de los golpistas y los militares involucionistas jugaron abiertamente esa carta de escepticismo y amedrantamiento civil. Pues el juicio se celebró. Iniciada la vista ¿quién daba un ardite porque aquello acabara con bien?. Pues con farífarrias, baladronadas, juicio paralelo (el único, el que han hecho los acusados contra las personas y las instituciones de la democracia), desacatos y hasta con el decano Pedrol presidiendo a su pesar una marcha legionaria de encausados sobre la Sala, el juicio más prolongado de nuestra historia y el tercero en duración en todo el mundo, terminó y se dictó sentencia.

Milans, sin uniforme

¿Quién apostaba un adarme -no ya hace meses sino hace cuatro días- a que Milans sería expulsado del Ejército por sus propios conmilitones?: Seamos sinceros con nosotros mismos y admitamos que muy pocos. La opinión pública, ahorajustamente indignada, debe conocer que el Tribunal de esta causa alcanzó por dos veces mayoría absoluta respecto al delito de Milans, sancionándolo primero con doce años (sin pérdida del empleo) y posteriormente con quince años. Fue necesario retrasar la firma de la sentencia para que los militares del Tribunal reflexionaran sobre las consecuencias que podría acarrear su comprensible inclinación a ser antes clementes que justos con un compañero.

Bien es verdad que la disparidad de criterios de dos bebedores ante la botella mediada solo deja opción -paradójicamente- a una conclusión a medias. El bebedor optimista estimará que la botella esta medio llena y el depresivo que se encuentra medio vacía La botella de las sentencias admite también las dos contemplaciones por más que los ciudadai,os estén en su derecho de quererla llena. Y tampoco es cosa de dar una fiesta a los amigos por cuanto después de recibir una paliza el agresor ha tenido el detalle de dejarnos con vida, pero sea poco o mucho hay que admitir el esfuerzo y la violencia que el Ejército se ha hecho a sí mismo. Ante la pena única, de treinta años, sustitutiva de la de muerte, dictada por generales y almirantes contra don Jaime,Milans del Bosch y Ussía, teniente general, hijo, nieto y biznieto de generales, combatiente de Franco contra la II República Española y de Hifier contra la Unión Soviética, multicondecorado y apreciado por sus camaradas de armas, no cabe hablar de provocación militar al poder civil. Por rebelde a su Rey y a la libre voluntad de su pueblo los militares han expulsado de sus filas a uno de sus primeros. Y dentro de un año, firmes las sentencias, Milans afrontará ese minuto insondable de existencia: se despojará del uniforme, vestirá un atuendo civil y devolverá sus medallas al Ministerio de Defensa.

çAntes de su muerte física será cerrada su hoja de servicios (leída con satisfacción durante horas en Campamento) y será enterrado militarmente con una nota, siempre infamante, de expulsión. Antes de cuatro años (las normas penitenciarias militares liberan a los reclusos de 70 años si carecen de antecedentes y observan buena conducta) le encontraremos de paisano, sorbiendo un café en un bar, y diremos: "Mira, Milans...". El temido gallo militar, el general perdido, no será más que un jubilado sin aspiraciones a la mortaja castrense. Este es el símbolo que hay que contemplar; desdeñarlo es desconocer la caracteriología de los militares españoles o hacer abstracción del juicio y sus sentencias como si habitáramos el mejor de los países posibles y no gravitara sobre España un problema militar desde 1.808.

Fanatismo y bravuconería

El juicio, además de por el mero hecho de haberse celebrado y terminado, ofrece otros aspectos positivos. El Ejército y, en particular, la Guardia Civil han comprendido abochornados el rídiculo y el descrédito que un oficial como Tejero ha arrojado sobre ellos. Si cabía alguna duda, sus exabruptos finales han dado la medida de la limpieza de su espíritu. Tras su paso por el juicio ya no es esta la hora jaquetona de las coplillas elogiosas o de la recepción de gónadas masculinas labradas en oro. Sus propios compañeros han entendido el fanatismo irracional que atormenta a este hombre.

