1/9/77

Botes de humo (1-9-1977)

Eugenio d'Ors daba a leer sus escritos a la criada. Si los entendía refunfuñaba: «Oscurezcámoslo, oscurezcámoslo.» Y se ponía a la tarea de difuminar sus propias ideas. Pues bien, el maestro ha tenido una buena camada de discípulos. Y no en balde resultó tan caro a muchos ilustrados por el nacionalsindica lismo. La tesis, rebajada a límites de chapucería discursiva, consiste en tomar un concepto, una idea, un hecho, claros, y matizarlos. Y así se matizan las ideas o los sucesos como quien matiza la luz: oscureciéndolos. Ahora, los profesionales del matiz han levantado un coro de voces prudentes sobre la presunta agresión por la fuerza pública, en Santander, a un diputado. Los matizadores han comenzado su roe-roe sobre una cosa tan clara como el concepto «ínmunidad parlamentaria». Unos días más de público debate y ya no sabremos de qué estamos hablando o escribiendo. A cuenta de este asunto, hasta José María Ruiz Gallardón se ha puesto a pensar en público sobre el asesinato de Calvo Sotelo. Con lo que ya no sabemos si el candidato alianzista es admonitivo o justificativo en este caso concreto de actuación policial.

A la traca de latiguillos a que asistimos sólo falta sumar aquello de que no debe confundirse la libertad con el libertinaje. El ministro de Relaciones con las Cortes cae en la cuenta de que la inmunidad parlamentaria no debe ser una patente de corso. ¡Hombre!, patente de corso no la tuvieron nunca la mayoría de los corsarios, que ya es decir. Patente de corso para decir tonterías no deben tenerla ni los ministros, pero tampoco es cosa de recordárselo. Ese mínimo conocimiento se les supone.

Un publicista da con el hallazgo de que la inmunidad parlamentaria no debe confundirse con la impunidad, y que los diputados han de respetar las leyes. Magnífica aportación por parte española al Derecho comparado. Por doquier comienzan las voces prudentes a buscarle apellidos, cercas, trabas y matices a un concepto político-jurídico tan claro como el de la inmunidad parlamentaria.

Pero por más que se empeñen los profesionales del matiz, la inmunidad parlamentaria no es una mera conjunción de vocablos que admita jugueteos o precisiones. Los parlamentarios disfrutan de inmunidad para que ningún obstáculo (ni el muy legítimo de la justicia) entorpezca su representación política. Ni siquiera los jueces pueden poner mano sobre un diputado, a menos que la propia Asamblea de parlamentarios lo autorice.

Ya sabemos que sería incorrecto procurarse un acta de diputado para asesinar impunemente al cónyuge, estafar, hurtar u ofender a unos agentes del orden. Quien pretenda hacer recapacitar sobre esos puntos a la opinión pública tiene, en verdad, una estimación harto pobre sobre el cociente intelectual de sus conciudadanos.

Y en el caso del diputado Jaime Blanco sobran estas u otras matizaciones. El diputado santanderino afirma haber sido detenido e insultado por la fuerza pública, y ése es un incidente que hasta ahora nadie ha desmentido. A lo peor, su señoría ha delinquido el primero; pues ya lo dilucidarán los jueces si las Cortes dan su venia. Pero ello no obstarla para que agentes uniformados hubieran ofendido en su persona a miles de votantes y a una Cámara legislativa.

Insistimos en que nadie ha desmentido oficialmente la detención y vejación de un diputado. Y, así las cosas, ya sabemos de antemano y sin proceso quién ha hecho las cosas mal: unos funcionarios de policía y un gobernador que es su superior político. Nadie pide cabe zas por gusto de la sangre, sino por deseo de claridad en las relaciones entre el ejecutivo y el legislativo.

Lo que debería haber hecho el ministro del Interior es cesar a un gobernador que le detiene diputados y tener la gallardía de someterse al veredicto de una votación del Congreso. Lo que se está haciendo -por el contrario- es una movilización de matizaciones sobre la inmunidad parlamentaria y un intento, bastante evidente, de ocultar el fondo del asunto en un fiordo de anécdotas, contradenuncias y obviedades.


19/6/77

Los últimos presos del franquismo (19-6-1977)



En noviembre de 1975 todo el occidente europeo montó en cólera, ante un régimen -el franquista- que terminaba como empezó: fusilando. Desde Estocolmo a Lisboa, desde un primer ministro sueco pidiendo dinero por las calles para la lucha contra Franco hasta las pavesas de nuestra embajada én Portugal, pasando por las impresionantes manifestaciones que cubrían los Campos Elíseos, y terminando con la segunda retirada masiva de embajadores soportada por Madrid en cuarenta años, las democracias europeas expresaron su bochorno moral ante los procesos que sentenciaban a muerte a once jovenes (dos mujeres y nueve hombres) militantes de ETA y FRAP.Angel Otaegui y Juan Paredes; Manot (ETA) fueron fusilados; José Luis Sánchez Bravo, José Humberto Baena y Ramón García Sarrz también fueron fusilados. José Antonio Garmendía (un etarra histórico) vio conmutada su sentencia de muerte por la de reclusión mayor (acaso por lo antiestéstico de tener que tirar contrar un hombre en parte descerebrado y que difícilmente se mantiene en pie) y ahora se encuentra extrañado en Oslo.

