16/10/82

En el autobús (16-10-1982)



"Para mí es difícil imaginar que me tengan odio; yo no hago política contra nadie y, en consecuencia, no me siento amenazado". En su habitual contacto con la Prensa en el autobús, Felipe González contesta así, acaso con un deje de tristeza, al periodista anglosajón que le inquiere sobre su seguridad personal y las posibilidades de un atentado. En cualquier caso, las medidas precautorias en rededor del caballo socialista son notables, por más que discretas. La seguridad interna del PSOE se empleó a fondo en León, para mayor disgusto de seguidores y simpatizantes.Periodistas extranjeros, también, embarcados en el autobús, no acaban de comprender este invento rodante, fuera de la caución de evitar avionetas o helicópteros particulares. Aun así, estimo que Felipe González ha optado por el bus antes por las posibilidades de oficina rodante que le ofrece que por sus dudosas condiciones de seguridad. En su parte trasera, el bus tiene instalada una cama y un área de despacho, veladas de mi radas exteriores por lonetas des cendentes. El bus de los periodistas avanza detrás, aprovechando todos la más mínima recta para pergeñar una entradilla. Entre ambos, o delante, o atrás, siempre serpenteantes, el Peugeot gris azulado, blindado, de Felipe, conducido por sus fieles Juanito Alarcón (Johnny Falcone) o el Galleta, monitor de esquí, más otros dos autos con escoltas. Junto a Carmen Romero revolotea, circunspecta, una mujer con una pistola en el bolso: su escolta gubernativa. Nada aparatoso ni que aísle al líder socialista de su peripatético entorno natural.

Los dos bus se comunican, llega do el caso, mediante radioteléfonos y siempre que es necesario, Felipe, acompañado de Julio Feo -jefe de la campaña-, sube al autobús de la Prensa. Felipe toma el micro, y medio incorporado sobre uno de los asientos delanteros, como un azafato de viaje, va contestando a los periodistas mientras la caravana prosigue su curso a marcha reducida para facilitar la filmación de las televisiones. "Las Fuerzas Armadas", dice, "quieren, como todo el mundo, un Gobierno que sea capaz de gobernar. No creo que una Administración socialista propicie un nuevo golpe de Estado. La democracia se consolida con la alternancia en el poder. Pero, sea como fuere, no me parece posible que este Gobierno investigue hasta sus últimas consecuencias las intentonas de asonada. La verdadera investigación se producirá a partir del próximo 28 de octubre, porque los socialistas tenemos, primero, voluntad democrática y creemos en verdad que sólo el Estado tiene, el privilegio de la fuerza, y en segundo lugar, por un elemental instinto de conservación".

"La democracia tiene derecho a defenderse"

Felipe, pese a las ronqueras, argumenta con un veguero Cohibas entre los dedos, que fuma deficientemente, por cuanto Julio Feo se lo reenciende periódicamente, a escondidas del paciente médico José Luis Moneo. "La democracia tiene derecho a defenderse, y toda la legitimidad para hacerlo. Que Tejero se presente a estas elecciones no es malo para este país. Más vale comprobar el ridículo en el que puede caer y el que tan singular candidato entre por unos caminos de racionalidad, que son los que diferencian a la persona del animal".

Luego, mitin tras mitin. Felipe, día tras día, con los mismos pantalones de franela gris, camisa celeste y jersei azul arremangado. Tras un arengario, a la izquierda de una mesa corrida en la que toman asiento los líderes locales. Y el invariable telón de fondo con el "por el cambio", más el emblema partidario. "No se piden debates al presidente del Gobierno, me los piden a mí, como si yo hubiera estado gobernando España. Me da la impresión de que se están peleando entre ellos por ver quién va a ser el segundo, no por ganar estas elecciones. "Yo no sé si nosotros vamos a ganar, pero me parece bastante probable que los demás no van a triunfar. Pues que se acostumbren a vivir como ciudadanos normales, en la oposición. Y si no, los insolidarios se van a encontrar con el artículo nueve de la Constitución. Nos critican lo que podemos hacer en el futuro y olvidan que no se puede hacer peor lo que ellos han hecho. Nos dicen que no estamos maduros, cuando ellos están podridos. Atacan nuestro programa cuando ellos llevan cien años sin programa. Nos acusan de querer intervenir la economía; me he pasado el verano ha blando con empresarios y trabaja dores que me pedían la intervención del Estado en sus empresas para salvarlas. Ojalá no tuviéramos que intervenir en estas empresas que necesitan del dinero de todos para sobrevivir".No hay, ambiente de campaña

Por lo demás, la campaña está prácticamente hecha de antemano, empedrada sobre los errores, insolidaridades y egoísmos de una derecha que, como el escorpión ante el peligro, se ha terminado envenenando a sí misma. 'Pero si Oscar Alzaga ha estado trabajando de asesor de Calvo Sotelo hasta poco antes de marchar en socorro del partido de Fraga..." Tal como están las cosas, es dudoso el ejercicio intelectual de los ciudadanos inclinados trabajosamente sobre programas electorales. Las grandes opciones políticas fueron echadas al tablero ya antes del 23 de febrero, y ni la mejor y más esforzada de las campañas Landelino, Fraga- las va a enderezar. Nos decía Felipe, y con razón, a la salida de una ciudad gallega en la que los altavoces de AP con la cancioncilla de María Ostiz nos habían retumbado los oídos machaconamente cuando en el hotel cada uno quería trabajar: "Yo esto se lo prohibo a mi partido, que saturen y molesten a los ciudadanos".

Así las cosas, Felipe, probablemente con razón, se siente ganador y trabaja su diseño de Estado. Siempre que los horarios y el trazado de las carreteras lo toleran, regresa a Madrid, por más que sólo pueda pasar unas horas reunido con su cuartel general. En el parador de Ribadeo -feudo de Calvo Sotelo- almuerza la comitiva, casi deliberadamente, mientras el actual presidente inaugura su participación en la campaña visitando un asilo de ancianos. Felipe se coloca la gorra hanseática de Helmut Schmidt. "Solidaridad' con los vencidos", comenta ante las fotos. O con los traicionados, se le aduce. Luego, contra las barandas sobre la ría, posamos todos para que nos vean nuestras mamás en televisión.