Por lo demás, el resto de jefes y oficiales encausados han mostrado públicamente sus miserias. Si alguno era mitificable ha caído estrepitosamente de la peana. No hubo gallardía sino bravuconería de taberna, faltó grandeza de ánimo y se repartieron dosis sobradas demás eres tú, se nos privó de conocer el valor moral del hombre que pierde y afronta su destino y nos empachamos de una dispersión de responsabilidades por la rosa de los vientos. ¿Y éstos eran los grandes santones del involucionismo militar español? El juicio ha evidenciado a unos hombres enredados en disputas, vanidades, ambiciones personales, mentiras, muchas mentiras, temores egoístas, todo un muestrario de los más villanos defectos de la pequeña burguesía española. Y esta desmitificación también hay que colocarla en la mitad de la botella.

Y después de todo lo anterior caben las quejas razonadas de la sociedad civil. Es obvia la inconvencia de que permanezcan en el Ejército los encausados absueltos o sentenciados hasta penas de tres años. Aun caben los recursos (el general Armada con los siete votos disidentes de la sentencia en contra suya se encontrará en dificultades muy serias ante el Supremo) y la acción administrativa que: complete con su rigor lo que la clemencia corporativa no ha sabido terminar. Pero no es exacto que con estas sentencias el poder civil haya quedado poco menos que a los pies de la fuerza militar; el Ejército se ha sancionado a sí mismo -mal- pero subordinándose, con todas las retícencias que se quieran, al poder civil de toda la sociedad. Lo que pasa es que en las relaciones políticas nunca se debe ganar por diez a cero.

1/6/82

El sueño de la razón (12-5-1982)

En la sesión de ayer del juicio por los hechos del 23 de febrero, 44ª de las celebradas, se realizó la defensa del capitán José Luis Abad y el teniente Vicente Carricondo, ambos de la Guardia Civil, por el abogado Jaime Tent. El defensor militar de Abad, general Felicísimo Agudo, dijo que el Ejército español no es heredero de una democracia liberal y parlamentaria, sino de aquél que en una gloriosa cruzada derrotó al comunismo internacional, y que su defendido se había formado al calor de ese Ejército. El coronel Carlos de Meer defendió después al capitán Francisco Dusmet, que en la noche de los hechos entró en el Congreso con el comandante Pardo Zancada, al mando de una columna de la División Acorazada Brunete número 1. Entre otras cosas, justificó la situación de estado de necesidad en el peligro de un nueve, frente popular.

Día y tarde de perros. Al menos, Pedro V. García, cronista de Televisión Española, se reincorpora a este carnaval de contraacusaciones, tras ser zarandeado por la izquierda y la derecha y reposar una crisis cardiaca. La noticia de la jornada reside por lo demás en la intervención del abogado Santiago Segura; periodistas largo tiempo ausentes de Campamento se han reintegrado a esta tribu sólo para escucharle, en el convencimiento de que de él podía esperarse una barbaridad procesal o política: pues la noticia es que no; ha hecho su defensa, con todas las aristas que ha estimado precisas, y nada más. Un hombre proteico y visceral que no tiene una cana de tonto. Y a más de este antisuceso, la desolación en que a cualquier espíritu sensible deja sumido el coronel De Meer tras su alegato de ayer, acaso el más arriscado de los escuchados contra el orden democrático establecido.Con rumores previos sobre supuestas suspensiones de jornadas vespertinas abrió el día Jaime Tent, defensor del capitán José Luis Abad. Otra defensatécnica (lo que es de agradecer) pero acaso obligatoriamente remitida a la vieja historia de la obediencia debida a órdenes superiores, a la creencia del mandato real, etcétera. Como otros letrados que le han precedido y otros que le continuarán ha removido la herida que puede dar resultados: en el Ejército o se obedece o no se obedece, pero no caben términos medios. Alude también a que nuestra Constitución no matiza el código de la. Guardia Civil en cuanto a cumplimiento de órdenes (no ya estricto sino taxativo en este cuerpo), con lo cual termina por hacer un flaco favor a una Benémerita, ejemplar, pero ya muy castigada en esta causa y con perspectivas inmediatas de serlo más en un inmediato futuro y en otros juicios. Almería.

Pero sea como fuere son los propios militares quienes estiman que desde los puntos de vista jurídico y castrense son los guardias civiles procesados quienes peor lo tienen. En el cuerpo, y de Tejero para abajo, no hay forma de encontrar en la causa alguien que en verdad obedezca a un mando natural o que no pudiera tener atisbos mínimos de que, con la excusa real o sin ella, estaban procediendo a una barbaridad. Se diga lo que se quiera la culpa reside en ese sentido de la disciplina elaborado para los tiempos en los que no se había inventado el telégrafo. Solo así puede explicarse que el teniente coronel Tejero, sin mando sobre nada ni nadie, arrample con una cohorte de guardias que ahora aducen órdenes superiores.

