17/3/82

Problemas de tráfico (17-3-1982)

El Consejo Supremo de Justicia Militar, constituido en Tribunal, acordó ayer desestimar la práctica de un careo entre el general Armada y el coronel Ibañez Inglés, solicitado por el defensor de éste, Salvador Escandell, en la decimosexta sesión de la vista del juicio que se sigue contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero. El presidente del tribunal se había opuesto la semana pasada a otro careo entre Armada y Miláns solicitado por el mismo abogado. La mayor parte de la sesión de ayer la dedicaron el fiscal y los abogados para interrogar al coronel Ibañez Inglés quien, entre otras cosas, manifestó su convicción de que fueron Armada y Miláns quienes ordenaron a Tejero que ocupara el Congreso. También reveló que, días antes del 23-F Milans le contó que ya estaba preparada la reforma de la Constitución y prevista la formación de un "gobierno mixto, presidido por un general monárquico" y el acceso a la presidencia de la JUJEM de un general cercano al Rey. En la sesión de la tarde, se inició el interrogatorio del coronel de la Guardia Civil, Miguel Manchado García.

Gerardo Quintana, defensor del general Torres Rojas, cometió ayer una imprudencia patriótica en el interrogatorio del coronel Manchado. "¿Desde cuando -pregunta- sirve usted en la Guardia Civil?". "Desde 1945" -contesta el coronel-. "¿Y alguna vez le han dado una orden ilegal a la Guardia Civil?", repregunta el letrado. Adviértase que Quintana emplea el tono de voz efectista y entusiasta de quien espera por respuesta un estentóreo "¡Nunca!". Pero Manchado vacila y termina por responder: "Pues tengo que confesar que sí..., aunque me reservo los casos". Quintana, bueno de reflejos, guillotina el silencio y plantea rápidamente otra pregunta.Pero el anterior desliz no retrata esta nueva jornada presidida por la fatíga intelectual de un fiscal titubeante ante el coronel Ibáñez Inglés -interrogatorio circunloquial; aunque vaya en descargo del ministerio público lo correoso, memorístico y entrenado del personaje- y por los comentarios oficiosos y públicos acerca del estado de salud del teniente general Alvarez Rodríguez, que preside esta causa. Tiene problemas estomacales desde el empleo de Teniente Coronel y ya en la mañana de ayer se especulaba con la posibilidad de que fuera interinamente sustituido por el consejero más antiguo, teniente general Gómez de Salazar (ex-gobernador general del Sahara y presidente del Consejo de Guerra que juzgó a los militares de la UMD), que se sienta inmediatamente a su derecha. Presumiblemente, ayer el presidente se hizo la violencia de ocupar su estrado para no dar pábulo a más rumores: el director adjunto de Diario-16 y una redactora del mismo medio se reincorporaban a los pupitres de los periodistas. No por ello se obvió algún chau-chau por cuanto el capitán Alvarez Arenas (origen del incidente con Diario) estuvo ausente de su sillón de encausado durante casi toda la manana. Al parecer, su índice de colesterol le mantuvo en manos de los servicios médicos. García Carrés, por otra parte, continúa sin asistir a las últimas sesiones. El caso es que el juicio de Campamento deviene a pasos agigantados en una suerte de ejercicio de remo en el mar de los Sargazos. El alcalde de Madrid nos ha obsequiado con banquitos para reposar los recesos y hasta para que todos se queden mirando al cielo observando una cigueña que planea el Servicio Geográfico ("¡Buen augurio!, buen augurio!"; aquello es un mierocosmos de familiares, observadores militares, periodistas, reclutas, que hay que ver). Y a la leve solana de marzo los jurídicos o abogados que allí huelgan estiman que, vueltas a echar las cuentas de los días, el proceso se puede meter en mayo, que esto es más lento que un desfile de cojos y que a estas alturas aún no se ve la luz. Con experiencia en otros consejos de guerra un letrado militar confesaba su estupor ante lo poco avanzado en busca de la verdad. "La relatoría lo va a tener muy mal -afirmaba- a la hora de redactar los hechos probados en la futura sentencia. Hasta ahora casi no hay más hechos probados que la entrada violenta de Tejero en el Congreso. Y eso porque existe una grabación de video". No es de extrañar la fatiga física y mental que -por su preeminencia- cabe destacar en el presidente, quien en la tarde de ayer permitió que el coronel Manchado nos Ilustrara sobre las inconmensurables dificultades del tráfico madrileño (que le impidieron retirar a sus guardias civiles del Congreso) o acerca de las órdenes verbales que recibe como jefe de un parque de la Benemérita, al frente del cual ha devenido antes en un jefe de empresa que en un coronel. Por lo oído, también la empresa la llevaría deficientemente.

Así, a este jefe del Ejército a quien un subordinado como Tejero convence para que le preste cincuenta guardias ni más ni menos que para tomar el Congreso de los Diputados -expende guardias como quien expende tabaco- nos relata que también ha tenido que obedecer otras órdenes de las que todavía está esperando certificación escrita. Tales como la remisión de un cuarto cocinero al ministro del Interior-, o la entrega de cincuenta mil pesetas para gasolina al director, general Aramburu, o el transporte hasta el puerto de Pasajes de un líder de UCD. "¿Puede decir su nombre?", pregunta un letrado. "No -contesta Manchado-, pero sé su dirección y puedo decir que el conductor comentó a la vuelta que no le había dirigido la palabra en todo el viaje". Ciertamente que se ignora en qué contribuye todo lo'anterior al esclarecimiento del golpe de estado de febrero. Pero fue tolerado, y allí no se cortó la palabra.

Pero donde la declaración de Manchado alcanzó cotas dignas del manifiesto de André Breton o como poco de las películas de Jacques Tati es cuando relata su odisea desde Príncipe de Vergara a la Cibeles. El teniente general Aramburu le llama por teléfono y le ordena presentarse inmediatamente en el hotel Palace para darle explicaciones de por qué sus guardias han asaltado el Congreso detrás de Tejero. Manchado es el jefe natural de esos hombres y quien mejor que nadie los puede retirar del cuartelazo. Manchado confiesa que empieza por extrañarle que su Director le cite en el Palace. Sea como fuere, monta en su auto oficial y toma Príncipe de Vergara para abajo hasta el cruce de Serrano, sigue bajando esta calle hasta la plaza de la Independencia y de ahí hasta Cibeles; se pierde en la descripción de en qué carril se hallaba su automóvil y abruma con su desamparo ante las desviaciones de tráfico a que aquella tarde procedía la policía municipal madrileña. Va de uniforme y con las estrellas en las hombreras, y en coche negro de representación militar. Aquella misma tarde el coronel San Martín hizo valer su rango para cruzar tan frágiles controles.

El coronel Manchado, que. como representante de la Guardia Civil no puede desobedecer a ninguna autoridad, aunque sea municipal, regresa ante el tapón de tráfico e intenta proveerse en su oficina de un lanzadestellos, sirena y uniformidad más epatante. Y Aramburu esperando en el Palace y un golpe de estido creciendo en el tiempo sin que este coronel opte siquiera por apearse del auto y correr de Cibeles a Neptuno para cumplir sus órdenes. Cuando vuelve por la parafernalia para que su coche cruce la barrera de los muñicipales le está esperando un general -Fajardo- para arrestarlo.

Hemos tenido que escuchar tan largo lamento de un hombre luchando con el tráfico madrileño y el callejero y la intolerancia de los guardias urbanos de Madrid. Al coronel Manchado le faltó ayer aducir en su descargo que la ORA le impidió estacionar frente al Congreso. Hizo bien; nadie interrumpió su turno de palabra.Igualmente deparó la tesis, ya expuesta en otras sesiones, de que Tejero, como disponible forzoso a las órdenes directas del director general de la Institución, era un hombre a obedecer. Argumentación curiosa. A Tejero no se le otorga destino precisamente por su nula fiabilidad tras la Operación Galaxia y se leamarra a la dirección general de su Cuerpo. Y esta depedencia directa se toma posteriormente poco menos que por muestra de confianza. Manchado, a la postre, admite que es hombre que lee pocos periódicos y que de la Galaxia -"desgraciadamente"- solo tuvo noticia y análisis por Televisión Española. La calidad informativa de Prado del Rey puede así acabar acudiendo en socorro judicial de un militar español acusado de rebelión. En la sesión matinal el coronel Ibáñez Inglés prosiguió anonadando a la Sala. Grueso, torpón de movimientos, bigotito años cuarenta, alberga tras su frente uno de los cocientes intelectuales más altos de entre los justiciables. Es una máquina de declarar: rápido, seguro, verborreico, proteico, eyector contínuo de datos, fechas, numeración de follos, recuerdos, ubicación fisica de teléfonos, otorgación de tratamientos... Impóluto hombre de Estado Mayor. Pero hay una enseñanza para estos hombres de la élite militar; una enseñanza elemental: cuando no se quiere revelar algo hay que aislarlo en la mente y, a coñtinuación, hablar incontinentemente de todo lo demás; así, cuanto más se habla menos se dice. Técnica elemental de contrainterrogatorios enseñada en las escuelas de colaboración castrense de la Zona del Canal.