Y rápidos, al bus, para seguir cruzando pueblos adormecidos en una campaña -la socialista- que prácticamente ni siquiera reclama el voto, sino ese atrayente y difícil pacto nacional entre el partido socialista y la sociedad. No hay ambiente electoral, es verdad, acaso porque todo se tiene ya resuelto de antemano. Pero dos autobuses mareantes y obsesivos recorren España como un fantasma moralizante y vindicativo. Como no vivimos en el futuro no somos contemporáneos del presente e ignoramos -todavía- el cambio socialista que viene rodando dentro de estos autobuses. Algunos. socialistas utópicos se frotan las manos -"este país, en cuatro años, no lo va a reconocer nadie"-. Otros, más históricos, estiman que lo van a sacudir como a una alfombra. Me parece que la actual dirección socialista se dará con un canto en los dientes si le puede quitar el polvo y eliminar a las polillas.

15/10/82

P. N. contra M. N. (15-10-1982)



Noche de abril de 1976. La casita madrileña de dos plantas de Miguel Boyer. Desde el piso de arriba Fraga, entonces ministro de la Gobernación, atrona la paz nocturna de la casa: "Yo cogería una cuerda, se la ataría a los cojones de los terroristas y los colgaría hasta que murieran". Los demás asistentes a aquella extraña cena, casi clandestina, permanecen estupefactos. Luis Gómez Llorente, con la pipa entre los dientes, interviene para hacer una tímida pregunta.-Pero eso ¿lo dice usted como profesor universitario?

-Lo digo como lo que soy, como político, y si como político le tengo a usted que romper la pipa, se la rompo.

Felipe González, que era el sujeto de la cena, le replicó adecuadamente. Fraga perseguía tras Felipe un nuevo y peculiar pacto Cánovas-Sagasta, con exclusión de los comunistas, y una primera y prolongada alternativa de la derecha representada por él. Desairado, Fraga lanzaba puyas a Gómez Llorente, sentado casualmente a la cabecera de la mesa, en el supuesto de que era él el propietario del edificio. ("Pues yo, que no soy socialista, nunca tendría una casa como ésta"). Al final, imperativo, le espetó a Felipe, que se encontraba en libertad condicional.

-¡Usted depende de mí, porque usted en este momento no es nada!

-Acuérdese de lo que le digo, contestó el aludido. Antes de cuatro años dependerá usted de lo que yo y mis ideas representamos mucho más de lo que yo ahora dependo de usted.

En el piso de abajo, la mujer de Boyer, dueña de la casa, creía ante el vocerío que arriba se estaban pegando.

Es esta una anécdota ya histórica y no poco conocida que recobra toda su frescura en estas horas electorales tintadas por el duelo aunque sea marginal, entre Fraga y Felipe. Aun cuando este último reafirma su empeño en no ser sectario y hace referencias intelectualmente elegantes al líder de Alianza Popular, como autopreguntarse sobre el franquismo de Fraga, teniendo en cuenta que aún en aquel supuesto fue acaso el único franquista que intentó reformar el franquismo. O admitir la sinceridad de su populismo.

No obstante, sigue en esta campaña marcando diferencias importantes en el matiz de sus intervenciones entre Alianza y la UCD. Y aunque en los mítines apenas cita a los comunistas, sabe ser corrosivo. con Carrillo en los contactos periódicos que mantiene con los periodistas. Una de las constantes electorales del candidato socialista (ésta es una clarísima campaña presidencialista, aunque lo sea contra natura legal) es no ir contra nadie y limitar los ataques imprescindibles a la recogida de guantes que se va encontrando por el camino. "Pero qué es eso" dice Felipe, "que dice Fraga sobre el regreso de las hordas marxistas y de la reconquista de España desde el norte?". Y se explaya, en público y en privado, sobre el pacto nacional que procura. Viene a decir Felipe González que los únicos países del Occidente industrializado que están saliendo de la crisis son aquellos en los que el pacto social y político se ha llevado a puerto, y las consecuencias de las vacas flacas se han repartido solidariamente entre todos. Cita a Austria como ejemplo. "Ahí tenéis a Bruno Kreysky, hecho un anciano y al que van a obligar a presentarse a la reelección". Y un diseño de los dos pivotes sobre los que, quiere articular ese cambio que va vendiendo por España metido en un autobús: la realidad -esa compañera tan fiel y tan terca- que dará, dice, moderación a los cambios que quiere introducir en la vida del país. Y la radicalidad con la que quiere extraer los tocones de los males de España. Un nuevo regeneracionismo. Para ello persigue una alternativa nacional y no partidaria. El pacto nacional contra el movimiento nacional.

"Meta en la Constitución a sus amigos franquistas"

Y le da trabajo a Fraga: "Meta usted en la Constitución y en la defensa de las libertades a sus amigos franquistas. Apártese usted de ese filo de la navaja en el que está y caiga del lado del progreso y la libertad". Ante las grandes masas (ayer en el abarrotado campo de fútbol de Oviedo, anteayer en Coruña, la iconografia socialista ha perdido el rojo; cientos de globos blancos portan el puño y la rosa o elevan despacio fotografías de Felipe) explica el cambio socialista con un símil que parece serle muy querido: "Este país es como un coche marcha atrás. Y no podemos meterle la ' primera de repente porque romperíamos la caja de cambios. Primero hay que detener la regresión y luego ir poniendo poco a poco las marchas hasta llegar a la directa".