Otros cuatro de aquellos encausados y sentenciados (militantes del FRAP) vieron también conmutadas sus últimas penas por las de reclusión mayor. María Jesús Dasca, María Concepción Tristán, Manuel Blanco Chivite, Wladimiro Fernández Tovar y Manuel Cañaveras. En los penales de Alcalá de Henares, Cáceres y Córdoba siguen los cuatro esperando que el entramado jurídico-político organizado por el primer Gobierno Suárez a base de indultos parciales, excarcelaciones. escalonadas, extrañamientos, etcétera -hasta algún preso político ha salido de la cárcel por un error burocrático de algún juzgado- devenga definitivamente en una auténtica amnistía política.

Es obvio que el cabal entendimiento política del significado de una amnistía sólo lo entendió el primer Gobierno Suárez cuando la semana por amnistía en Euskadi deparó seis muertos en las calles. Fue entonces cuando el Gobierno -tarde y mal- se apresuró a vaciar sus prisiones de etarras históricos antes de las elecciones. Ahí tienen toda la razón los etarras extrañados cuando afirman que su liberación la deben a la movilización de su pueblo y no a la voluntad ministerial de restañar y olvidar las heridas del pasado régimen.

Prueba de ello, señal de que la amnistía política no se ha producido, son los últimos condenados a muerte por el franquismo de los que ya no parece nadie acordarse. Hombres como Izko de la Iglesia sujetos de iras y baldones por la propaganda oficial del viejo régimen en mayor medida que muchos políticos que aún yacen en prisión, ya han recuperado su libertad aunqúe sea en el exilio. Pero los últimos condenados del franquismo siguen aguantando entre su desesperación y el olvido de los partidos democráticos.

Ahí está tambiéri José Luis Pons Llobet, en la cárcel de Cartagena, purgando su reclusión mayor; el hombre que no fue agarrotado junto a Puig Antich por ser entonces menor de edad, y cuyos familiares pueden igualmente preguntarse si la amnistía sólo es aplicable a los vascos y, entre ellos, sólo a los etarras históricos (porque Blanco Chivite también es vasco). Decenas de militantes del FRAP, de ácratas, de los GRAPO, la mayoría de ellos sin condenas por delitos de sangre, siguen esperando la verdadera amnistía en la angustia y la certeza de que ni sus organizaciones ni sus pueblos de origen tienen la con ciencia solidaria demostrada por Euskadi.

Una amnistía política jamás debe ser parcial, y de serio empañaría la equidad que debe inspirar la justicia. Y ya, la excarcelación de los últimos presos del franquismo, no sólo es responsabilidad de un Gobierno del señor Suárez; la fuerte oposición democrática ya conformada en las elecciones debe plantear inmediatamente este penoso tema. Dejar en las cárceles a quienes con acierto o error lucharon con riesgo de sus vidas por la democracia o contra la autocracia sería mantener un mezquino rescoldo de rencor.

28/5/77

El conde (28-5-1977)

En este país sólo hay dos condes: el de Barcelona y el marqués de Santa Rosa del Río. Dicho sea sin demérito de otros blasonados, pero en honor de la realidad política. Desde el 14 de mayo sólo cuenta José María de Areilza, conde consorte de Motrico. Don Juan de Borbón, presumiblemente cansado, física e históricamente, ha soltado el ancla de su Giralda con el deje de amargura que Sainz Rodríguez imprimió a su discurso de renuncia dinástica.Resta, por tanto, un solo conde, abatido a su vez, mal que le pese, por sus soledades. José María de Areilza inspira ternura; de alguna manera le ha tocado representar el papel del antihéroe, del eterno aspirante a la Presidencia del Consejo, siempre derrotado en el último momento por el más malo de la película o, simplemente, por un contrincante demasiado joven y exultante y satisfecho de sus logros, como para obtener más dosis de simpatías populares que papeletas electorales.