El codefensor del capitán Abad, general de brigada Felicísimo Agudo, intervino a continuación recordando que hay una verdadera mayoría que desea que se haga justicia, por encima de los ojos puestos sobre este tribunal: ojos revanchistas, rencorosos, que piden injusticia y una sentencia que incluya un castigo desmesurado. Este general no se ha enterado de que los ojos puestos sobre el tribunal están velados antes por el temor que por el revanchismo. Ni de que el patio campamental ha vuelto a ronronear con rumores de nuevo golpe militar -a raiz de las sentencias- o con consignas arteras, de remembranza, como Sadat, torpemente echadas al vuelo con el único y tonto interés de influir en el ánimo de los consejeros.

Por dos veces el presidente en funciones de este tribunal tuvo que llamarle la atención. Primero al aducir que se ha perdido la fe en el mando -caballo de batalla de una cierta defensa-, después al aludir alpacto del capó, pretendido documento de capitulación que no ha sido respetado. Después que el Ejército español, a tenor de este prohombre, no es heredero de una democracia liberal y parlamentaria, sino de aquel que en una cruzada derrotó al comunismo internacional. Algunos apocados de ánimo estimábamos que el Ejército español venía de más lejos. El general Agudo nos lo deja en el 36.

El abogado Segura era la vedette. Pues defraudó. Sobrino del Cardenal Segura, palo de tal astilla, exhuberante, vehemente, antaño oficial de complemento, con las medallas en la toga, convencido de la máxima de que es preciso que se hable de uno aunque se hable bien, ha hecho contra todo pronóstico una defensa honrada carente de fáciles maldades políticas. Lleva dos: el teniente Carricondo y el capitán Muñecas, "ambos de la Guardia Civil". El primero lo tiene fácil: a los siete meses de servicio se ve envuelto en esta historia. El segundo -Muñecas- tiene otros esqueletos en el armario y será más dificil convencer al tribunal de que este oficial de lo que llamaríamos estilo inglés se limitó humildemente a ejecutar un mandado.

Acusaciones de mentiroso para el general Gabeiras y el detalle que lustra el alegato de Segura Ferns: que él mismo no cree en la autoría real de las órdenes perdidas dadas el 23 de febrero, aunque sus defendidos sí las creyeran. "Si aquí hemos sacado a colación el nombre del Rey, respetándole y queriéndole, ha sido para señalar que nuestros defendidos actuaron en la creencia -errónea, por cierto- de que la ocupación del Congreso era deseada por su Majestad..." Después mucho estado de necesidad y mucha obediencia debida. El cardenal Segura era bestia cargada de fe, el sobrino lleva las alforjas cargadas de bonhomía.

Continuó el general de brigada Fernando de Sandoval, defensor militar del capitán Muñecas, ese presunto suscriptor de Amnesty International.Más estado de necesidad, ultrajes a la bandera, aspiraciones independentistas de algunos partidos y, (después de panorama tan dramático, proposición de que el capitán Muñecas no pretendía subvertir nada ni se rebeló contra nada. O lo uno o lo otro. Pero con ambas barajas es imposible jugar a este juego imposible de la verdad. Ataques a Areilza (verdaderamente el capitán Muñecas tiene algo personal con el conde de Motrico) y más agravios comparativos por no haber sido procesados los tres capitanes de la Acorazada que acudieron a tomar RTVE o los doce que salieron a la calle en Valencia al mando de unidades tácticas.

El coronel De Meer nos dio el día. Acaba de ascender. Formado en varias disciplinas no es precisamente lerdo. Fue gobernador de Baleares y casi acaba con el turismo de la zona por su moralina. La noche de autos era el segundo del Pavía, acantonado en Aranjuez y que con tanta insistencia se le prometía y esperaba Tejero en el Congreso. Ibáñez Inglés, el coronel segundo jefe de Estado Mayor de Milans habla dos veces con él aquella noche. De Meer llega a hacer sugerencias extrañas, cortadas de raíz por su coronel Teijeiro. Finalmente el Pavía no sale y se salva Madrid. Pues este jefe que nada sabe de la reunión golpista presidida por Milans en la calle de general Cabrera nos ha. ilustrado en la siguiente forma:

Dusmet se suma a la asonada por honor, lealtad y amor a la patria.