Felipe está bien y va traqueteando sus problemas de voz. Mientras Carmen Romero, su esposa, se marea.como casi todos los demás en estos prototipos de autobús de los que ya fueron cobayas los futbolistas del Mundial y ahora nosotros, él va releyendo los perfiles del programa económico socialista. "Tengo una salud insultante". Hace poco se afirmaba públicamente que tomaba cortisona y que por ello se le hinchaba la cara. En Vigo unas señoras le comentaban al saludarle eñ el hotel: "Es usted más delgado de lo que parece por televisión". "Es que me sacan los mofletes para que parezca más gordo". Y una de las secretarias de Felipe recibió hace poco una llamada peculiar. José Manuel Lara, editor de éxito, estaba empeñado en recomendar a Felipe su psiquiatra particular. "Porque le veo muy deprimido". Repitió la llamada dos veces hasta que fue sutilmente remitido al origen final de su llamada.

14/10/82

Con el caballo ganador (14-10-1982)



Felipe González está haciendo una campaña de jefe de Estado bis. O, cuando menos, cabría aplicársele aquella observación del candidato recogida por las memorias de Galbraight: "Si para ser presidente tengo que estar todo el tiempo con los brazos por encima de la cabeza, no quiero el empleo". Así, nada de vallas de multitud, abrazos, estrechamiento de manos y otras concesiones alabadas por vana cordialidad electoral: diseño de campaña en tonos no excesivamente hirientes y con cuidado del desmelenamiento de las formas que puede esperarse de la tensión partidaria. Felipe acaba su arenga y, serio, se retira por detrás de los tinglados del escenario, un tanto impasible ante el griterío, como abrumado por una carga que ya siente sobre sus hombros, embutido entre gorilas físicamente pegados a él, y trepa rápidamente a su autobús electoral, que espera con las persianas de lona bajadas.Mítines sobrios, con escasa escenografia y aún menor profusión de banderas, eslóganes, focos, puños, cánticos y demás parafernalias mitinescas. Felipe llega, imparte su clase de magisterio de costumbres y al autobús, que abandona escopeteado la ciudad, como en un mensaje adicional y subliminal de que ya se ha perdido en este país demasiado tiempo y que el presente hay que administrarlo con criterios de usura.

Ritmo infernal, que se traduce en los dos autobuses del Mundial (los de Perú y Austria), blancos con acribillamientos rojos, que ahora duermen bajo la ventana del hotel. Navega por las infames carreteras gallegas, haciendo suspirar a sus ocupantes por una cajita de Biodramina ante las excelencias de su suspensión. En ellas se trabaja, se lee, se discute, se dormita. En la noche, algunos autos que se cruzan con la caravana de autobuses (más tres coches con escoltas) hacen parpadear sus faros a modo de saludo. Vaguean las lunetas, empañadas por una calefacción excesiva; un periodista cabecea profundamente dormido, sujetando su boceto de crónica en la mano; el equipo de Televisión Española (que estrelló su auto hace unos días) revisa su vídeo a la luz espectral de la minipantalla de su cámara. Carretera, kilómetros, silencio, cansancio.

Felipe cuida su garganta: los gallos hacen terner por la suspensión de algún mitin. El martes suspendió una entrevista personal con un periodista que volaba con él a La Bacolla. Antes coincidió en Barajas con Adolfo Suárez, que tomaba el avión a Extremadura. En la primera fila de la clase turista, él -junto a la ventanilla-, Carmen -su mujer, cuya expresión y actitud son una suma de discreción por el elogiado papel decorativo que le toca desempeñar- y su jefe de seguridad. Toma tierra el avión entre bamboleos y maniobras inmisericordes, palpando el suelo entre una niebla reptante. Aplausos cerrados que se daban por perdidos. Comentarios a mi espalda: "Como la mayoría de los pilotos son de derechas, éste ha querido darle un susto a Felipe". El autobús surge por las tierras de Fraga.

Más gente mayor que joven. Una anciana espera dos horas en su aciago, mojándose, la llegada de Felipe. En Lugo, en fiestas, los jóvenes pasean y consumen la tarde en las cafeterías, a pocos metros del acto electoral, y otros siguen entusiasinados,bajo los paraguas. En Orense -dominio de UCD- es mayor el énfasis del público, y Felipe se crece y trepa por su afonía. Hace reír al auditorio ("Yo no sé si los socialistas sere mos capaces de Conseguir que Pío Cabanillas no esté en un Gobier no, aunque sea e4 nuestro". "Sólo catorce diputados de UCDse han quedado sin globito" -por las gabelas-). Y más cirio, un poco en la línea de aquel "anoche tuve un sueño" de Martín Lutero King: "Cuando venía aquí en mi coche pensaba en que si Fraga formara Gobierno, nos encontraríamos a Antonio Carro de ministro. Y yo no creo que el pueblo español quiera regresar a los Gobiernos franquistas" (entusiasmo generafl zado).

El mismo discurso

Obviamente, el candidato repite el mismo discurso, estructurado en segmentos móviles e intercambiables, automemorizados con el socorro de un magnetófono. Y su mensaje carece: de adherencias ideológicas e incluso partidarias; Felipe González, constante dos veces por día tres veces los festivos), da una lección de ética y de moral, y hay que trabajar y trabajar bien, y hay que cumplit los horarios; debemos ser solidarios; que se deben acabar los privilegios y los salarios multiplicados de los políticos en el poder; que este país yace, pero puede ser levantado por todos, y también a los empresarios deben exigirles rentabilidad y eficacia. . . Y alusiones explicativas y continuadas al apoyo que su partido continuará prestando a la escuela privada ("por más que yo me oponga a las escuelas privadas"). Apenas entra en la política diaria, excepción hecha de su condena encendida de golpistas y terroristas y de la lenidad del Gobierno para con los primeros.

Pero el grueso de su mensaje se reclama de la ética y la dignidad tradicional de la izquierda como un epígono de la sociedad fabiana. El cambio que vende el caballo ganador es la bisagra que gira desde el egoísmo hasta la generosidad, desde la indolencia hasta la actividad. No digo que el caballo ganador reúna tal repertorio de excelencias, pero sí que éste es el clarinetazo que significa la campaña que está haciendo. Su grito estentóreo: "¡Este país está lleno de agujeros!". O el ejemplo de Olof Palme, que gana menos que el jefe de Prensa de un organismo público español y abona al fisco sueco el 80% de su salario.