Era inevltable pensarlo cuando Hermosilla (defensor de Armada) procuraba recordarle que en sus primeros 36 párrafos de declaración ante el plenario no aludió para nada al almuerzo en la Capitanía General de Valencia entre Miláns y Armada, así como otras omisiones que el coronel desdeña hábilmente como materias no preguntadas en la instrucción del sumario. Su obediencia a Miláns sí que parece ciega ("Cuando hace cuarenta años entré en el zaguán de la Academia de Zaragoza leí una estela que rezaba: Aquí la principal hazaña es obedecer"). Hombre imbuido de leyes y reglamentos admite no haber consultado la Constitución a la hora de redactar el batido de Valeticia y si la ley de Orden Público de 1959. Las consideraciones políticas las desdeña con desprecio de Aristóteles: "Yo soy militar y no animal político". Villalonga, defensor del comandante Cortina, le replicaría: "Usted es un zoom politikón de primera categoría". En otro momento del interrogatorio Ibáñez Inglés pretendió replicar a Villalonga con el argumento de que éste, por civil, no podía entender cabalmente el concepto que del honor y la lealtad se imparte en una escuela de Estado Mayor. El defensor del comandante Cortina no dudo en advertirle que en las universidades civiles se enseñaba tanto honor y tanta lealtad como en los cursos para la faja azul del Estado Mayor. Terminado el interrogatorio del militar que no quiere ser animal político, nuevamente Escandell (defensa de Miláns) solicitó careo entre el declarante y el general Armada. Prueba denegada.

Lo demás es una receta conocida: grandes dósis de obediencia al Rey, un pellizco de agravio comparativo por los tenientes de la Guardia Civil procesados -van a tener razón algunas defensas, falta por procesar a los tenientes de la Acorazada-, y todo salpicado de referencias negativas al personal político circundante. Plato indigesto que se sirve a diario en Campamento.

16/3/82

El cultivo del champiñón (16-3-1982)

En la decimosexta sesión de la vista del juicio que se sigue contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el coronel José Ignacio San Martín, ex jefe de estado mayor de la División Acorazada, en el curso de los interrogatorios a que fue sometido por el fiscal y la mayor parte de los abogados defensores, aseguró que estaba convencido de que el mensaje que llevó a Pardo Zancada al Congreso, con el fin de que depusiera su actitud, en cuyo texto se afirmaba, según él, que éste había actuado "por amor a España y fidelidad al Rey", contaba con el visto bueno de la Zarzuela e incluso del propio Monarca. Esta declaración fue la percha utilizada por varios abogados defensores para reanudar una línea indagatoria que pretende proyectar la culpabilidad final sobre el Rey. En la sesión de tarde fue interrogado el coronel Ibáñez Inglés. Se espera con gran expectación el interrogatorio a que, casi con toda seguridad, será sometido hoy el teniente coronel Tejero, responsable inmediato del asalto al Congreso de los Diputados por un grupo de guardias civiles que él mismo había reclutado.

Jornada redonda para la hueste de Campamento. Día de clarinetazos y declamaciones bien ensayadas buscando el efecto exterior. Una sesión -con cierta pasividad de la Presidencia y el derrumbamiento vespertino del fiscal- dedicada monográficamente al drama de unos hombres para quienes el nombre del Rey fue un resorte mágico, a cuyo conjuro "hemos ido al toro de una manera impresionante" (palabras del coronel San Martín). La fidelidad a la Corona les llevó a aceptar una "ciega obediencia" ante las atípicas órdenes que sobre la supuesta voluntad real llegaban de Valencia. El coronel Ibáñez Inglés, que contesta como un opositor bien preparado, afirma textualmente que "nos montan el 22 en una alfombra que nos quitaron de debajo el 24, y cantando sones de victoria".Por lo escuchado ayer la fidelidad de estos soldados a la Corona es tan acendrada que el télex del Rey, de las diez de la noche del 23 exigiendo que todas las órdenes se sometan a la cadena de mando que empieza en la Junta de Jefes de Estado Mayor no se da a conocer en la División Acorazada, y San Martín, preguntado por el fiscal sobre el mensaje radiotelevisado del Rey, reconoce que lo escuchó "ligeramente, en un transistor; no pude prestarle mucha atención". Eso sí Pardo Zancada es un hombre de honor ("Para mí su palabra es dogma de fe"). Este coronel declara sobre las "supuestas" llamadas de Armada a Miláns "para que no se enfade mi amigo Hermosilla (defensor del general Armada) aunque nosotros nos enfademos cuando nos llama rebeldes". Reclama su honor por haber servido al almirante Carrero "asesinado por Dios y por España" (restallante, un trallazo sobre la Sala, al borde de acabar su frase con un "...y por su revolución nacional- sindicalista") olvidando acaso que a aquel Presidente del Gobierno lo asesinaron, en efecto, de mala manera y con lenta preparación cuando él dirigía los servicios secretos del Estado franquista, ahora tan contrapuesto a un Estado de necesidad en el que al menos los comisarios de policía evitan los magnicidios. Y el coronel San Martín, que nos ha empalagado la mañana con el argumento de la fidelidad al Rey ha llegado a la frontera de las lágrimas cuando hacía su relato de una historia de lealtad que sin duda hará leyenda:

Traslada al comandante Pardo Zancada, encerrado en el zaguán del Congreso con una columna de la Acorazada, un mensaje verbal del Rey (que entonces todos y él mismo tienen por genuino) pidiendo, más que conminando, la obediencia y el repliegue. Pardo -ese paradigma del militar español- contesta: "Lo siento muchísimo, pero me ha costado tanto entrar que en este momento no puedo salir". No obstante consulta con sus .capitanes. San Martín les pregunta personalmente y "...en actitud firme, con marcialidad, la mirada perdida en el horizonte, van contestando: me quedo..., me quedo... me quedo..." (Audiblemente acongojado San Martín pide excusas al Tribunal por su emoción). Laobediencia ciega que aquí se esgrime parece que es selectiva; buena para ocupar Madrid con la Brunete, mala para replegarla a sus acuartelamientos. La tarde del domingo el abogado López Montero (que sólo defiende a Tejero) se reunió con todos los guardias civiles procesados. El reparto de papeles, análisis del día a día procesal y preparación de sesiones subsiguientes es detectable por el más inexperto penalista. El general Armada, parece no ya aislado sino particularmente degradado en esta comunidad militar de intereses. Nadie le da la prelación que se le debe por sus inferiores a la entrada y salida de la Sala. Ayer, por enésima vez, mientras Miláns palmeaba complacido la espalda del coronel Ibáñez Inglés, pasaban varios oficiales por delante de un general de división y ex-segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Armada hace solo sus comidas. Cuando finalizó su interrogatorio, ya en la residencia, Miláns ante los demás encausados le espetó un "sinvergüenza" como una bofetada. Bajó la cabeza y con un "Mi general..." se retiró a su habitación. Por lo demás, es ignorado en la sala de visitas.

La sesión matinal fue dedicada a finalizar el interrogatorio de San Martín. Alguna anécdota que se remite a los secretos de polichinela previos al 23 de febrero. Así cuando Pardo Zancada informa a los jefes de la Acorazada sobre un hecho grave, detonante, a suceder en Madrid (sin hablar ni del Congreso ni de Tejero) dos coroneles comentan en alta voz: "Verde con asas, en el Congreso". El coronel jefe del estado mayor de la Brunete no puede dejar de admitir a lo largo de toda la indagatoria que retrasó información a su mando natural (general Juste) y no encuentra argumentaciones convincentes a su inacción para conectar con el general Armada. Es más; admite que de haber hablado con él por teléfono o en los actos de la brigada paracaidista en Alcalá de Henares y haber comprobado que Armada negaba su nombre para el golpe, habría llamado a su división para que desde allí avisaran a Valencia a ver qué pasaba. Ni el menor intento de este obediente ciego por escalar su línea jerárquica de mando.

Muy prepocupado en su declaración por dejar a Pardo Zancada bien aposentado en la peana, reconoce que este partió hacia el Congreso con los PM, desconociendo el télex del Rey de las diez de la noche pidiendo estricta obediencia a la JUJEM. Por qué el Estado Mayor de la Acorazada -es decir, San Martín- no distribuyó este comunicado de vital importancia pesará sobre la sentencia a recibir por este coronel. Que se le escape Parzo Zancada cuando entre el capitán general de Madrid y el propio general Juste se ha logrado retener a las tropas divisionarias merece por parte de San Martín una explicación de rosada ingenuidad. Zancada le expresa su vergüenza por el repliegue, se siente humillado y desea hacer un acto demostrativo. San Martín pretende calmarle aduciéndole que es una barbaridad y que no debe hacer tonterías. Posteriormente advierte cómo este comandante se ha cambiado el traje de paseo por el de maniobras y está anudándose las botas de campaña y le repite que no haga tonterías. Pardo Zancada replica: "No te preocupes". A poco, Quintana Lacaci le está preguntando a Juste por teléfono que si es suya la unidad que ha reforzado la ocupación del Congreso. Sutileza y sicología de mando.

Y a partir de aquí empieza a traerse y llevarse el presunto mensaje del Rey a Pardo Zancada para que deponga su actitud. San Martín admite que mantuvo aquella noche siete conversaciones telefónicas con el comandante Agustín Muñoz-Grandes Galilea (ayudante del Rey, hijo del que fuera capitán general y vicepresidente del Gobierno con Franco). Según la declaración de San Martín, Muñoz-Grandes le sugirió una orden firmada por el Rey para la retirada de Pardo. El coronel estima que es demasiado y optan por redactar sendos textos conminatorios para compararlos. Muñoz-Grandes redacta el suyo en términos de "Apelando a tu honor militar y pensando sólo en España te mando deponer tu actitud y reintegrarte a la disciplina militar". San Martín lo aprecia como muy duro y redacta otro: "Al acatar la orden del Rey has puesto a salvo tu honor y tu patriotismo...". Como poco, el texto de San Martín es tan ambiguo, de tan segunda lectura, que no puede saberse si Zancada acata la orden del Rey retirándose de la Carrera de San Jerónimo o la obedeció previamente metiendo su columna en el patio del Congreso. San Martín reconoce la ambigüedad pero protesta que la redacción le "salió del alma". Varios defensores preguntaron a San Martín por la falta de certificación de Muñoz-Grandes a la autenticidad real de este mensaje. San Martín la solicitó a Quintana Lacaci y al propio Muñoz-Grandes. No ha tenido respuesta satisfactoria. Pero las defensas tratan de nuevo de utilizar el tema para involucrar a la Corona.