El estado de necesidad era tal que cabían posibilidades de que Calvo Sotelo no resultara elegido en la segunda votación y nuevas elecciones dieran el triunfo a un frente popular.

En aquellas tierras -por el País Vasco- sólo el Ejército y las Fuerzas de Seguridad mantienen el vínculo con España.

Existen artículos de la Constitución española que son verdadero ejemplo de nacionalismo disgregador. Y en concreto el artículo segundo está redactado de tal forma que resulta similar al artículo 70 de la Constitución soviética (artículos referidos a las nacionalidades).

Acaso sea así, pero, desde luego, si la Constitución española es tan liberal en materia de nacionalidades como la soviética, se ignora por qué se lamentan los legítimos defensores de la unidad de la patria; si así son las cosas, aquella es indisoluble para siempre jamás.

El Pavía. Una de las esperanzas de Tejero que no llegó aquella noche.

De Meer da un ¡Viva a España! y se levanta la sesión.

Addenda.- Guardias Civiles destinados en el Servicio Geográfico del Ejército se sienten dolidos, y hasta humillados, por una crónica de este periódico. Mi padre es hijo de ese Cuerpo. Y ya no reescribo más.

Aguanto mi vela y allá los demás con la suya. La Guardia Civil puede seguir escuchando las sirenas de una adulación estúpida o transformarse en el mejor cuerpo de seguridad de este país.

De este proceso está saliendo malparada y peor saldrá de los que se avecinan. Pues algunos periodistas estaremos al quite de una Guardia Civil, tan ingenua, que no se sabe guardar de sus propios amigos.

27/5/82

Adiós a Campamento (27-5-1982)

En la primera hora de la tarde del lunes, aún en los oídos el último y estentóreo "¡Despejen la Sala."' de un ujier, tras el "Visto para sentencia" del presidente en funciones de este Tribunal, esa especie de caraba del patio campamental se negaba a disolverse. Corrillos expectantes, paseantes solitarios, asoleamiento generalizado y satisfecho. Como si un nexo invisible hubiera terminado uniendo a esta grey heterogénea que se resiste a disolverse. Al día siguiente, periodistas, amas de casa, funcionarios, militares, estudiantes, habrán expIorado con precaución sus mesas de trabajo, sus despachos, sus libros, domesticidades, el tic-tac de la olvidada cotidianeidad, exhumando correo sin contestar, trabajos y lecturas largamente atrasadas, citas y compromisos envejecidos, problemas nimios y hasta el problema de siempre, el reencuentro con la cara ineludible de la vida.Los tres meses campamentales han aportado a la tropa de Campamento algunas perspectivas, todo lo mínimas que se quiera, sobre este juicio en particular y, en general, sobre la carrera de las armas y las tortuosas relaciones de los uniformados con el resto de sus conciudadanos. Valga como ejemplo: el lunes Tejero se aproxima a uno de los micrófonos de la Sala y con su entonación malagueña, adormilada, muy próxima a una rara tristeza insondable que nada tiene que ver con sus heridos sentimientos patrióticos y mucho con la incurable melancolía de los fanáticos, descalifica a los jefes del Ejército y les reputa de traidores y cobardes. Pese a ser coreado, su incidente procesal es pequeño e irrelevante. Acaso seamos -curiosamente- los denostados periodistas quienes le demos una relevancía de la que carece. Así, te preguntan: "Vaya rifirrafe el de ayer en Campamento". Pues no; menos de un minuto de salida de pata de banco y, en conciencia, ni una línea para la primera página. La primera vez que ves a Tejero te mueve a reflexión; a la segunda o tercera chulería te deja indiferente. Milans, en otro arco de este espectro, impresiona el primer día; el último conmueve.