Lo dicho: ética y hasta estética del comportamiento público. Incluso sus contrarréplicas a Fraga siempre van teñidas de educación mordaza más de que el espeso acento sevillano acaba dejando romas muchas de las aristas. Es la llamada clásica de la izquierda, en un sentido amplísimo y poco conceptual, por la moralidad de la vida pública. Helga Soto, responsable de Prensa de este partido, pasaba hace unas horas por el legado de mamparas y pasillos del cuartel general electoral, a mis espaldas, en procura de la calle. "A la izquierda, a la izquierda". Me vuelvo, inquisitivo, y, sonriéndome con las cejas sobre sus ojos oxidados de azul, insistía suavemente: "Siempre a la izquierda".

25/6/82

Su turno (25-5-1982)

El teniente coronel Tejero fue expulsado ayer de la Sala en la última sesión del juicio oral contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23-F, después de haber manifestado su desprecio "a gran parte de los mandos, por su cobardía". El presidente del Tribunal declaró vista para sentencia la causa, tras una sesión pródiga en incidentes protagonizados por el público. El presidente del Tribunal ordenó la expulsión de la Sala de un grupo de familiares de los procesados. En el turno de alegaciones de los procesados, el teniente general Milans del Bosch afirmó: "Muchos militares pensaban en 1981 que, bajo el mando del jefe supremo de las Fuerzas Armadas, podíamos propiciar un golpe de timón. Esta es la verdad de esta causa y lo demás son detalles. En idénticas circunstancias volvería a actuar como aquel 23 de febrero".

Ha sido su jornada. Se les debe tras estos tres meses de proceso librementre tratados por la opinión pública. Se han levantado y han hablado. Con quince minutos de retraso comenzó la jornada de ayer -última de esta causa- para depararnos lo ya intuido: que el ministerio fiscal no tenía intención alguna de replicar. Por lo demás, cada encausado ha hecho uso de su derecho a la palabra, para hacer o no uso de ella.La función apenas ha durado la sesión de la mañana, siempre presidida por la pregunta de Gómez de Salazar de "¿Tiene algo que exponer ante este Tribunal?", expuesta en tono amable. Bastantes se han levantado y han dicho que "sí". Quienes han deseado replicar se han levantado y han avanzado unos pasos hasta alcanzar un micrófono de pie, pocos metros antes de la izquierda del Tribunal. Desde ahí, y sin sentarse, han leído o improvisado sus últimas deposiciones en esta causa.

Milans, usando un texto, estima que siempre ha amado a España, alude a que siempre ha adaptado su vida a pensamientos básicos sobre el honor, el deber, etcétera y que aquella larga paz propiciada por una guerra de liberación, hoy escarnecida y vilependiada, le empujó para prepararse civilmente. Vista la desmembración de la patria (crisis autonómica, crisis económica, crisis de valores morales), estimó que la situación era tan grave como la de 1.936. Y el 23 de febrero de 1.981 actuó por indénticos ideales. Creen el 23 de febrero que se les llama por salvar a la patria, por dar un golpe de timón, por salvar al país en función del artículo octavo de la Constitución y obedeciendo órdenes del Rey, cuyo confidente era el general Armada. No se afirma si se jugó con dos barajas o si se vaciló. Relevo de toda responsabilidad a quienes me siguieron, junto con mi mayor desprecio por quienes no asumen sus responsabilidades. Tono neutro, tranquilo, respetuoso.

El general Armada estima que no puede aportar nada nuevo y que es innecesario un nuevo alegato. No tiene nada que acusar, nada que ocultar y nada que agregar. Se reafirma en su espíritu de servicio, en que siempre ha asumido sus responsabilidades, pero no las que no son suyas. Y un canto final, noble en su factura, por la felicidad y la concordia de los españoles. Leyó un papel, como Milans.

El general Torres Rojas habló ante el Tribunal: que siempre creyó obedecer órdenes del mando supremo de las Fuerzas Armadas. Pide a Dios que este sufrimiento tan enorme sea el último que padezca esta sociedad por la unidad indisoluble de España, su prosperidad y su paz.

Camilo Menéndez movió a la lágrima aludiendo a la Marina oficial, por la que se sentía maltratado, y a la real, de la que sólo tenía elogios. Critica a Enrique Múgica y al general Santa María por sus declaraciones como testigos y, tras ser llamado al orden, estima que él y hombres como él jamás eludieron sus responsabilidad. Se le quiebra la voz y afirma, como sus compañeros requetés, que "la victoria es de Dios y que a nosotros sólo nos queda la gracia del combate". Breves aplausos por parte de la Sala, que son obviados por el presidente.

Alegato del coronel San Martin

El coronel San Martín leyó tembloroso su alegato, acaso más indignado que nervioso. Hizo una defensa como jefe de filas de los encausados de la División Acorazada y extendió su perdón a quienes presuntamente le han agraviado e injuriado. En uno de los alegatos más prolongados y, sin pretender involucrar a nadie, según confesión propia, insiste en que hizo lo que hizo por estimar que el Rey lo deseaba y por tener a la patria al borde de la destrucción. Sale la DAC, afirma, porque lo manda su jefe y vuelve a sus acuartelamientos por lo mismo. ¿Dónde está la rebelión?. Alguna maldad se les escapa. Que mandos militares que no cita conocían el 23 de febrero con antelación y no están encausados, que se pudo evitar institucionalmente el 23 de febrero o que la orden de acuartelamiento -Alerta 2- dada por el Rey no significaba que éste hubiera cambiado de opinión. Asume la responsabilidad de sus hombres y los exonera. Resume lo que ha sido en estos tres meses: un hombre desesperado ante una carrera prometedora y destruida.

Ibáñez Inglés, el jefe interino del Estado Mayor de Milans, "hombre fuerte" entre los encausados, niega haber imputado al Rey responsabilidad alguna; después se deshace en elogios hacia Milans, niega la calificación fiscal de rebelión militar y acaba citando a Unamuno para llorar finalmente un entrecortado "¡Viva por siempre España!".