Por la tarde el coronel Diego Ibáñez Inglés, el segundo jefe del Estado Mayor de Miláns, recitó un excelente papel de Estado Mayor. Firme, seguro, como su propia figura física. Por primera vez en esta vista el fiscal acusó el cansancio y, al menos aparentemente, desperdigó su interrogatorio en una superficie plana que no deparó otro cabo del que tirar que un segundo testigo directo de la voz del general Armada al teléfono. Ibáñez Inglés (por propia confesión, no a preguntas del ministerio público) declara que tiene por costumbre descolgar sus propios teléfonos y que el 22 de febrero en el despacho valenciano de sus hijos y ante Miláns, Mas y Pardo Zancada recibió una llamada convenida de antemano del general Armada. Reconoció la voz, pasó la comunicación a su general y escuchó lo ya sabido: la concertación final del águila bicéfala. Primera vez que declara tal cosa una mentecomputerizada como la de este coronel que dispone de sistemas de grabación telefónica en sus despachos privados. Y un recuerdoenvenenado para el general Caruana, entonces gobernador militar de Valencia y ahora capitán general de Zaragoza: cuando Miláns le manda hacia el despacho del gobernador civil pregunta que a quién hay que detener. Armada -faltaría más- recibe el suyo: en la entrevista del 16 de febrero en Madrid con Ibáñez, siendo ya segundo JEME, le confiesa que pretende descabalgar a Gabeiras como Jefe del Ejército para sustituirlo por Miláns. "No es una deslealtad lo que te digo; hay que hacer esto por el bien del Ejército. Miláns ha de estar en esta casa". Confiesa su estupor ante la propuesta dados los escasos meses que le restaban a Miláns por pasar a la B. Comisiones Obreras no se van de vacío; para este coronel, el informe del CESID, calificado de C-3 (rumor no fiable), sobre el asalto de los obreros comunistas valencianos a los cuarteles era una atribución suficientemente segura.

Algunos observadores de esta causa se refieren ya a una proyección sobre la misma de las máximas atribuibles al cultivo intensivo de los champiñones en cavas: mucho estiércol y ninguna luz.


13/3/82

El 'primo de La Coruña', el amigo y el coronel (13-3-1982)

La actuación del general Juste, Jefe de la División Acorazada Brunete, en la tarde-noche del 23 de febrero, volvió a ponerse ayer en tela de juicio en el curso del interrogatorio a que fue sometido el general Torres Rojas, en la decimocuarta sesión del juicio que se sigue contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado. Torres Rojas aseguró que Juste aceptó "con total responsabilidad" las instrucciones que Pardo Zancada había traido de Valencia y que prevían la intervención de la División Acorazada "para garantizar el orden y la seguridad", porque iba a suceder "un hecho trascedente" en Madrid. Afirmó Torres Rojas, que en la División Acorazada las órdenes se dieron antes de la toma del Congreso, cuando Juste se avino a cumplir esas instrucciones. La declaración más sorprendente la efectuó el capitán de navío Camilo Menéndez quien afirmó que en la noche del 23 de febrero no se había impedido a ningún diputado la salidad del Congreso. La vista se reanudará el lunes.

El fiscal y las defensas han interrogado al general de división Luis Torres Rojas, capitán de navío Camilo Menéndez Vives y coronel San Martín. Tres secuencias:Torres Rojas narra a la Sala una historia de cuarto de banderas ocurrida en junio de 1979 cuando la división acorazada estaba bajo su mando. Tras el asesinato por ETA militar del general Gómez Hortigüela y los coroneles Laso y Avalos (a más de un mecánico militarizado), Torres escucha en el despacho del Capitán General de Madrid una conversación telefónica de éste con el ministro de Defensa, Rodríguez Sahagún. Por lo oído deduce que un general y un coronel (este perteneciente a la Acorazada) se encuentran seriamente amenazados de muerte y que el Gobierno se dispone a adoptar medidas especiales para la protección de sus personas. Regresa a su cuartel general de El Pardo y cita en su despacho a sus generales de brigada y jefes de cuerpo de la Brunete, lo cuenta todo y ante la bandera y un Cristo se juramentan para, si el coronel era asesinado, buscar un duelo personal en el que hallar venganza. El coronel, emocionado, llora y confiesa que tiene más valor esta medida que toda la protección ofrecida por el Gobierno.

El efecto dramático estaba siendo conseguido. La atención de la sala era total ante esta historia que nos retrotaía a Custer y su séptimo de caballería (no mecanizada) o a los manuales de duelistas caballerescos del XIX. El Presidente retiró la palabra al interrogado cuando éste empezaba a ilustrarnos sobre como comunicó el juramento de la Acorazada al capitán general y a Rodríguez Sahagún, a quien no le gustó nada la iniciativa en el supuesto de que el Gobierno tenía otros medios para enfrentarse a las amenazas terroristas.

El capitán de navío Camilo Menéndez, en su tono de bonhomía, proclive a la lágrima en cuanto rememora sus lances de amistad, como extraído de una estampa no menos caballeresca que su antecesor en la mesita de los testigos, nos deparó chascarrillos sobre su supuesto ligue la noche del 23 de febrero con Carmen Echave -la doctora que atendió a algunos diputados secuestrados y a la que se refiere con galanura; un diario llegó a gastar al marino esta pequeña broma-, afirmó su monarquismo -"desde antes que Felipe González y Santiago Carrillo"defendió con voz acongojada rectitud de su amigo Tejero -"era incapaz, allí, de derramar una gota de sangre y eso lo diferencia de un terrorista con todos los respetos para el señor Areilza". Llega al llanto contenido, la voz quebrada, cuando afirma su amistad ya para toda la vida con los oficiales de la Acorazada procesados.

Numerosas defensas, al renunciar a su turno de preguntas sobre este hombre, se explayan felicitándole por su lección de honor", "dignidad","virilidad", "hombría de bien"... Los mayores elogios personales deparados hasta ahora en esta causa en la que tan escasos favores se han hecho a conductas auténticamente reglas. Todo un canto a la emotividad -aquí nadie le da importancia a este marino con una hoja de servicios de simple desobediente- en detrlmento de las potencias del alma.

El coronel San Martín, cuyo interrogatorio proseguirá el lunes, perdió suspapeles. Con una voz tronante que no oculta su nerviosismo, siempre respetuoso pero sin ocultar una indignación desbocada, intentó convencer a sus juzgadores, con alusiones repetidas a la providencia, de que retrasó información sobre el golpe a su general, Juste, por despecho de los hados. La historia de las camisas blancas y la fiesta de la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares es llamada de nuevo a escena por enésima vez. El general Juste tenía interés, desde días antes, en asistir a la celebración paracaidista, por cuanto una unidad mecanizada bajo su mando iba a entregar a los paracas un mapa de Ifni dibujado por el heroicamente muerto en aquella guerra secreta, Ortiz de Zárate. Pero se olvida de la camisa blanca y fajín de general, obligados en la recepción de gala militar. San Martín desea fervientemente aprovechar la oportunidad para chequear con el general Alfonso Armada (asistente a la fiesta) la información que sobre el golpe le ha facilitado Pardo Zancada la noche anterior. Tampoco luce camisa blanca. Cuarenta minutos en la puerta esperando que la íntendencia facilite camisas y corbatas adecuadas para, finalmente, seguir camino de Zaragoza sin atreverse a hablar con Armada. Es sabido que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo y por un caballo se perdió un caballero, pero se hace muy cuesta arriba suponer que el exjefe de los servicios de información del almirante Carrero se ha perdido en esta causa por una camisa.

Son tres secuencias que retratan la sesión de ayer. García Carrés ausente en la tarde; y el capitán Gómez Iglesias (encausado) rellenando crucigramas. Aquí se me ocurre escribir lo de Romanones cuando exclamó eso de "qué tropa".

El agravio corriparativo entre el Ejército y Guardia Civil que parecen querer azuzar algunas defensas en esta causa, saltó ayer de la mano del defensor teniente coronel De Meer. Con la adhesión del letrado Ortiz renuncia al interrogatorio del general Torres Rojas, pero ruega se le permita exponer una cuestión urgente ajena al interrogatorio. Expectación y miradas de preocupación entre algunos asistentes a la vista. El Presidente relega la exposición solicitada para el final de las preguntas al general. Finalmente, De Meer pide que el Tribunal, en función de los artículos 680 y 681 del Código de Justicia Militar, ponga en libertad a los tenientes de la Guardia Civil procesados en esta causa, dado que están exentos de responsabilidad -como los tenientes de la columna de la Acorazada de Pardo Zancada- a tenor de las capitulaciones de rendición de Tejero. El Presidente estima que no es el momento procesal para tal consideración y da por terminado el incidente con el apoyo del fiscal.

Sobre este agravio comparativo -tenientes de la Acorazada, tenientes de la Guardia Civil- venían insistiendo día a día las defensas. Algunos letrados han preguntado reiteradamente por la explicación del interés que se tuvo aquella noche en sacar del Congreso a Pardo Zancada y sus PM de la Brunete y no se puso, según ellos, el mismo érifasis en hacer lo propio con Tejero y sus guardias.