¿Y por qué inspira ternura política el conde? Diría que porque no es N ixon; y además todos sabemos que, al contrario de Dicky, el tramposo, es tan brillante que ni siquiera juega a ganar. Al conde se le puede recordar -si así se quiere- hasta aquello que él mismo ha rememorado públicamente y con notable honradez: desde su amistad con Ledesma Ramos a su Reivindicaciones de España -junto con Castiella-, su primera alcaldía franquista de Bilbao, las destacadas embajadas que desbloquearon internacionalmente El Pardo, y otros largos y excelentes servicios al antiguo régimen. En el franquismo pudo ganar el pleno pero le faltaba mediocridad. Nadie dirá del conde lo que ya antes de Franco se decía de Madariaga: que era tonto en cinco idiomas. Al contrario; es un hombre de amplia cultura, calza la talla del estadista, no tiene a la política por un lúdico ejercicio intelectual, carece de prejuicios ideológicos, y tuvo -y sigue teniendo- el valor moral de apostar al número que no sale, si piensa que es el que debe salir.

Tras su embajada en París realizó una travesía del desierto que probablemente no creyó tan larga. Pero después de Ridruejo (salvando todas las distancias) fue uno de los primeros vencedores en saltar el Rubicón para ir deliberadamente a estrellarse en la otra orilla de los vencidos. Su debilidad, empero, fue la de la impaciencia. Hasta quienes más le quieren no dejan de estimar que necesita presidir un Gobierno. Y tiene prisa.

Sólo por esa premura se comprende que aceptara una cartera del Gobierno Arias Navarro sin que su talento le avisara que el ahora candidato al Senado por Alianza Popular no se había transmutado tras un 20 de noviembre, ni que las sombras de Franco poblaban aún el palacete de Castellana, 3. A tales extremos llegó la obnubilación de su instinto político que toleró que se le ayuntara junto a Fraga como el otro hombre de la reforma.. Y ya sabemos en que quedó aquella reforma, de qué va Fraga, dónde estaban las claves del auténtico intento de cambiar las cosas -aún cuando sea para que todo pueda quedar como estaba- y cómo el conde agrietó su propia peana dejándose-prohibir sus entrevistas en televisión o prohibiéndose el habla y la acción tras sucesos como Montejurra o Vitoria.

¿Fue un oportunista del último Gabinete Arias? En absoluto. Fue un optimista histórico, pero carente de la astucia táctica de los marxistas. Después de aquella larguísima tarde del 3 de julio en su casa de Aravaca, con los periodistas en la puerta hasta que su televisor le dio la noticia de que el Ministro Secretario General del Movimiento había sido nombrado presidente por el Rey, entró en una lógica «tristeza» política que le condujo a situaciones tan desairadas como las que le deparaban los no desmentidos comentarios semipúblicos de Osorio: «A Areilza hay que colocarle en su lugar y ofrecerle el puesto quince en las listas electorales de Madrid.» ¿Qué puesto habría que ofrecerle -me pregunto- a Osorio?

Tras su salida del Partido Popular y su defenestración del Centro Democrático, parece buscar las pistas perdidas de su segunda travesía del desierto. Sus seguidores se frotan las manos. «Aún tiene por delante unos cuantos buenos años -vienen a decir- y debe dedicarse en los próximos meses a aglutinar a la auténtica derecha democrática española. Y eso es lo que va a hacer.»

Pocos dudarán de que tal es su cometido y hasta su obligación. Pero vuelve a aparecer como políticamente presuroso e irresignable al papel de patriarca no ejecutivo de la derecha democrática, que, acaso, todavía podría desempeñar. En este mismo periódico ha justificado su ausencia de las elecciones y ha descalificado con su habitual brillantez los comicios de junio. Le sobran razones y le falta la razón. No comprende que a las elecciones hay que llegar. Desde sectores democráticos ya se ha dicho lo que será el 15 de junio. En esa denuncia residía una obligación moral. Pero, por encima de todas las legítimas objeciones que se puedan poner sobre el proceso electoral, hay que llegar a él; particularmente cuando tantos intereses se centran en que el 15 de junio no sea un día de urnas.

Cuando hasta la izquierda del PCE -no legalizada por el Gobierno- sale a la calle a buscar votos y pese al injusto trato recibido, no rechaza las elecciones, Areilza se aúpa en un pedestal de pureza de dudosa eficacia.

Se diría que el conde, purificado en sus sufrimientos políticos -comprensibles y hasta compartidos por muchos- pretendiera transitar por un sendero de pétalos, único impoluto en la mezquina historia que ahora se cuece, y aspirante a conciencia moral de la nación o de las derechas que van a votar socialista. Es una ingenuidad indigna se su experiencia e inteligencia.

El conde perderá previsiblemente sus próximos años de vitalidad política y desperdiciará la posibilidad de erigirse en el Catón de la derecha democrática de este país. Podría inspirarla desde su Colombey-les-deux -Eglises,junto a Motrico, recordando los pilotos de altura de su viejo pueblo vasco; pero prefiere aspirar a dirigir el cabotaje de la política española de 1978.

Con todas las reverencias que merece este español ilustre, inteligente, internacional, legítimamente ambicioso y merecedor de mayor fortuna, alguien debiera indicarle con el índice el último camino tomado por el conde que le precede en el rango.