El coronel Manchado recuerda sus años de lucha en la sierra contra el maquis, los sacrificios y su papel como oficial de una generación puente entre la oficialidad de la guerra civil y la posterior. "Que Dios no me encuentre con las manos vacías". Casi mueve a pena.

Tejero monta su número menor. "Ante la gran mayoría de los mandos de las Fuerzas Armadas siento un profundo desprecio por su cobardía y por su traición a la patria". El presidente no le deja terminar la arenga y le insta a que se retire.

Retirada entre aplausos

Lo hace entre aplausos de muchachas jóvenes, que ni siquiera son familiares de encausados (han entrado a la Sala como visitantes) y que están acompañadas por la esposa de Camilo Menéndez y otras damas. Ante el altercado, el presidente ordena desalojar. La Policía Militar duda, mientras extrae sus porras. El presidente clarifica su orden: "Desalojen a los alborotadores, nada más". Van abandonando la Sala sin que la P.M., prácticamente, tenga que intervenir. Tejero, vomitado su despropósito, se ha retirado de la Sala. Incidente tenso y molesto, pero menor.

Un grito aislado de "¡Traidores!" precedió a la declaración del teniente coronel Pedro Mas: muy duro, defensor a ultranza de Milans y debelador (lo quiera o no) dé La Zarzuela. Estima que días antes del 23 de febrero un general de la III Región Militar (Valencia) fue recibido por el Rey quien le dijo que la situación política del país se aprestaba a cambiar. Tal recado le fue transmitido a Milans, quien se hizo su cuadro de situación. Y después insiste en lo tardío de la primera llamada del Rey a Milans aquella noche. Este es el hombre que cuando Milans abandona el juicio (asqueado) le sigue contraviniendo las órdenes del Presidente de la causa. Más que un ayudante se asemeja a un criado.

Pardo Zancada recuerda que habla acaso vistiendo por última vez su uniforme, que siempre ha dicho verdad y que la cambiante conducta de otros (abierta alusión al general Armada) les ha llevado a sus banquillos. Alusión de gratitud a sus capitanes de la Acorazada, a quienes exime de responsabilidad, a quienes como maestros le enseñaron las virtudes militares (varios miembros del Tribunal) y otras gracias varias.

El comandante Cortina recuerda que no puede hablar por ser miembro del CESID (Inteligencia de la Defensa) lo que puede aportar a su caso cierto grado de indefensión por más que no se queje. Alude a razonamientos viciados de error en su origen y llega a hacer un punto de poesía esotérica a cuenta del vuelo errático del águila que no puede ser seguido (todos pensamos en esa águila bicéfala cuya cabeza "más gorda" -según Pardo Zancada- es la de Armada). Que es ajeno a la conspiración y que el CESID nada tiene que ver en esta historia. Y que él ha trabajado por la seguridad y la libertad de los españoles, al margen de represalias insidiosas de otros servicios secretos extranjeros. (La CIA le denunció en su día como presunto oficial golpista. También es cierto que Cortina, entonces, pretendía descubrir una estación de escucha de tal agencia estadounidense en Madrid).

De ahí para abajo, en la escalilla jerárquica de los justiciables, o silencios, o dobletes sobre lo dicho por sus superiores o la tontería final del ruidoso y voluminoso único civil de la causa, Juan García Carrés. Este casi nos hace llorar a cuenta de sus sufrimientos en Carabanchel y estima que no pudo producirse ninguna rebelión militar el 23 de febrero, en tanto en cuanto este delito atenta contra la seguridad del Estado y entonces el Estado carecía, como ahora, de seguridad. Acabó su deposición con un "¡Viva España!" coreado por el público.

Los demás oficiales no citados abundaron, lógicamente, en su amor a España, a la disciplina, a sus jefes naturales (los obedecieran o no) y a su carrera; a más de grandes dosis lacrimógenas, y comprensibles, de recuerdos y agradecimientos sobre sus abogados, sus mujeres, sus hijos, hasta sus padres o abuelos ya fallecidos, y amigos en general.

Es su día y, su ocasión. Sería mezquino, tras tres meses de batalla legal, restarles ahora su turno aún so capa de comentario. Algo de patético ha tenido esta última jornada. Todos esperábamos alguna barbaridad final, y la realidad es que al márgen de la salida de Tejero esta última sesión ha resultado breve y tranquila. Lágrimas en los rostros de muchas mujeres, un punto mínimo de tensión ambiental y una emoción lógica y generalizada.

El veneno de un anónimo

El veneno vino de la mano de un panfleto, anónimamente atribuido a las comisiones militares, "aparecido" en los lavabos de señoras del Servicio Geográfico y, también, abiertamente distribuido por un comisionado teniente coronel del Ejército del Aire; en el se pone a caldo a casi todos los jefes y oficiales que han pasado por la causa. Ascensos y prebendas supuestamente indignos, señalamiento de posibles concubinas, alusión a hipotéticos asesinatos por venganza, enfermedades de la mente, falsedad en los testimonios, etcétera. Personas escasamente reflexivas tienen a algunos periodistas por debeladores de las instituciones castrenses. Este panfleto -que indudablemente "sale desde dentro"- destroza el oficio. Mal comienzo del final. Pero, sean como fueren las cosas, hemos llegado a este punto y aparte. El juicio está visto para sentencia.