Por lo demás, recuperando el hilo cronológicode las declaraciones de ayer, el general Torres Rojas hizo buena sil biografia de voluntario en una bandera de Falange, oficial en un tabor de regulares y veinte años con los paracaidistas (a los sesenta aún saltaba) antes de mandar brevemente una división blindada. Cuida mucho su preparación física. Por dos veces llevó su declaración al borde del mitin castrense, como si la mesa de los deponentes fuese un arengario. Recordó su orden a los generales de la Acorazada de circular con el banderín desplegado en sus automóviles, contraviniendo consejos gubernamentales de seguridad -"es un deshonor entrar en un acuartelamiento sin el banderín-"; una mujer inicia un aplauso y el Presidente interrumpe al interrogado. Posteriormente el Presidente recordó su facultad para desalojar la Sala, a cuenta de las risas generalizadas que provocaba la intervención de Camilo Menéndez.

Incapaz de explicar razonablemente su presencia en la Acorazada la tarde del 23 de febrero, se aferra a que esperaba allí órdenes de Milans, en el convencimiento de que no se iba a producir ni un golpe ni un alzamiento, sino "un apoyo a lo deseado por Su Majestad en cumplimiento del mandato constitucional; lo repito: cumplimiento del mandato constitucional en su artículo octavo". Admite haber argüido un pretexto ante su Capitán General para venir a Madrid -la excusa del notario- por cuanto en la reunión del 18 de enero en Madrid Milans había exigido secreto a los conspiradores ("perseguiré hasta la muerte a quien hable de esto") dado que todo el plan debería quedar congeladohasta un posterior acuerdo entre el Capitán General de Valencia y el general Armada.

Torres Rojas, por supuesto, prefiere "no haber existido" a devenir en delator y se niega a identificar a los asistentes, aún desconocidos, a la tenida golpista presidida por Milans en el piso madrileño de su ayudante. Sí recuerda una frase de Milans: "en una o dos horas el golpe tiene que estar resuelto", lo que le indujo a pensar en su fracaso avanzada la tarde del 23. El carácter incruento que los conspiradores pretendían dar a su asonada le lleva a argumentar que aquella no era tal sino uncumplimiento constitucional, según una teoría histórica que tiene por imposibles los golpes de Estado sin víctimas. Olvida el 25 de abril portugués.

Ramón Hermosilla, defensor de Armada, le arranca una declaración favorable a su defendido: escuchó comentar la tarde de autos en el despacho del general Juste que Armada desautorizaba a quien utilizara su nombre y el del Rey. El general Juste, entonces al frente de la Acorazada y testigo de esta causa, sigue apareciendo como el hombre que quiere quedar bien con todos, que manda su división aunque no le satisfacen sus propias órdenes y -sin presión de nadie- acaba diciendo ese "bueno, pues adelante", que pone a sus tropas en un tris de ocupar Madrid. El primo de La Coruña (así identificaban los conjurados a Torres Rojas) admitió en varias ocasiones su atípica obediencia a Milans y sus desconexiones y enganos con su jefe natural.

Camilo Menéndez Vives se empeñó en relatar que cuando se redactaba el documento de rendición de los ocupantes del Congreso y aun se ofrecía a estos la posibilidad de un avión para marchar al extranjero, él afirmó que lo más lejos que estaba dispuesto a irse era a Azuqueca de Henares, provincia de Guadalajara.

Declaraciones de este porte y encendidas defensas del correctísimo y caballeresco comportamiento de los guardias que secuestraron al Congreso, lo echaron al suelo, dispararon en el hemiciclo, zarandearon al vicepresidente del Gobierno, etcétera, restaron fuerza o interés a su afirmación de que Tejero le confesó su indignación por la oferta de Armada, que integraba a Felipe González y Enrique Múgica en su hipotético gobierno. El defensor de Armada, no obstante, se cuidó de recordar a la sala que tal afirmación la hace el marino por vez primera.

Más interés tiene su declaración -que ha pasado como inadvertida- de como tuvo conocimiento del asalto al Congreso: haciendo tiempo en una cafetería para visitar a las siete de la tarde al teniente general de Santiago (codefensor del coronel Ibáñez Inglés).

El coronel San Martín continuará el lunes contestando las preguntas del fiscal (suave, persistente, muy hábil, con voz casi sofrónica); ayer en el mal papel descrito al comienzo de esta crónica, se autopresentó como un jefe de Estado, Mayor que retrasa información a su general por un prurito de tenerla más completa. Admite que corrió su riesgo jugando en una operación que sabía mal diseñada y que su mejor baza hubiera sido contárselo todo al general Juste a las nueve de la mañana del día 23 de febrero o darse de baja y no acompañarle camino de la fiesta de los paracas y de las maniobras de Zaragoza. Quiso apurar la información y se encontró cogido en esta frondosidad de despropósitos y torpezas. El coronel puede el lunes mejorar su posición, pero por el momento encuentra una notoria falla en el argumento exculpatorio de las camisas.

En la tarde del jueves José Antonio Girón se acercó a las puertas utilizadas por los visitantes de los procesados solicitando ver al teniente general Milans del Bosch. Fue recibido.

11/3/82

El juego de la verdad (11-3-1982)

El general Alfonso Armada reconoció ayer, en la decimotercera sesión de la vista contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero, que en la reunión que celebró en Valencia con Milans del Bosch, en el mes de enero de 1981, le manifestó "a título personal" que el Rey estaba harto de Suarez. Aceptó también el ex-segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército, que en aquella reunión, que calificó de "especie de charla de café", ambos estuvieron pensando si había un sustituto de Suarez. Por lo demás, Armada volvió a negar cualquier participación en la preparación o realización del golpe militar, en el curso de los severos y minuciosos interrogatorios a que le sometieron media docena de abogados a lo largo de la jornada. La sesión concluyó con un incidente procesal, al denegar el presidente del tribunal un careo entre Armada y Milans.

Más de cinco horas de interrogatorio llevaba ayer sufridas el general Armada cuando Muñoz Perca, yerno de Blas Piñar y defensor del capitán Pascual Gálvez, solicitó antes una opinión que una respuesta del declarante, ¿quien dice aquí la verdad, usted o las quince personas que le implican?. Armada, todavía entero pese al durísimo castigo de la jornada extrajo de la perpleja seriedad que hasta ahora le caracteriza una inédita ironía campesíno-galaica. "Mire usted, con el permiso de la Presidencia voy a responder con un dicho de la sabiduría popular: En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira". Risas generalizadas, acaso por no llorar.El interrogatorio de ayer resultó extenuante, macizo, unidimensional; las defensas -con las lógicas excepciones de la del propio interrogado y las de Cortina y Gómez Iglesias- actuaron en forma abiertamente concertada, repartiéndose los papeles de interrogador bueno einterrogador duro, elevando el tono de las vocalizaciones, cortando al procesado, presionando, incidiendo en la procura de un desmoronamiento sicológico que a la postre no se produjo. Ayer el frente mayoritario de las defensas nos deparó un plaf, plaf, plaj sobre el equilibrio emocional del general Armada y su teoría de la verdad -citó la definición que de lo que es decir verdad da el Ripalda-; un golpeteo continuo en busca del reblandecimiento de un interrogado que ofrece a los golpes la misma línea de fractura que un colchón. Pero también es coriáceo y, ahí López Montero (que defiende a Tejero) fue el único que con alardes de paciencia logró llevarle a las cuerdas desmenuzando punto por punto las conversaciones Armada-Milans del 10 de enero en Valencia. Sin forzar las respuestas, pese que Armada contesta a menudo según el acreditado método del doctor Ollendorf, logró que Armada, al fin, aceptara algo: que en Valencia le dijo a Milans que el Rey estaba harto de Suárez. Admitiendo, además, no que el Rey lo dijera sino que él afirmó que lo había dicho el Rey. Niega el resto de aquellas presuntas confidencias (repaso de presídenciables, preferencias reales sobre civiles o uniformados, reconducción de procesos, etcétera) pero tirando de esa sola cereza el defensor de Tejero puede vaciar la cesta. El-malhumor de Ramón Hermosilla, defensor de Armada, sus continuos incidentes con los demás defensores, fueron ayer más que comprensibles.

A más de que Armada, quizá sinuoso por naturaleza, desarrolla una autodefensa basada en la práctica rural de marear a la perdiz, que no le beneficia. Raramente contesta sí o no, y aún menos con énfasis; sus construcciones verbales son curvilíneas, rodea constantemente el objetivo intelectual al que quiere acercarse, para, muchas veces, acabar huyendo de él. Coociendo su cultura no es difícil atribuirle una lectura sosegada de "La estrategia de la aproximación indirecta", del coronel Liddell Hart, el mejor tratadista británico y acaso mundial de temas militares. El caso es que si a Armada se le preguntara en la sala si es autor directo de un crimen de sangre es harto problable -por lo visto y oído- que no contestara con una indignada y cortante negativa; comenzaría aduciendo que las cosas son en esta vida más complicadas de lo que parecen y que si se le permite procederá a un exordio previo. Nadie duda en la sala de la incapacidad moral de Armada para asesinar a sangre fría, pero la construcción intelectual de sus respuestas -si es que la sicología tiene algo que aportar a los métodos procesales- conduce a quien le escucha al convencimiento de que oculta la verdad. Por supuesto que aquí casi todos la ocultan -y no es presunción vana, Milans se vanagloria de ello-, pero en Armada la sensación es más punzante. Otra línea que el interrogatorio de las defensas han querido dejar indeleble ha sido -obviamente- la cantinela de esta causa: que Armada calla para salvar al Rey. El letrado Muñoz Perca no pudo ser más claro:

-Si usted pudiera hacer una declaración exculpatoria para los encausados, ¿la haría?