Y así los tres meses de este juicio han transcurrido con más pena que gloria, bien es verdad, pero sin mayores sobresaltos. Esto en febrero parecía el paso entre Scilla y Caribdis y ha terminado como un paseo, militar, por supuesto. Fuera de Campamento hasta puede haberse albergado la errónea impresión de que los informadores allí acreditados hemos tenido que padecer algún tipo de violencia moral. Nada de nada. Nada que no pueda ser justificado por la nómina. Nada que no pueda ser soportado por el más pusilánime de los espíritus. Insultos y otras hostilidades fueron mínimos en Campamento, y hay que hacer honor a la verdad y admitir que defensores y familiares, mayoritariamente, trasegaron su amargo trago con dignidad y sin violencias. Y otrosí de los encausados (pese a los tres incidentes de este juicio); se cuenten como se cuenten las cosas, el caso es que se han sentado por tres meses ante un Tribunal y, excepción hecha de las anécdotas, han pasado por esa nada deshonrosa horca caudina.

Por una vez, tenía razón el Gobierno

Ya pasado el peor trecho de este tránsito habrá que reconocer que por una vez -y sin que sirva de precedente- tenía razón el Gobierno: lo importante era que el juicio se celebrara. Muchos de los encausados, junto con sus defensores, apostaron a la carta de que la sociedad civil carecía de arrestos y recursos morales para llevar este proceso adelante; creyeron firmemente que no habría juicio. Lo hubo, y largo, y aquellos esquemas quedaron trastocados. En este país, un teniente general y 31 jefes y oficiales del Ejército pueden calentar por tres meses un banquillo de acusados si pretenden vulnerar el orden constitucional. Eso era una hipótesis a principios de febrero y ya es un axioma.

Campamento, también, permite una aproximación personal y obviamente acientífica sobre la sociología militar. El Ejército español ni es golpista ni es fervoroso devoto de Juan Jacobo. Sencillamente está perplejo. En estos cinco años todos los ciudadanos hemos visto removidos nuestros horizontes ante los cambios políticos experimentados en el país. El oficial profesional ha salido de esa tolvanera como quien sale de un automóvil tras tres vueltas de campana y tiene la fortuna de resultar ileso: has visto la luneta cuartearse en cámara lenta, te invade la infinita paz que da la seguridad de que acabó tu estúpido peregrinar por el calendario, termina la agitación muscular, sales, te levantas, te palpas y te quedas estupefacto, siempre a medio camino entre el anonadamiento y la ira. Palpándose y estupefacto puede que esté nuestro Ejército ante un camino autonómico que no comprende, unas posibilidades socialistas que no ha estudiado, un terrorismo del que, a veces, se cree único recipiendario y ante una sensación, injusta a todas luces, de rechazo desde el fervor democrático.

Terreno abonado para un estadista. Este país tiene pendientes las asignaturas autonómicas y militares, y estas últimas son las más fáciles si se abordan con un mínimo de sentido común. Oliart ha sido debelado como buen ministro de Defensa porque en una ocasión pasó revista a la división acorazada desde su auto (caía un aguacero) o porque en sus noches toma un folio en blanco y cultiva la métrica. Pues por eso, y con todos sus errores, ha sido un buen ministro de militares. Culto y pausado, tras Rodríguez Sahagún, ha repartido paños calientes entre los resquicios de unas Fuerzas Armadas doloridas. Ha sido un conciliador dotado de la siempre aparente debilidad de los hombres fuertes: ha sentado en el banquillo a los de febrero y ha terminado el juicio. Quienes reclaman gestos azañistas -"Si usted tira la silla yo tiro la mesa"; a más de despachar con los generales manteniéndolos de pie- penetran en los pantanos de lo peor de Azaña, tan buen prosista, tan mal literato, tan excelente estadista y tan mal político.

Y lo que se advierte en el patio de Campamento es ese oficial medio, estupefacto, perfectamente rescatable para la dirección que ha tomado la sociedad civil; pero ni a puñetazos en la mesa ni a empujones. Por supuesto que se ven oficiales con panfletos en la mano y hasta generales que te sugieren un cambio en tus costumbres amatorias cuando no entienden lo que escribes, pero no pasan de ser extrapolaciones de un cuerpo común bastante sensato. El nuestro, en suma, no es un Ejército golpista; es un Ejército estupefacto a la espera de un objetivo profesional. Con soporte financiero para una "force de frappe" (la solución De Gaulle a la crisis de Argel) aquí no había más problema militar.