6/6/82

Ante la botella mediada (6-6-1982)

El pasado 23 de febrero, primer aniversario de su felonía, los procesados por aquellos sucesos se negaban a bajar desde sus aposentos a la sala del Servicio Geográfico del Ejército donde estaban siendo juzgados. Exigían para reintegrarse a sus nada incómodos banquillos de peluche la expulsión y el procesamiento de Pedro J. Ramírez, director de Diario-16, a más de un apercibimiento del Tribunal a la Prensa; algunos abogados defensores ronroneaban amenazantes una hipotética retirada. El teniente general Luis Alvarez Rodríguez, Presidente del Tribunal, anonadado y con la úlcera en la mano, accedíó a expulsar al periodista pero se resistía a acatar más órdenes y albergaba serias dudas de que la Policía Militar arreara hacia la Sala a una tropa doblemente rebelde pero presidida por un teniente general galoneado por heridas en campaña y con la medalla militar individual.Antonio Pedrol, decano de los abogados madrileños, acepto el papel de mediador y hombre bueno; subió a hablar con ellos, desplegó esa astucia mediadora, cargada de matices que, según los entendidos, es imposible encontrar fuera de la circunscripción comarcal de Reus, y aceptaron volver a comparecer ante su propio juicio. Revestido con la toga y las magnificiencias de su decanato, pequeño de estatura, socarrón, con la mirada vivaz de un crío picarón, descendía Pedrol las escaleras camino de la Sala, delante de los encausados, casi (una de las muchas cosas que se le deben agradecer en esta causa) como uncabestro con puñetas, cuando escuchó a sus espaldas un estentóreo "¡¡¡Soy valiente y leal legionario!!!". Y así, con Pedrol abriendo marcha, Milans detrás y cantando a voz en cuello el himno de la Legión bajaron aquel día los encausados hasta los aledaños de la Sala de Justicia. Vivir para ver.

Ahora, cuando la Sala Segunda del Tribunal Supremo no tiene peor problema que encontrar una habitación -que no la tiene- lo suficientemente segura como para guardar los autos que le remitirá el Consejo Supremo de Justicia Militar, hay que recordar lo que han sido para este país los últimos quince meses y toda la agotada capacidad de sorpresa de quienes han seguido atentamente el juicio. Las sentencias remiten a la desolación y a la amargura, es cierto; y para todos. Acaso nunca una decisión judicial haya encontrado tan pocos valedores y tantos descontentos de tan distinta laya. Es cierto que para los ciudadanos demócratas, para no pocos militares y hasta para el sentido común, se han producido absoluciones que la razón no admite y penas harto benevolentes cuando quienes las imparten y quienes las reciben se reclaman orgullosamente de mejores ciudadanos por el rigor que voluntariamente han impuesto a sus vidas. Pero tampoco sería muy sensato que este país, admirable por las visicitudes que es capaz de soportar, cayera ahora del guindo como si no se reconociera en su historia contemporánea y palpara por primera vez los perfiles de la improvisación, la arbitrariedad, lo atrabiliario, el sentimentalismo, la irracionalidad, que distinguen a algunas de sus instituciones.

Hace quince meses, todavía al dudoso calor de los hechos de febrero, podía estimarse que lo mejor que podían hacer Tejero y Milans era suicidarse "aún cuando los suicidaran", tal como el general Silvestre en la carrera vergonzante desde Annual hasta Melilla. Volvió a la memoria la desconfianza de Franco hacia la Guardia Civil, el decreto de disolución del cuerpo que llegó a estar sobre su mesa a falta de la firma y el castigo final de rebaja de haberes (devengaban un 150% del salario militar y quedaron equiparados). Y abocados a conducir a los rebeldes ante un Tribunal ya hemos echado en el olvido los unánimes comentarios de café de tantos meses de zozobra: "El juicio no se celebrará jamás". Los abogados políticos de los golpistas y los militares involucionistas jugaron abiertamente esa carta de escepticismo y amedrantamiento civil. Pues el juicio se celebró. Iniciada la vista ¿quién daba un ardite porque aquello acabara con bien?. Pues con farífarrias, baladronadas, juicio paralelo (el único, el que han hecho los acusados contra las personas y las instituciones de la democracia), desacatos y hasta con el decano Pedrol presidiendo a su pesar una marcha legionaria de encausados sobre la Sala, el juicio más prolongado de nuestra historia y el tercero en duración en todo el mundo, terminó y se dictó sentencia.

Milans, sin uniforme

¿Quién apostaba un adarme -no ya hace meses sino hace cuatro días- a que Milans sería expulsado del Ejército por sus propios conmilitones?: Seamos sinceros con nosotros mismos y admitamos que muy pocos. La opinión pública, ahorajustamente indignada, debe conocer que el Tribunal de esta causa alcanzó por dos veces mayoría absoluta respecto al delito de Milans, sancionándolo primero con doce años (sin pérdida del empleo) y posteriormente con quince años. Fue necesario retrasar la firma de la sentencia para que los militares del Tribunal reflexionaran sobre las consecuencias que podría acarrear su comprensible inclinación a ser antes clementes que justos con un compañero.

Bien es verdad que la disparidad de criterios de dos bebedores ante la botella mediada solo deja opción -paradójicamente- a una conclusión a medias. El bebedor optimista estimará que la botella esta medio llena y el depresivo que se encuentra medio vacía La botella de las sentencias admite también las dos contemplaciones por más que los ciudadai,os estén en su derecho de quererla llena. Y tampoco es cosa de dar una fiesta a los amigos por cuanto después de recibir una paliza el agresor ha tenido el detalle de dejarnos con vida, pero sea poco o mucho hay que admitir el esfuerzo y la violencia que el Ejército se ha hecho a sí mismo. Ante la pena única, de treinta años, sustitutiva de la de muerte, dictada por generales y almirantes contra don Jaime,Milans del Bosch y Ussía, teniente general, hijo, nieto y biznieto de generales, combatiente de Franco contra la II República Española y de Hifier contra la Unión Soviética, multicondecorado y apreciado por sus camaradas de armas, no cabe hablar de provocación militar al poder civil. Por rebelde a su Rey y a la libre voluntad de su pueblo los militares han expulsado de sus filas a uno de sus primeros. Y dentro de un año, firmes las sentencias, Milans afrontará ese minuto insondable de existencia: se despojará del uniforme, vestirá un atuendo civil y devolverá sus medallas al Ministerio de Defensa.