-(Armada, picando y en tono emocionado) Sería la alegría más grande de mi vida.

-Y si esa declaración perjudicara al Rey, ¿también la formularía?

-No procede esa pregunta y no debe ser contestada (el Presidente).

Hoy no hay vista (el Consejo Supremo de Justicia Militar tiene otros asuntos que despachar) y el Tribunal pudiera reflexionar sobre las dosis de sensatez que está repartiendo en las sesiones. En este asunto hay un mal entendimiento de cómo operar cuando los defensores de Milans y su grupo tratan de enroscar a Armada en la falacia de la supuesta complicación de la Corona. Y Armada -acaso sin pretenderlo, acaso lúcidamente encuentra su refugio en sus propios mentís. Aún no habiendo sido explícitamente preguntado por ello Armada se lanza a una exculpación no solicitada de la Reina que mueve a asombro: que la Reina, pese a la experiencia de su hermano y a que el golpe de los coroneles la sorprendió en Grecia, no tiene manía a los militares, que la conoce muy bien y tiene trato asiduo con los príncipes de la milicia. Otra obra del refranero -esta vez no citada por Armada- acude a la memoria: Líbreme Dios de mis amigos que de mis enemigos me cuido yo.

El caso es que Armada afirma a Escandell (defensor de Milans) que "pase lo que pase, me condenen o no me condenen, mi fidelidad al Rey seguirá siendo inquebrantable". No es de extrañar que la defensa de Milans hurgue en declaraciones como ésta. Por lo de más Armada se preocupa de limpiar de rumores su historial de fiel servidor de la Casa Real. Asegura que jamás remitió correspondencia recomendando el voto a Alianza Popular con inembrete de La Zarzuela -argumento de Suárez, quien, por cierto, está quedando en este juicio como una especie de campeón avisado, de la democracia, pasa sacarle del entorno real- y que fue sujeto de una falsificación conspirativa, que con el general Sabino Fernández Campo (su sustituto junto al Rey) mantiene buenas relaciones y que abandonó aquel cargo pidiendo a Mondejar una carta para Gutiérrez Mellado de recomendación demando de armas que era lo que ansiaba: mandar la división de montaña Urgel de la que luego -según confesión escuchada en la sala confesó a Milans que no quería sacarla a la calle en un desfile del día de las Fuerzas Armadas porque cuenta con tal número de mulos y semovientes que podía mover a broma.

A Milans le trata con respeto próximo a lo reverencial. Inquirido una y otra vez sobre si Milans miente se apresura a denegarlo en un nuevo circunloquio de que él cree que él mismo dice la verdad, lo que -aunque Milans diga lo contrario- no presupone que este mienta sino que existen diferentes interpretaciones de la realidad de los hechos: la tesis del cristal y del color. Tejero tampoco sale mal librado de beneficia más la declaración de Armada que la del propio Milans): afirma el interrogado que cree que Tejero se apoyaba en algo superior que no le manifestó nunca. Y de Milans estima que nunca le consideró rebelde; "todos nosotros somos ahora presuntos rebeldes, yo no puedo juzgar las conductas". Gabeiras, durante los autos jefe del Estado Mayor del Ejército y superior inmediato de Armada, queda -entre lo que dice Armada y lo que recuerdan las defensas- prácticamente a pan pedir. Cuando Armada sale hacia el Congreso a pactar con Tejero le despide con un "¡A sus órdenes, mi general!", bastante insólito por la diferencia de rango y lo usual del trato. Y cuando le comunica el cese le expresa su disgusto, le informa que ha sido una exigencia de Suarez y Sahagún, que le ha defendido infructuosamente, que su actitud en el 23 de febrero fue correcta la de Armada-, pero que "...los que ocupamos puestos políticos tenemos que pasar por estas cosas. Dame un abrazo." Los tenientes generales Aramburu (entonces y hoy director general de la Guardia Civil) y Santamaría (en aquellas fechas jefe de la Policía Nacional) aparecen en la deposición de Armada como jefes militares que no echan por delante los galones para imponer su autoridad y sacar a Tejero y sus guardias del Congreso. La expectación ante la próxima citación de testigos crece por momentos.

Otro punto en el que el general Armada (quien comete el error, en su amabilidad tan poco castrense, de sugerir a unas defensas que vancontra él apearle el tratamiento de vuecencia o mi general) naufraga estrepitosamente es el tocante a su oferta constitucional. Quiere sacar las metralletas del hemiciclo y que los diputados, recién recobrados del susto, le voten (o no le voten) presidente de un Gobierno provisional "sin coacción alguna". Se supone que sin coacción alguna los señores diputados proseguirían la votación de investidura del candidato Calvo Sotelo, pero allí, así y entonces siquiera ponerse a considerar la propuesta de Armada obviando la coacción parece una presunción excesiva.

En estos tres últimos días, ¿hemos asistido a una confrontación Milans-Armada?. ¿La palabra de uno contra la palabra de otro? No exactamente. Si hace dos días alguien sugería que se llamara a declarar a Kafka hoy podría pedirse la declaración de Freud. Librados los interrogados de juramento y en el respeto que se debe a la compleja intimidad del pensamiento humano podría decirse sin desdoro para nadie que ambos dicen una serie de verdades, los dos ocultan otras y entre esas dos aguas buscan su resquicio de salida. Y, por supuesto, que aquí se ha abusado mucho del vicio nacional de la tertulia de café, vivero de indiscrecciones, exageraciones y despropósitos. Ya decía Azaña que en este país la mejor manera de guardar un secreto era escribirlo en un libro: fuera de eso todo son hablillas de pasillo que, entrecruzadas, acaban engordando el basamento de un golpe de estado.

Y acabado el interrogatorio de Armada, el coronel Escandell solicitó el careo entre los dos primeros declarantes a puerta cerrada, para resguardar la dignidad de ambos militares. El Presidente, sin titubeos, denegó la prueba originando un rimero de protestas a efectos de casación de casi todas las defensas. El fiscal togado apoyó la decisión presidencial aduciendo que el careo ya se había efectuado en la fase de plenario (también los interrogatorios lo que no obsta para que se repitan en la vista oral). El defensor del teniente Izquierdo, letrado Ortiz (uno de losjabalíes de la defensa) estimó por su parte que los careos del plenario debían repetirse ante los juzgadores y ante la- opinión pública.

En lo que atañe a la puerta cerrada (que se teme en cualquier momento a cuenta de declaraciones relacionadas con la inteligencia militar) se ignora que dignidad puede acabar por los suelos si los careados no la pierden previamente por sí mismos.En sociedad se alivian algunas veladas con una distracción llamada "juego de la verdad". Pasatiempo excitante porque la sinceridad también genera adrenalina y peligroso por cuanto suele acabar con sólidas amistades. Algo de esto se materializa en el proceso de Campamento, aún cuando en la nave del Servicio Geográfico del Ejército la adrenalina fluye cuando alguien te da un codazo y te señala la presencia en la sala del elefante o de los asistentes a la reunión de la calle general Cabrera que oculta Milans.

10/3/82

Los silencios de Armada (10-3-1982)

La duodécima sesión del juicio contra los 33 procesados por la rebelión militar del 23 de febrero transcurrió con los interrogatorios de los generales Milans y Armada. La nota dominante de la jornada fue la negación sistemática, por parte de Armada, de cuantas acusaciones fue desgranando contra él, a lo largo del lunes y el martes, el ex capitán general de Valencia. Milans declaró en un determinado momento que para él era "un artículo de fe" cuanto Armada le contó sobre su conversación con los Reyes en Baqueira. Armada declararía después que ni recordaba que losReyes le hicieran confidencias de ningún tipo en Baqueira ni que él las transmitiera a Milans. Para el que fuera segundo jefe del Estado Mayor del Ejército en el momento de producirse la rebelión militar, la llamada "operación Armada", es un montaje de los periodistas.

"El fiscal terminará por llamar a declarar a Kafka", comentaba al final de la sesión de ayer uno de los principales observadores jurídicos de este proceso. Ha sido una jornada plena de detalles, de anecdotario, que en poco contribuye al esclarecimiento de las responsabilidades de cada encausado. Uno de los defensores comentaba jocoso en el receso del almuerzo su intención de publicar el próximo verano y en México la versión genuina de los sucesos del 23 de febrero. Santiago Segura, defensor del capitán Muñecas, recuerda en un corrillo de periodistas su sobrinazgo del cardenal Segura -aquella bestia cargada de fé-. Se desvela un pacto de sala para que los codefensores no intervengan más que en el último turno de defensa: la exposición de conclusiones definitivas. La impresión generalizada entre los asistentes a esta vista es que, en la fase actual del proceso, solo hay una pregunta -o una dirección de preguntas- y una misma respuesta: el Rey mandando y un comandante -Cortina- que empuja. Un sector de las defensas incidiendo en lo que desean se escuche en la calle y un fiscal que como un pastor ovejero, parece que da vueltas sin sentido sobre un asunto, ronronea con aparente debilidad, y acaba llevando el rebaño al aprisco y obteniendo las respuestas, que sirven para esclarecer el tema. El caso es que para no caer en el mero anecdotario de frases interesantes,situaciones ambiguas o continua adicción de nuevos personajes a esta trama, conviene escribir hoy sobre el otro lado del muro de la sala: las residencias de los encausados.Desde ayer el clima emocional ha cambiado en su intimidad. Tras las declaraciones penúltimas de Milans, Tejero se encerró en su cuarto con sus hijos presa de una súbita interioriz ación. A medida que avanza la. causa crece entre estos justiciables la figura delfantasma de todo proceso: sálvese quien pueda. Así, testigos presenciales relatan la desconfianza mutua entre los inquilinos del Servicio Geográfico del Ejército a cuenta de los últimos interrogatorio s, de alguna Filtración a la Prensa desde procesados relacionados con antiguos servicios de información y hasta de que este -también- es un proceso en el que hay ricos y pobres, personajes de notoriedad y corifeos, responsabilidades para la Historia y simples remisiones a castillos militares. Todo ello trascendiendo hasta a la relación interfamilias: distanciamiento clasista histórico-económico entre familiares de procesados por una misma causa. Puede haber dado comienzo el más eres tú en la causa defebrero.