Tan largo proceso también ha puesto de relieve la vieja tensión entre soldados y periodistas. Vieja querella entre arpías de la misma camada. Unos y otros son de idéntica cuerda, madera, madre, carne de aventura, arranques imprevisibles, gestos heroicos, salidas imprevisibles. Se ignora por qué se llevan tan mal. Acaso Campamento, como campo de experimentación, haya servido para que ambas profesiones se conozcan mejor. Bien es cierto que: se parte de dos supuestos arterarriente falsos: un segmento del estamento castrense tiene a la Prensa por antimilitarista, y una parte de la profesión periodística tiene al Ejército poco menos que por enemigo natural del libre albedrío. Al margen del mutuo desconocimiento sólo se puede cosechar aquí la debelación por parte de los fascistas del derecho a las libertades informativas y el temor a Pinochet que todo ciudadano que se precie -periodista o no- alberga en su alma. Luego, mezclados en el patio de armas de Campamento, adviertes que las diferencias se diluyen y que periodistas y militares tienen más puntos en común que diferencias y que ambos procuran un bien superior.

Falsa cortina entre civiles y militares

Y esa falsa cortina entre civiles y militares se descorre cuando recapacitas en una sociedad, cierto que nada militarista, pero apasionada por los juegos de la guerra. Juan Benet o Sánchez Ferlosio podrían pasar horas discutiendo en qué ocasión fue cerrada con mayor acierto una de las tres "tes" navales de la historia: Jutlandia, Port Arthur o el estrecho filipino de Surigao. Y pena de que la fuerza naval argentina no abandone sus bases, por ver si en el estrecho de San Carlos se vuelve a dar la olvidada e improbable orden de formar línea de combate en la esperanza (casi de obseso ajedrecístico) de cerrar una vez más la "T". En suma: este es un país de aficionados militares que, lógicamente, mantiene relaciones de competencia absurda con los profesionales de la materia. Pero el caso es que unos y otros estimamos que nos odiamos cuando en el fondo nos parecemos demasiado.

El juicio también ha sido una representación y corolario de pasiones. Es incierto que los dipsómanos y los niños sean los mejores exponentes de la sinceridad, entendida como limpieza psicológica. Los más sinceros, por más que mientan, son los encausados. Milans (que hace carreras con la medalla militar prendida en el "chándal") sólo piensa en que su pena puede obligarle a vestir uniforme de soldado raso y prescindir del honor de tres ayudantes. Armada es una continua oración y un deseo patente de recluirse en su pazo de Galicia al calor protector de su familia (antes que un militar es un alma dolorida). Tejero ya lo dijo en el juicio: "Yo soy de los que creo que si se golpea esa pared con la cabeza acabará por ceder". Piensa ya en cómo abandonará su cautiverio y de qué manera urdirá su tercer golpe de mano contra este Estado. Un psicópata vestido de verde y querido por sus guardias. Cortina: el agente secreto que, como todos los agentes secretos por convicción, ama la autoinmolación ("Por encima de ti y de mí está España", le dice a su novia). Muñecas: esa mirada fría y contenida que no golpea en vano; como las horas sus palabras siempre hieren y la última mata. Un caballista que no pierde el tiempo. Pardo Zancada: la gran esperanza blanca de los golpistas, presentado como oficial casi mitológico ha resultado un ídolo de barro ordenancista, burócrata y contradictorio. Y así podría retratarse a los demás, incluido ese paisano que oculta tras la tienda de campaña de su chaqueta la conspiración civil no encausada en este juicio por la nunca agradecida prudencia de una democracia que sigue negándose no ya al ajuste de cuentas histórico, sino ni siquiera a una exacta justicia pormenorizada. Y además se quejan.

La verdad es que visto este juicio para su sentencia poco más que al principio sabemos sobre aquellos sucesos. Convencimientos morales (de los que tendrá que abusar el Tribunal para redactar los hechos probados), evidencias recabadas de la lógica de las cosas, deducciones traídas por los pelos del sentido común y un cúmulo de verdades a medias que enredan esta historia contada por un mentiroso antes que por un loco. La verdad del 23 de febrero tardará en saberse y no lo será por los libros que redacten sus protagonistas. Pero de las sentencias, ahora en sus vísperas, este país espera el final de la saga de los generales bonitos, la erradicación de los espadones y la remisión de los visionarios militares (o de cualquier otro oficio, que los hay) al juez de guardia.