çAntes de su muerte física será cerrada su hoja de servicios (leída con satisfacción durante horas en Campamento) y será enterrado militarmente con una nota, siempre infamante, de expulsión. Antes de cuatro años (las normas penitenciarias militares liberan a los reclusos de 70 años si carecen de antecedentes y observan buena conducta) le encontraremos de paisano, sorbiendo un café en un bar, y diremos: "Mira, Milans...". El temido gallo militar, el general perdido, no será más que un jubilado sin aspiraciones a la mortaja castrense. Este es el símbolo que hay que contemplar; desdeñarlo es desconocer la caracteriología de los militares españoles o hacer abstracción del juicio y sus sentencias como si habitáramos el mejor de los países posibles y no gravitara sobre España un problema militar desde 1.808.

Fanatismo y bravuconería

El juicio, además de por el mero hecho de haberse celebrado y terminado, ofrece otros aspectos positivos. El Ejército y, en particular, la Guardia Civil han comprendido abochornados el rídiculo y el descrédito que un oficial como Tejero ha arrojado sobre ellos. Si cabía alguna duda, sus exabruptos finales han dado la medida de la limpieza de su espíritu. Tras su paso por el juicio ya no es esta la hora jaquetona de las coplillas elogiosas o de la recepción de gónadas masculinas labradas en oro. Sus propios compañeros han entendido el fanatismo irracional que atormenta a este hombre.

Por lo demás, el resto de jefes y oficiales encausados han mostrado públicamente sus miserias. Si alguno era mitificable ha caído estrepitosamente de la peana. No hubo gallardía sino bravuconería de taberna, faltó grandeza de ánimo y se repartieron dosis sobradas demás eres tú, se nos privó de conocer el valor moral del hombre que pierde y afronta su destino y nos empachamos de una dispersión de responsabilidades por la rosa de los vientos. ¿Y éstos eran los grandes santones del involucionismo militar español? El juicio ha evidenciado a unos hombres enredados en disputas, vanidades, ambiciones personales, mentiras, muchas mentiras, temores egoístas, todo un muestrario de los más villanos defectos de la pequeña burguesía española. Y esta desmitificación también hay que colocarla en la mitad de la botella.

Y después de todo lo anterior caben las quejas razonadas de la sociedad civil. Es obvia la inconvencia de que permanezcan en el Ejército los encausados absueltos o sentenciados hasta penas de tres años. Aun caben los recursos (el general Armada con los siete votos disidentes de la sentencia en contra suya se encontrará en dificultades muy serias ante el Supremo) y la acción administrativa que: complete con su rigor lo que la clemencia corporativa no ha sabido terminar. Pero no es exacto que con estas sentencias el poder civil haya quedado poco menos que a los pies de la fuerza militar; el Ejército se ha sancionado a sí mismo -mal- pero subordinándose, con todas las retícencias que se quieran, al poder civil de toda la sociedad. Lo que pasa es que en las relaciones políticas nunca se debe ganar por diez a cero.

1/6/82

El sueño de la razón (12-5-1982)

En la sesión de ayer del juicio por los hechos del 23 de febrero, 44ª de las celebradas, se realizó la defensa del capitán José Luis Abad y el teniente Vicente Carricondo, ambos de la Guardia Civil, por el abogado Jaime Tent. El defensor militar de Abad, general Felicísimo Agudo, dijo que el Ejército español no es heredero de una democracia liberal y parlamentaria, sino de aquél que en una gloriosa cruzada derrotó al comunismo internacional, y que su defendido se había formado al calor de ese Ejército. El coronel Carlos de Meer defendió después al capitán Francisco Dusmet, que en la noche de los hechos entró en el Congreso con el comandante Pardo Zancada, al mando de una columna de la División Acorazada Brunete número 1. Entre otras cosas, justificó la situación de estado de necesidad en el peligro de un nueve, frente popular.

Día y tarde de perros. Al menos, Pedro V. García, cronista de Televisión Española, se reincorpora a este carnaval de contraacusaciones, tras ser zarandeado por la izquierda y la derecha y reposar una crisis cardiaca. La noticia de la jornada reside por lo demás en la intervención del abogado Santiago Segura; periodistas largo tiempo ausentes de Campamento se han reintegrado a esta tribu sólo para escucharle, en el convencimiento de que de él podía esperarse una barbaridad procesal o política: pues la noticia es que no; ha hecho su defensa, con todas las aristas que ha estimado precisas, y nada más. Un hombre proteico y visceral que no tiene una cana de tonto. Y a más de este antisuceso, la desolación en que a cualquier espíritu sensible deja sumido el coronel De Meer tras su alegato de ayer, acaso el más arriscado de los escuchados contra el orden democrático establecido.Con rumores previos sobre supuestas suspensiones de jornadas vespertinas abrió el día Jaime Tent, defensor del capitán José Luis Abad. Otra defensatécnica (lo que es de agradecer) pero acaso obligatoriamente remitida a la vieja historia de la obediencia debida a órdenes superiores, a la creencia del mandato real, etcétera. Como otros letrados que le han precedido y otros que le continuarán ha removido la herida que puede dar resultados: en el Ejército o se obedece o no se obedece, pero no caben términos medios. Alude también a que nuestra Constitución no matiza el código de la. Guardia Civil en cuanto a cumplimiento de órdenes (no ya estricto sino taxativo en este cuerpo), con lo cual termina por hacer un flaco favor a una Benémerita, ejemplar, pero ya muy castigada en esta causa y con perspectivas inmediatas de serlo más en un inmediato futuro y en otros juicios. Almería.

Pero sea como fuere son los propios militares quienes estiman que desde los puntos de vista jurídico y castrense son los guardias civiles procesados quienes peor lo tienen. En el cuerpo, y de Tejero para abajo, no hay forma de encontrar en la causa alguien que en verdad obedezca a un mando natural o que no pudiera tener atisbos mínimos de que, con la excusa real o sin ella, estaban procediendo a una barbaridad. Se diga lo que se quiera la culpa reside en ese sentido de la disciplina elaborado para los tiempos en los que no se había inventado el telégrafo. Solo así puede explicarse que el teniente coronel Tejero, sin mando sobre nada ni nadie, arrample con una cohorte de guardias que ahora aducen órdenes superiores.