La atención de ayer fue copada por la comparacencia del general Armada en la mesita reservada a la deposición de testigos e interrogados a la derecha del banco fiscal. Tras las sesiones dedicadas a Milans -ayer no solo resuelto sino hasta un punto jaque- Armada da una imagen diametralmente opuesta. Milans domina el escenario. Armada tiene otro tono de voz, diferente vocalización, menos seguridad expresiva en lo que dice. Milans -no puede ocultarlo- es un hombre de acción. Armada, un militar más próximo a la reflexión y a la biblioteca. Por más que él mismo ha-ya recordado cómo -precisamente- apoyó con una batería de cañones en el frente soviético a la compañía que mandaba el capitán Milans.

El inicio del interrogatorio de Armada por el fiscal movía a cierta ternura hacia el interrogado, en el entendimiento de que el general togado Claver estaba siendo más duro con Armada que con Milans. Quizá las cosas no puedan ser de otra manera teniendo en cuenta que el fiscal tiene más difícil probar "contra Armada" su reconstrucción de los hechos -como contra Cortina, valga el ejemploque contra Tejero y sus guardias o lo que podríamos llamar el grupo de Valencia, con Milans a la cabeza.

También vendría obligada esta dureza en el interrogatorio fiscal de Armada por el carácter escurridizo de este. La línea base de su exposición radica en que intentó ante Tejero -ya con el Congreso secuestrado- dos posibles salidas, una oficial (aviones y dinero) y otra oficiosa (posibilidad de dirigirse a los diputados para que ellos abrieran un portillo a la situación). Aduce en su desacargo que el propio general Sabino Fernández Campos, secretario de la Casa Real, comentó con él las tres alternativas de aquella noche de febrero: no ir al Congreso, ir en nombre del Rey o acudir a título personal.

Lo primero era peligroso y entrahaba inacción., lo segundo impensable y lo último daba pie a la posibilidad de hacer algo. Y Armada se ofreció para el diálogo oficioso con Tejero. Por lo demás niega conocer anteriormente al teniente coronel de la Guardia Civil, niega cualquier actividad conspirativa, y cierra posibilidades interrogativas respecto a la supuesta entrevista en la calle madrileña de Juan Gris con Tejero y Cortina y a las llamadas a Valenc, a a Milans los días previos al golpe. Nada de nada. La palabra de un caballero militar contra la de otro soldado de honor. Fin de trayecto por cuanto los testigos contrarios al general Armada o lo son de oído (escuchan a Milans hablar con un tal Alfonso) o es Tejero, un jefe del Ejército provisto de una biografía que no convierte su palabra en algo especialmente sólido.

Armada, sea como fuere, ha puesto énfasis en un punto: "He estado, estoy y estaré a las órdenes del Rey. Mi fidelidad a la Monarquía se me transmite de generación en generación. Y pase lo que pase haré honor a esa fidelidad." Y a partir de aquí no presenta el menor resquicio en sus declaraciones acerca de la irresponsabilidad de las imputaciones a la Monarquía de un sector de los encausados. Como bien dice Armada, a él el Rey le hacía alguna confidencia cuando ostentaba su secretaría, pero a partir de tener otro destino el Rey (o la Reina) no le ha hecho ninguna. Armada, partiendo de esta base argumental sobre la que es innecesario insistir por cuanto es categórico -jamás tuvo o se sintió poseedor de un mandato real- desmonta una declaración para él desfavorable como la de Pascual Galmes, entonces Capitan General de Cataluña, quien en conciencia, se extraña de que Armada a su regreso de Valencia en enero le dijera que no se había entrevistado con Milans. La explicación de Armada es verosímil: con buena voluntad Pascual Galmes yerra; confunde el viaje del 10 a Valencia con el del 29 -dimisión de Suarez- al polígono de tiro de San Gregorio (Zaragoza) para presenciar ante los saudíes una demostración del cohete "Teruel". Parece cierto que el ex-Capitan General de Cataluña mezcla ambos sucesos.

Pero esto, aunque Armada pone en el incidente todo el entusiasmo del hombre que hasta ahora ha estado sentado, escuchando y esperando, es menos importante que la narración que hace sobre su conversión en futuro presidente de la nación: el aspiraba, preferentemente a la jefatura de artillería del Ejército, que le gustaba, y veía remota la posibilidad de ser segundo jefe del Estado Mayor. En cualquier caso se encontraba a gusto en Lérida, donde mantuvo un almuerzo sin mayor trascendencia con Múgica, Reventós y el alcalde Leridano (PSOE) desorbitado por los medios de comunicación. Afirma que dió cuenta de aquella reunión de hombres solos -aunque presidió la mesa la mujer de Ciurana- a su Capitán General para soslayar las hablillas de una ciudad pequeña como Lérida.

Respecto a las misteriosas llamadas a Valencia, no señor, no senor, así como a- la entrevista con Tejero a quien dice no conocer personalmente hasta su encausamiento. El fiscal intenta conducirle al derrumbamiento moral haciéndole el relato de la historia, casi releyendo sus conclusiones provisionales en un esfuerzo más sicológico que legal por encontrar una falla en su sistema defensivo. Armada, plano, a veces dubitativo, tiene tambien sus reacciones: "No entiendo como estando yo en Madrid se hace ir a Valencia a Pardo Zancada para que escuche mi voz". "No entiendo como un comandante es quien decide la operación del Congreso (alusión a un Cortina que emerge como el hombre que fija la fecha del 23 de febrero y empuja la intentona).

No es menos caústico que su predecesor Milans en algunos puntos concretos. Así cuando preguntado por la capacidad del servicio de información militar para detectar la conspiración aduce que "las fuentes de informacion del Estado Mayor eran muy pequeñas. Allí no se enteraban de nada." Lamenta -"me hizo polvo"- artículos de prensa como el de Emilio Romero en Abc reputándole como posible hombre-puente ante una crisis política. Por lo demás es menos correoso ante puntos del interrogatorio como los referentes a su compromiso con la cita de militares -más Carrés- en la casa madrileña del teniente coronel Más. En definitiva, un encausado anguila, menos convincente de cara al público que el expansivo Milans, pero punto-negro de una acusación -y de parte de las defensas- que encontrarán muy cuesta arriba probarlefísicamente su participación en los hechos. Cabe la certeza moral y cierta deducción lógica sobre el papel de este hombre (que se ve apesadumbrado, pero firme, entero) en los sucesos de febrero, pero será arriscado, llevarle hasta una confesión o una prueba concluyente. Los silencios de Armada parecen difícilmente inexpugnables.

Parte de la sesión matinal fue consumida por el final de la deposición de Miláns ante defensores. Estos -cabe suponer que en connivencia con sus defendidos, parecen optar por una suerte política de nueva cocina vasca: menú largo y estrecho, insistencia en un factor que no puede convencer más que al público ya convencido. Milans hace uso de una carta que se ha visto en la Sala. Antes de ayer se retiraron los encausados y regresaron al advertir que Milans quedaba rezagado; le cedieron la prelación en la marcha. Ayer, Armada regresó el último a sus aposentos sin que nadie, excepción hecha del jefe de la relatoría, cayera en la cuenta de que es un general de división a quien se debe protocolo. Un hombre sólo (siempre difícil de destruir) en un grupo de encausados que comienza a recoger la flor de la desconfianza mutua. Lo dicho: se acabará citando a Kafka.

9/3/82

Un fondo de coroneles (9-3-1982)

Casi al comienzo de la undécima sesión de la vista del juicio que se sigue contra los 33 procesados por el intento de golpe de Estado del 23 de febrero, se registró un incidente procesal al solicitar el fiscal que el turno de interrogatorios se iniciara con el del teniente coronel Tejero, en tanto que los defensores se mostraban firmes en su criterio de que debía respetarse el orden jerárquico. Tras un descanso de una hora y cuarto, el presidente del tribunal dio la razón a los abogados. Ya en el interrogatorio del teniente general Milans, éste declaró que Armada le expuso su "operación", que le pareció "perfecta", y le dijo que el Rey la respaldaba. También reconoció que era su intención participar en el levantamiento protagonizado por Tejero. Dijo, asimismo, que Armada le indicó por teléfono que era imposible parar a Tejero y que, "cuando eso pasara", él se iría a la Zarzuela. La vista continuará hoy con la intervención del resto de los abogados defensores en el interrogatorio de Milans.