El recinto campamental está siendo desguazado. Se retiran los camiones de Intendencia y se desmantelan los barracones de telefonía y transmisión gráfica. Se enrrollan las alambradas tendidas, se almacenan las vallas de "Línea de policía, no pasar" y se devuelven a Tierno Galván banquitos y plantones vegetales. Los círculos de Policía Nacional que alcanzaban hasta la plaza de España ("Aquí alguien podrá hacer una barbaridad, pero no se escapa", afirmaba su responsable) tomarán otros destinos. La seguridad interior de la Guardia Civil registrará otras pertenencias. "Herr" y "Negro", dignos de las páginas del hermano listo de Lawrence Durrel -Gerry- olisquearán otras esquinas en busca de la goma que mata. Es el siempre necesario desmoronamiento de la memoria y el arrumbe de las miradas, las horas, recelos, depresiones, euforias, amistades vanas, odios innecesarios, aciertos y fracasos, aguante y miserias de los días de Campamento.

19/5/82

Peste a bordo (19-5-1982)

La vista por los sucesos del 23-F quedó aplazada hasta el próximo lunes en la sesión de ayer que se prolongó durante una hora y media, tiempo en el que leyeron sus informes los letrados Hernández Griñó, defensor del teniente Santiago Vecino, tras la renuncia de éste a su anterior defensor, Alfredo Nieto, y Manuel Novalvos abogado del también teniente de la Guardiá Civil, Manuel Boza. Hernández Griñó insistió, a lo largo de su exposición, en los conceptos ya utilizados por el mismo letrado en su defensa del teniente Ramos Rueda, en el sentido de que su patrocinado no tenía ánimo delictivo al acudir al Congreso, por lo que pidió su libre absolución. El letrado Novalvos señaló, por su parte, que la única prueba que existe de que su defendido, Manuel Boza, agrediera al teniente general Gutiérrez Mellado durante al asalto al Congreso era que áquel aparece en segundo plano en una fotografía. Por lo demás, la sesión de ayer registró la ausencia de siete procesados en Campamento.

La tropa de Campamento comienza a parecerse peligrosamente a la tripulación conradiana de un velero desarbolado, sin gobernalle y a la merced de los señores de los vientos. Ayer hubo reyerta verbal y reto, y se detectó una epidemia de rubeola. Sólo nos falta el escorbuto para ganar plaza en las gacetillas marítimas como navío fantasma o en trance de darse por perdido, o enarbolador del gallardete amarillo de los buques infectados. La rubeola -peor que la amenaza de un par de bofetadas- sentó sus reales la pasada semana entre varios soldados de Campamento, ya hospitalizados, y, ayer algunas señoras comentaban preocupadas su reciente adquisición de infartos ganglionares, ronchas, sarpullidos, manchas extrañas sobre sus epidermis, propias de una amenaza infectocontagiosa. Lo dicho: la atmósfera mefítica, sólida, pesada y aplastante del buque fantasma perdido en el calmón de algún mar que no figura en las cartas de marear.La reyerta fue matinal y sin mayor importancia. Nieto Funcia (defensor del teniente de la Guardia Civil Santiago Vecino) accedió temprano a Campamento, en suMercedes de siempre y acompañado por un hijo y dos nuevos compañeros: la escolta policial que le han asignado desde la noche del lunes. El Tribunal y el jefe de la Relatoría del Ejército le informaron oficialmente de la renuncia de su defendido a sus servicios, firmó la aceptación y con la toga en su bolsa de damasco rojo enfiló tranquilo la puerta de salida. Pardo Gayoso, coronel y abogado, ayudante de la defensa de Tejero, falangista con añoranzas ácratas, ex-gobernador civil de Jaén, hombre inmenso que presume de puntería y de resolver las querellas a la usanza de los hombres machos, le tildó de cerdo. A más del reto físico final. Nieto Funcia se vió rodeado de periodistas -"Míralos como van a bailarle el agua"-, relajado y sonriente, cuando una señora casi le pasa por la cara un ejemplar de Diario 16 que insertaba en su primera página su fotografía y su caso. Nada. Vocerío de cubierta. Y el comentario de 1 abogado Nieto sobre la amabilidad del Tribunal y su excelente disposición hacia los tenientes de la Guardia Civil envueltos en esta causa.

Fue sustituido (se hizo una gestión sin éxito para que el abogado Manuel Novalvos se ocupara del informe) por el teniente de aviación y letrado Hernández Griñó, quien despachó la papeleta en diez minutos, con voz neutra y remifiéndose a lo dicho a cuenta de su propio defendido. La verdad es que no son precisos grandes esfuerzos procesales con los tenientes de la Guardia Civil. Está cantado que con la prisión preventiva ya cumplida y públicas las sentencias, se marchan a la calle.