El codefensor del capitán Abad, general de brigada Felicísimo Agudo, intervino a continuación recordando que hay una verdadera mayoría que desea que se haga justicia, por encima de los ojos puestos sobre este tribunal: ojos revanchistas, rencorosos, que piden injusticia y una sentencia que incluya un castigo desmesurado. Este general no se ha enterado de que los ojos puestos sobre el tribunal están velados antes por el temor que por el revanchismo. Ni de que el patio campamental ha vuelto a ronronear con rumores de nuevo golpe militar -a raiz de las sentencias- o con consignas arteras, de remembranza, como Sadat, torpemente echadas al vuelo con el único y tonto interés de influir en el ánimo de los consejeros.

Por dos veces el presidente en funciones de este tribunal tuvo que llamarle la atención. Primero al aducir que se ha perdido la fe en el mando -caballo de batalla de una cierta defensa-, después al aludir alpacto del capó, pretendido documento de capitulación que no ha sido respetado. Después que el Ejército español, a tenor de este prohombre, no es heredero de una democracia liberal y parlamentaria, sino de aquel que en una cruzada derrotó al comunismo internacional. Algunos apocados de ánimo estimábamos que el Ejército español venía de más lejos. El general Agudo nos lo deja en el 36.

El abogado Segura era la vedette. Pues defraudó. Sobrino del Cardenal Segura, palo de tal astilla, exhuberante, vehemente, antaño oficial de complemento, con las medallas en la toga, convencido de la máxima de que es preciso que se hable de uno aunque se hable bien, ha hecho contra todo pronóstico una defensa honrada carente de fáciles maldades políticas. Lleva dos: el teniente Carricondo y el capitán Muñecas, "ambos de la Guardia Civil". El primero lo tiene fácil: a los siete meses de servicio se ve envuelto en esta historia. El segundo -Muñecas- tiene otros esqueletos en el armario y será más dificil convencer al tribunal de que este oficial de lo que llamaríamos estilo inglés se limitó humildemente a ejecutar un mandado.

Acusaciones de mentiroso para el general Gabeiras y el detalle que lustra el alegato de Segura Ferns: que él mismo no cree en la autoría real de las órdenes perdidas dadas el 23 de febrero, aunque sus defendidos sí las creyeran. "Si aquí hemos sacado a colación el nombre del Rey, respetándole y queriéndole, ha sido para señalar que nuestros defendidos actuaron en la creencia -errónea, por cierto- de que la ocupación del Congreso era deseada por su Majestad..." Después mucho estado de necesidad y mucha obediencia debida. El cardenal Segura era bestia cargada de fe, el sobrino lleva las alforjas cargadas de bonhomía.

Continuó el general de brigada Fernando de Sandoval, defensor militar del capitán Muñecas, ese presunto suscriptor de Amnesty International.Más estado de necesidad, ultrajes a la bandera, aspiraciones independentistas de algunos partidos y, (después de panorama tan dramático, proposición de que el capitán Muñecas no pretendía subvertir nada ni se rebeló contra nada. O lo uno o lo otro. Pero con ambas barajas es imposible jugar a este juego imposible de la verdad. Ataques a Areilza (verdaderamente el capitán Muñecas tiene algo personal con el conde de Motrico) y más agravios comparativos por no haber sido procesados los tres capitanes de la Acorazada que acudieron a tomar RTVE o los doce que salieron a la calle en Valencia al mando de unidades tácticas.

El coronel De Meer nos dio el día. Acaba de ascender. Formado en varias disciplinas no es precisamente lerdo. Fue gobernador de Baleares y casi acaba con el turismo de la zona por su moralina. La noche de autos era el segundo del Pavía, acantonado en Aranjuez y que con tanta insistencia se le prometía y esperaba Tejero en el Congreso. Ibáñez Inglés, el coronel segundo jefe de Estado Mayor de Milans habla dos veces con él aquella noche. De Meer llega a hacer sugerencias extrañas, cortadas de raíz por su coronel Teijeiro. Finalmente el Pavía no sale y se salva Madrid. Pues este jefe que nada sabe de la reunión golpista presidida por Milans en la calle de general Cabrera nos ha. ilustrado en la siguiente forma:

Dusmet se suma a la asonada por honor, lealtad y amor a la patria.

El estado de necesidad era tal que cabían posibilidades de que Calvo Sotelo no resultara elegido en la segunda votación y nuevas elecciones dieran el triunfo a un frente popular.

En aquellas tierras -por el País Vasco- sólo el Ejército y las Fuerzas de Seguridad mantienen el vínculo con España.

Existen artículos de la Constitución española que son verdadero ejemplo de nacionalismo disgregador. Y en concreto el artículo segundo está redactado de tal forma que resulta similar al artículo 70 de la Constitución soviética (artículos referidos a las nacionalidades).

Acaso sea así, pero, desde luego, si la Constitución española es tan liberal en materia de nacionalidades como la soviética, se ignora por qué se lamentan los legítimos defensores de la unidad de la patria; si así son las cosas, aquella es indisoluble para siempre jamás.

El Pavía. Una de las esperanzas de Tejero que no llegó aquella noche.

De Meer da un ¡Viva a España! y se levanta la sesión.

Addenda.- Guardias Civiles destinados en el Servicio Geográfico del Ejército se sienten dolidos, y hasta humillados, por una crónica de este periódico. Mi padre es hijo de ese Cuerpo. Y ya no reescribo más.

Aguanto mi vela y allá los demás con la suya. La Guardia Civil puede seguir escuchando las sirenas de una adulación estúpida o transformarse en el mejor cuerpo de seguridad de este país.

De este proceso está saliendo malparada y peor saldrá de los que se avecinan. Pues algunos periodistas estaremos al quite de una Guardia Civil, tan ingenua, que no se sabe guardar de sus propios amigos.