En la sesión de la tarde el fiscal; general auditor de la Armada José Manuel Claver, manejaba con mayor maestría que por la mañana lapatata caliente de interrogar a Milans del Bosch; graduando los silencios, repitiendo en voz alta sus propias reflexiones ("no lo entiendo, no lo entiendo...") terminó por hacer al procesado una pregunta muy simple: ¿Participó, apoyándole, en el levantamiento armado del teniente coronel Tejero?. Milans, quien no acostumbra a responder con simples monosílabos, contestó: Sí. El fiscal subrayó con un nuevo silencio esta afirmación y dio provisionalmente por ultimado su turno interrogativo.El de ayer fue el día de Milans. Su padre, teniente general, 92 años, erguido en su ancianidad y fumando algún que otro cigarrillo, hacía a su hijo, uniendo las manos, el signo de la felicitación cuando éste abandonaba la sala. Tres generaciones de Milans del Bosch (y las tres militares) estaban presentes para ver y escuchar al ex-capitán general de Valencia resuelto, distendido, con tablas, manejando su situación, dicharachero, haciendo un uso sabio del respeto que sus bocamangas y apellidos despiertan en el Tribunal, fiscal y defensores. No pocas de sus respuestas se recostaban en los murmullos de risas aprobatorias.

En la mañana, resuelto el incidente entre defensores y la fiscalía del que se escribirá más adelante, el fiscal inició un interrogatorio cauteloso y de una respetuosidad exquisita. Ya previamente el presidente de la Sala, al explicar el procedimiento del interrogatorio había aludido a "interrogados" y no a "procesados". Exhortado a decir verdad, pero relevado de juramento, Milans -tratado en todo momento de mi general,pidiendo aclaraciones, intentando dar lectura a párrafos de su bando valenciano, lo que consiguió, repreguntando, saliéndose en varias ocasiones del terreno escueto de la pregunta- se sometió a un listado de cuestiones del fiscal que intentaba seguir un orden eronólogico de los hechos. Sobre el proyecto Tejero afirma Milans que muchos españoles y casi todos los militares estaban preocupados por la tripleta de problemas autonomías-terrorismo-paro; grupos de militares más o menos nerviosos, más o menos radicales, buscaban una solución a estas preocupaciones y en el ambiente flotaba la certeza de que se gestaban tres golpes de Estado: el de los coroneles, el de los tenientes coroneles y algo en la Guardia Civil. Preocupado por el primer intento enunciado (se hablaba de un indeterminado número de regimientos comprometidos en una asonada que sería radical) él intentó parar o retrasar el cuartelazo vendiendo a estos grupos la solución Armada.

Armada, a lo que parece, le había referido una prolongada conversación con los Reyes en el Pirineo de cinco o seis horas; que el Rey estaba harto de Suárez y había que cambiarlo, que pasó revista con ellos a una lista de presidenciables sin encontrar un futurible, la vieja teoría de que el Rey optaba por un gobierno civil y la Reina por otro militar, etcétera. Que el Rey sabía que se estaba propiciando un hecho políticamente violento y que de producirse estaba dispuesto a reconducirlo; una palabra que se cita como textual. Y a partir de esta curiosísima confidencia del general Armada (que se precia de no comentar con nadie sus conversaciones con los Reyes) el teniente general Milans (que a su vez se vanagloria -y ayer lo volvió a recordar por si nadie lo sabía- de que jamás acepta órdenes de inferiores) deviene en firme representante de la solución Armada y se dedica a intentar detener los golpes duros en marcha.

Así, cuando se ve en el piso madrileño de su ayudante el teniente coronel Mas, con Torres Rojas ("tenía credibilidad entre los oficiales de la Acorazada y entre los militares más radicales"), Tejero, Carrés y otros cuyos nombres continúa ocultando -y de ello hace gala-, intenta convencer a estos representantes de soluciones más expeditivas de la bondad del proyecto de su patrocinado: que se van avanzando los peones, que Armada contra la opinión de Suárez será segundo jefe del Estado Mayor del Ejército, que el paso siguiente es la formación de una Junta de Jefes de Estado Mayor más adicta al Rey, que se usaría el propio mecanismo constitucional pararefórmar la Carta Magna y que, en definitiva, "había algo mejor" que lo que coroneles, tenientes coroneles o guardias civiles (por seguir la propia enumeración de Milans) proponían. Después, tras estos encomiables esfuerzos por parar o retrasar a los golpistas, Milans se une al golpe para parar el golpe, a tenor de ese sí con el que ayer terminó de responder

El general Claver, con guante blanco, intenta llevar a Milans contra el muro de sus contradicciones lógicas. ¿Como es que alertó su región militar la mañana del 23 de febrero? Porque como sabía que se produciríael asalto al Congreso y se le había informado de la intención de Comisiones Obreras de asaltar los cuarteles en caso de golpe de Estado tenía que tomar medidas precautorias. ¿Pero sabía lo que se iba a producir? Lo sabía pero, ¡como era con conocimiento de Su Majestad, quien iba a reconducirlo...! El fiscal. espacia los segundos y las palabras: "No lo entiendo ... No lo entiendo". Ya antes el fiscal intentó entenderlo preguntando a Milans por qué no intentó una comunicación directa con el Rey, comprobatoria de las tesis de Armada. Milans, que ruega no se le interrumpa, explica que su nivel de relación con el Rey no es como para estar yendo y viniendo a La Zarzuela, pero que a finales de noviembre del 80 (en ese mismo mes ya había hablado con Armada) asistió en Cartagena a la entrega de una bandera de combate a una fragata, acto al que asistía la familia real. En la plancha de la embarcación pidió al teniente general Valenzuela audiencia con el Rey; luego en el almuerzo insistió ante el propio Don Juan Carlos: "Se lo digo a Sabino y te llamaré" afirma que le dijo el Rey. "Pues hasta ahora" remata Milans. E insiste en que creía totalmente en Armada.

En otro escalón de su interrogatorio -en este caso a preguntas de su propio defensor- deja al general Armada -quien continúa estoico- literalmente a los pies de los caballos. Cuando fue arrestado en el Cuartel del Ejército aceptó como oficial de órdenes al coronel Pardo de Santayana, que le transmitió dos o tres recados de Armada: que todo comenzó el 23 y que había que olvidar lo anterior . El mismo 24 de febrero, ya arrestado Milans en Madrid, pregunta por Armada, quien sube a saludarle y "muy nervioso" le dice: "No conviene que nos vean juntos", y le reitera que es importante que todo haya comenzado el 23.

El teniente general Gabeiras, entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, tambien recibe su trallazo. Si Armada no está ni en su despacho ni en La Zarzuela (como parece que había anunciado), ¿no le extraña que estuviera trabajando en el despacho, de Gabeiras?. No, porque también se había rumoreado que Gabeiras tenía conocimiento de lo que se estaba fraguando. Y el comandante Cortina, por mor del interrogatorio de ayer, ve materializada su figura como la del hombre que empujaba el golpe en la dirección de Armada. Y algún sarcasmo. "¿A ti que te parece este Cortina?" pregunta Milans a Pardo Zancada paseando el 22 de febrero por Valencia. "No sé, no sé", másmosqueante que dubítativo como respuesta del comandante, definitoria del hombre "que está aquí empujando" según lamenta Armada a Milans.

Con una buena memoria -"aunque no tan perfecta como la de Gabeiras"- Milans está poniendo los clavos de la inverosimilitud de suhistoria. No es verosímil que ante la indiscrección de Armada no intentara más firmemente ver al Rey. Y además en noviembre -casi tres meses antes de las confidencias de enero sobre los supuestos deseos reales- ya están hablando de salidas políticas a la crisis. No parece muy contento Milans con el retraso del Rey en darle audiencia -recuerda que le han saltado otros tenientes generales en el camino de La Zarzuela-, pero el enfado y la propia estima no justifican el no haber insistido en la entrevista. Por otra parte en la sala se dió ayer carta de naturaleza a algo no por sabido y comentado menos grave: golpes de Estado para todos los gustos, a escoger y revolver, con nombres y apellidos que Milans -preguntado explícitamente- afirma que no revelará nunca, con un entendimiento del compañerismo más acusado que el entendimiento de la razón de Estado. Y, aquí, por lo oído, se está juzgando precisamente a los más blandos del escalafón. Revelaciones y silencios que no confortan los ánimos en Campamento. Si en el mejor de los casos ni los coroneles, ni los tenientes coroneles, ni el resto de militares asistentes a la reunión dirigida por Milans en la calle madrileña de General Cabrera no están en las filas de los procesados -afirmar que no están presentes sería excesivo- ni esta causa va a servir para identificarlos, el desánimo es una tentación lícita.

Por lo demás, el incidente procesal de la mañana entre defensores y fiscal. Este solicitó un interrogatorio no por prelación mecánica de rangos y antigüedades sino por cooptación a medida que intenta reconstruir los hechos. Pedía así comenzar por Tejero -para el fiscal, brazo ejecutor- y, es de suponer, terminar con las cabezas de la conspiración. Grandes protestas de la defensa exigiendo se respetara el orden jerárquico. Parece que en otros juicios militares así se ha hecho siempre y que a mayor abundamiento, lo contrario trastocaría el esquema intelectual de las defensas. Tampoco deja de ser cierto que un interrogatorio que se presume dilatado -hoy proseguirá el de Miláns- introducirá mayores dosis de confusión en la opinión pública y en la propia Sala si se sigue el orden de rango que si se pregunta sobre una reconstrucción, aunque sea la del fiscal. A la postre es éste y no la defensa quien tiene que hilar la historia. Tras un receso por diez minutos que alcanzó la hora (con los inevitables rumores alarmistas) el presidente optó por dar razón a los abogados defensores en el imaginable criterio de que en este juicio, muy especialmente, no puede darse la menor sensación de indefensión de los encausados. Primera protesta del fiscal a efectos de casación y nuevos aplausos provenientes de las filas de familiares -palmas que se escuchan femeninas- cortados por la campañilla presidencial y siseos de entre las comisiones militares.