Manuel Novalvos, el último informante del proceso (defensor del teniente de la Guardia Civil Boza Carrasco) es uno de los abogados típicos que han venido a esta causa a hacer Derecho. Jovial, protagonista como padre de un natalicio tardío entre la tripulación de Campamento, profesor de clases nocturnas en su Facultad, además no cobrará su minuta. Quiere la experiencia y el pasar por un juicio histórico. Allá él si, como otros de la misma línea profesional, archivan sus minutas en las carpetas del lucro cesante. Puede que sus defendidos carezcan de posibles, pero en la trastienda de la asonada de febrero hay dinero para pagar algo más que minutas millonarias. Tal como están las cosas es preferible que la financiación se drene hacia los profesionales de la toga.

Buena defensa, pulcramente trabajada, que obvia la menor politización, desdeña el manido estado de necesidad y se aferra al palo de mesana de estos alegatos en favor de los tenientes: que obedecían órdenes legítimas. O al menos de sus mandos legítimos. Aduce como eximentes la obediencia debida y el haber despuesto armas sin hacer uso de las mismas. En un celo profesional que le honra, pero que no deja de ser un exceso, pide para su defendido la aplicación del artículo 121 de la Constitución, para que se le reparen económicamente los daños y perjuicios sufridos por lo que tiene como "clarísimo error juidiciál". Como los demás tenientes, Boza Carrasco saldrá con bien de esta, pero conviene resistir tenazmente la tentación creciente en Campamento de repartir sobres, parabienes y medallas.

Hoy hace tres meses que bajo una inmisericorde manta de lluvia buscábamos por la carretera de Extrernadura la dudosa dirección del Servicio Geográfico del Ejército. El dato retrata la barbaridad política de procesos militares, tan dilatados. Un alto funcionario, agostado por el tormentón que estos días ahoga Madrid, apuntaba": ¿Pero os acordais que aquí vinimos con abrigo?".

La lentitud ha servido para todo. Esposas de procesados han redactado cartas personales, de mujer a mujer, a las esposas de los consejeros del Tribunal. En síntesis: "Mi querida amiga: como mujer perteneciente como tú a la familia militar te ruego te unas a mis oraciones para que tu marido sea capaz de dictar una sentencia justa en esta causa...". Los niños en los mismos colegios, pobladores de las mismas viviendas, compradores del mismo economato y farmacia militar... y con la solidaridad femenina trabajando en las intimidades para la noble causa. Habrá que sentirlo por los niveles de adrenalina de los oficiales generales consejeros que forman el Tribunal. Mueve a sorpresa que el capitán de este navío, metido casi a la fuerza en el camarote del "Gómez Ulla", recuperado ya de su úlcera "de siempre", haya pretendido volver al puente de esta embarcación. Muy probablemente los buenos oficios de Pedrol Rius, decano de la abogacía española, hayan convencido al teniente general Alvarez Rodríguez de que no retomara la presidencia efectivadel juicio.

¿Qué nos queda? El próximo lunes, al calor de los resultados electorales andaluces, dirá el fiscal si hace uso de su derecho de réplica. Si hace tal abre a las defensas la posibilidad de la dúplica y entraremos en otra derrota ininteresante y dilatoria. Presumiblemente renunciará a ese último turno o será muy breve. El caso es que aquí ya no hay más tela que cortar. Después se concederá la palabra a los justiciables por si tienen algo novedoso que aportar en su descargo. Tiembla el misterio. Muchos están a la máquina llenando folio tras folio. De voces, aplausos y gesticulación para la galería no nos libra el zozobrar final de la travesía. Luego el Tribunal tiene ocho días hábiles para dictar sentencia. Se reunirán donde decida Gómez de Salazar, presidente en funciones. Se les ha aconsejado, por razones de seguridad fisica e informativa, la reclusión en algún parador nacional. Y en los primeros días de junio los abogados defensores serán requeridos a la sede del Consejo Supremo de Justicia Militar para oir las sentencias. Al tiempo los periodistas serán citados -puede que en el propio Campamento- para dar publicidad a las mismas. Esta nave de locos, apestada, sin jarcias, agotada, entre miradas y palabras de jaque, pintará la cruz de su última marcación en su extraña y errática singladura.