El pequeño rifirrafe procesal y el interrogatorio de Miláns dejó muy en segundo plano la primera comparecencia de García Carrés en su silla de acusado. Inmenso pese a que de él se dice ha perdido doce kilos, enfundado en un terno azul, con camisa celeste, recibe efusivos saludos de defensas y codefensores y los envía a su esposa y su hijo, ayer presentes. Entre el público una mayor sensación de afluencia de ese sobreentendido que se reputa como zona nacional. En un error de ubicuación -es su primer día en el Servicio Geográfico del Ejército- Carrés utiliza el lavabo destinado al público; coincide, ante otros varones, con un joven rubio que se cuadra, entrechoca los talones, levanta el brazo en el saludo romano y se presenta: "¡A tus órdenes; soy hijo del coronel X de X!". Cabaret en el evacuotorio.

6/3/82

La jornada de los modestos (6-3-1982)

En la décima jornada del juicio del 23-F celebrada ayer continuó la lectura de folios de la causa a petición de los abogados defensores, quince de los cuales repitieron sus protestas al Tribunal, al ser denegada nuevamente la lectura del balance terrorista publicado en el diario El Alcázar. Por otra parte, el presidente de Acción Democrática, Francisco Fernández Ordóñez se negó a polemizar sobre la acusación realizada por algunos testigos, que afirman haber oído decir que el líder socialdemócrata "estaba dispuesto a pagar para que mataran a Tejero". También el diputado del PSOE, Javier Solana, ha manifestado que considera incomprensible el procesamiento del presidente del Grupo Parlamentario Socialista, Alfonso Guerra, por sus declaraciones sobre el juicio, cuando no se ha realizado la menor investigación sobre la trama civil del golpe. En la sesión de ayer continuó la lectura de declaraciones de testigos que insistieron en la línea planteada por los defensores de poner de relieve que los procesados actuaron, en todo momento, obedeciendo órdenes superiores. La vista se suspende hasta el lunes próximo.

Pasadas las seis de la tarde de ayer, la fatiga física y mental poblaba el almacén de papel del Servicio Geográfico del Ejército convertido en Sala de Justicia. Sólo restaba la intervención de tres letrados para finalizar la etapa procesal de lecturas sumariales y los asistentes albergaban la impresión de que el presidente continuaría la vista hasta que consumiera su turno el último letrado. El teniente general Milans extrajo un papel de su guerrera, garabateó unas líneas amplias y requirió al soldado que hace de ujier. Este pasó la nota al coronel Escandell -defensor de Milans- quien pidió la venia: por el cansancio y las necesidades de todos pedía un descanso. El presidente optó por levantar la sesión hasta el lunes.Una jornada extenuante, multiplicadora del cansancio acumulado en diez días de proceso, y cargada de reiteraciones, apuntaciones ya sabidas, sin aportaciones relevantes y dedicada a resaltar aspectos de los encausados menos relevantes. Esta ha sido la jornada de los modestos, quienes, como resaltó uno de sus abogados, el teniente coronel De Meer, recaban obviamente menor atención del Tribunal. No se procede a la relectura de lo ya escuchado en la sala, y las maratonianas peticiones de los letrados que defienden a las primeras figuras han dejado poco que leer. La sala tiene que hacer un esfuerzo por recordar qué aspectos quieren estos defensores destacar. A cuenta de las diferencias entre los folios anotados por la relatoría y las notas de los abogados se reproducen mínimos incidentes cuando un letrado pide un folio que da por no leído y el relator-jefe opina lo contrario. Y como dice el presidente, él tiene que creer lo que le dice el relator. Luego no se lee.

Capitanes y tenientes -la mayoría seguidores del teniente coronel Tejero en su asalto al Congreso- han sido mínimos protagonistas del día. Sus responsabilidades no parecen tan nimias como quieren presentar sus defensas, pero por sus figuras no pasa la Historia. Uno de los planteamientos de este bloque de defensores apunta decididamente al hecho de que no se encuentran procesados los tenientes de la policía militar de la Acorazada que entraron en el Congreso a las órdenes de Pardo Zancada. ¿Si no lo están estos tenientes -vienen a preguntarse- porqué sí lo están los tenientes de la Guardia Civil?. Se destaca igualmente, por las lecturas de ayer, la ausencia en las sillas de los acusados de tantos oficiales jóvenes de la III región militar (Valencia) que quedaron exentos de culpabilidad al cumplir órdenes. El caso es que no es lo mismo atender al mando natural que al primer jefe de rango superior que pretenda sacar una fuerza a la calle. Ni el comportamientogeneral -todavía es imposible individualizarlo- de estos oficiales en el Congreso es fácilmente exculpable.

Lo que estos abogados no olvidan recordar es la capitulación confirmada por Tejero y Pardo Zancada y nebulosamente aceptada por la anterior Junta de Jefes de Estado Mayor -firma Armada en nombre de aquella JUJEM-. En aquel folio del Congreso se pactaba que no hubiera responsabilidades de tenientes para abajo en la columna de la Acorazada. Alguien autorizado debería clarificar qué valor real tienen aquellas insólitas capitulaciones.

La obediencia debida es otro argumento machacado. Ha llegado a escucharse en la Sala que cuando la Guardia Civil cumple órdenes de sus jefes siempre está exenta de responsabilidad. Esto se les recordó, muy astutamente, a los guardias antes de embarcarlos en los autobuses de Tejero. Teoría falaz y peligrosa donde las haya que, además, está acotada por las Ordenanzas Militares. Unos hombres, con formación de oficiales -aunque las defensas se ocupan de resaltar la procedencia de muchos de ellos de la recluta y el voluntariado- son llamados con invocaciones de que "Tejero tiene un grave problema en el Congreso" o de que hay que proteger al Rey y evitar que se reproduzca un incidente como el de Guernica, y acuden sin más tras un jefe que no es el suyo, ocupan el Congreso, tirotean la sala de sesiones y aducen luego patéticamente -declaración de un guardia- que no tenían conciencia de estar violando ningún código civil o militar. Hasta la incultura tiene límites, a más de que la ignorancia de la Ley no obsta de su cumplimiento.

El estado de necesidad, como era deducible, es otro de los sillares en que los defensores pretenden hacerse fuertes. Repetidamente el presidente denegó la lectura de un informe del diario El Alcázar relativo a los "desastres de la democracia", peores, a lo que se ve, que los desastres goyescos de la guerra. Así como peticiones de indagatorias, en organismos oficiales hasta de las divisas evadidas desde la muerte del general Franco. Todo ello solicitudes de prueba denegadas en el plenario. Protestas consiguientes a efectos de casación, a las que se suman la mayoría de los letrados.
Un competente abogado con mucha experiencia en su biografía comentaba que si lo que pretenden los defensores es ir a la casación en la segunda del Supremo, no lo están haciendo nada mal en su legítimo derecho de ir derramando puntualmente sus protestas. Alguna cuajará y habrá que repetir actuaciones procesales. Con lo que este juicio puede acabar cerrándose el día del Juicio, con las consecuencias políticas que ello acarrearía, no ignoradas por la defensa. Por lo que atañe a tan insistente petición de que se lea la enumeración de los crímenes de los últimos cinco años, un abogado chungo contemplaba la hipótesis de que se llegara a pedir en la sala la lista de fusilados tras el triunfo franquista del 39 hasta el fallecimiento del general.

Otro punto en el que insiste la defensa de los modestos es la declaración de algunos diputados de Coalición Democrática supuestamente favorable a estos oficiales. Fraga es conciso y se limita a certificar que cuando en la mañana del día 24 le recluyen en el despacho de Landelino Lavilla no le tratan mal. Su compañero de coalición, el diputado pontevedrés Portanet, es desolador; este padre de la patria, con dos infartos y secuestrado en el Congreso, afirma que el comportamiento de los guardias de Tejero fue correctísimo, que le pasaron una bolsa con medicamentos y que atendieron las peticiones de acudir a los evacuatorios. A poco más -la certificación de Carlos Sentís es del mismo tenor- y el diputado gallego expresa su agradecimiento al pelotón asaltante. No menos exultante es la declaración del diputado de Unión Nacional, Blas Piñar.

Y poco o nada más en esta recta final de la primera fase de la vista oral. El lunes, presumiblemente en la misma mañana, acabará la lectura de folios y el fiscal togado dará comienzo al interrogatorio de los justiciables, empezando por el teniente general Milans. Seguirá el turno de la defensa. Luego el interrogatorio de testigos. Finalmente las conclusiones definitivas de cada parte. Sería banal ignorar que se temen nuevos incidentes procesales en el momento de los interrogatorios; se contempla con particular preocupación el inmediato papel que pueda jugar uno de los militares codefensores, figura ésta jurídicamente discutible, como señalara el presidente de la abogacía española.

Nota Bene. Ayer nuestro anfitrión convidó a almorzar a la prensa y se tomó la molestia de instruirnos sobre el interesante y poco conocido trabajo de la geodesia militar. Luis Camargo de Parada, coronel-jefe del Servicio Geográfico del Ejército, en cuyas instalaciones se celebra la vista, dio un paso más para consolidar la imagen de eficiencia, colaboración y entendimiento entre militares y periodistas que distingue las jornadas que se están viviendo en el acuartelamiento de Campamento.